POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
«Nada hay más peligroso que responder correctamente las preguntas de un mundo que ya desapareció.»
Si un médico diagnosticara correctamente una enfermedad que desapareció hace cincuenta años, sería un pésimo médico. Sin embargo, eso es exactamente lo que está ocurriendo con buena parte de la política argentina: Continúa respondiendo preguntas de un país que ya dejó de existir.
La democracia en la Argentina dejó ser el ámbito de participación y la discusión de ideas para convertirse en una puesta en escena dramática. Al desaparecer los partidos políticos las ideologías ingresaron en una diáspora donde verdaderamente se cumple aquello que sentencia: “Nadie sabe para quién trabaja”.
El que es verde hoy, mañana puede ser amarillo y al momento de votar es naranja. Las explicaciones del por qué un “político” cambia de bando son variadas: la coyuntura que lo exige, el desacuerdo con la dirigencia, la necesidad de matar a la madre…, en fin. Siempre habrá un pretexto para cambiar porque la cuestión es permanecer.
Lo que ninguno parece advertir es que estamos viviendo un momento de tránsito tecnológico vertiginoso y vital que antes de que nos demos cuenta destrozará este universo social tal como lo conocemos. La política argentina es un sujeto con retraso madurativo, porque mientras los ciudadanos vivimos en 2026, buena parte de la dirigencia parece seguir gobernando la Argentina de 1975.

No es ya un problema de ideologías. Eso de la izquierda o la derecha sólo es aplicable a las manos y los pies. Es un problema de tiempo existencial que ha cambiado la percepción del mundo y de la sociedad. Vivimos conectados las veinticuatro horas. Compramos desde el celular. Trabajamos para empresas radicadas a miles de kilómetros. Un algoritmo decide qué noticias leemos, qué música escuchamos, qué publicidad vemos y, muchas veces, hasta con quién discutimos.
Sin embargo, continuamos pensando el Estado como si estuviéramos reiniciando la democracia en 1983. Si observamos con detenimiento el texto de la Constitución Nacional y levantamos la vista para mirar a nuestra sociedad, comprobaremos que aquella Argentina para la cual fueron diseñadas las instituciones ya no existe.
Las escuelas fueron pensadas para preparar obreros. Las universidades, para formar profesionales destinados a ejercer durante cuarenta años el mismo oficio. Los municipios, para barrer calles, alumbrar plazas y recoger residuos. Los sindicatos, para negociar salarios de trabajadores que pasaban toda su vida en una misma fábrica. Y los partidos políticos, para organizar militantes que repartían volantes y discutían ideas, militaban y preparaban candidatos.
Los medios dejaron de ser usinas de ideas para convertirse, muchas veces, en fábricas de escándalos efímeros. Se discute quién insultó a quién, quién cambió de partido o quién protagonizó el último papelón viral. Mientras tanto, casi nadie debate el país que habrá que gobernar dentro de diez años.
Se viraliza una propaganda anunciando un taller gratuito para docentes para que aprendan herramientas digitales, cuando esto no es cosa de unas horas y ya el docente podrá manejar la IA. Eso es verso, lo importante y necesario es reformular TODA la política educativa en función del cambio tecnológico global.
Hoy, en las aulas hay que enseñarles a los docentes que una persona puede trabajar para Australia desde Cafayate. Porque ya tenemos alumnos que aprendieron programación en Internet antes que en la escuela. Hay que enseñar que un productor puede vender sus productos desde su chacra al mundo. Una pyme puede quebrar porque cambió un algoritmo de Google.
¿Y la Justicia? Los expedientes siguen viajando como en el siglo XIX mientras los delitos se cometen con inteligencia artificial, criptomonedas, redes globales y servidores ubicados en cinco países distintos.
El problema es la caída de la política
Los políticos no son más que títeres de un sistema que ya gobierna al mundo. ¿Para qué queremos partidos políticos si un influencer puede tener más capacidad de movilización que un comité partidario? ¿Para qué queremos formar profesionales si una inteligencia artificial puede redactar en segundos informes que antes demandaban semanas? Esto no es “lo que viene”, es lo que ya está ocurriendo.
Pero, sin embargo… continuamos discutiendo las mismas herramientas institucionales de hace medio siglo. Entonces, la pregunta fundamental es ¿Las instituciones argentinas fueron diseñadas para resolver los problemas actuales o los problemas de nuestros abuelos? Porque las respuestas ya las conocemos.
Cada elección gira alrededor de impuestos, inflación, empleo, seguridad y obra pública. Pero nadie discute cómo será la Argentina cuando la inteligencia artificial elimine millones de tareas administrativas. Hoy, manejar un Uber es una salida laboral, pero qué ocurrirá cuando los vehículos autónomos transformen el transporte? ¿Qué nos ocurrirá en Salta cuando el trabajo remoto modifique completamente la geografía económica (que ya está sucediendo)? Y más aún, cuando la computación cuántica vuelva obsoletos sistemas enteros de seguridad.
No escuchamos que estos temas estén ni por casualidad en las mentes de los “políticos” que se mordisquean por quien hizo tal obra, o cómo se armará la próxima lista. Es como intentar controlar Internet utilizando el reglamento del telégrafo.
Los municipios siguen creyendo que su misión principal consiste en cortar el pasto. Las provincias compiten por subsidios. El Congreso debate leyes pensadas para una economía industrial. Las universidades todavía forman profesionales para empleos que probablemente desaparezcan antes de que esos estudiantes se reciban.
Y mientras tanto…
El mundo discute inteligencia artificial, biotecnología, energía, datos, automatización, computación cuántica y geopolítica del Indo-Pacífico.
Tal vez el verdadero debate argentino no sea quién gobierna. Sino qué tipo de Estado necesitamos para una sociedad completamente distinta de aquella para la cual fue construido.
Porque gobernar hoy no consiste solamente en administrar el presente, sino sobre todo, en preparar el futuro.
Y un país que intenta resolver los problemas del siglo XXI con instituciones concebidas para el siglo XX corre el riesgo de descubrir demasiado tarde que la historia ya cambió de página. –
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