POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Buenos Aires…, Año del Señor de 1820. Los vientos cortan las callejuelas con ese frío húmedo propio de la región rioplatense. La ciudad está inmersa en ese desamparo climático. Hace una década que se produjo la expulsión del virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros y no hemos podido consolidar un gobierno definitivo. De hecho, hoy, se han sucedido tres gobernadores en Buenos Aires; en el aire se percibe un sentimiento de anarquía: aquí nadie habla de Patria, sólo de gobierno y de intereses.
Camino rápido por aquella vereda irregular de la calle de Santo Domingo, rumbo a la vivienda de los Belgrano que se halla a metros del Convento del mismo nombre. Es una casa con un enorme portalón de ingreso y ventanas con rejas coloniales a los lados. La corona una terraza y un frontis con tres pináculos que custodian una suerte de puerta rubricada con una reja balcón. Toco el aldabón de bronce y un monje dominico abre. Es Domingo Estanislao, el hermano de Manuel; lo deduzco por los inconfundibles rasgos italianos. Tiene la misma nariz y los ojos incandescentes de inteligencia.
Me franquea el paso y me introduce en una habitación lóbrega, desprovista de todo lujo, donde sólo hay una cómoda, una mesa de luz, un par de sillas y un candil que echa una mezquina luminosidad sobre la escena que es presidida por un crucifijo que pende en la pared.
En la cama, semi inclinado, está Manuel… Manuel Joaquín José del Corazón de Jesús Belgrano y Peri.
El rostro lívido, la respiración comprometida. El semblante demacrado es distante de aquel que pintó François Casimir Carbonnier, en Londres, con esas calzas blancas. Las cobijas dejan ver la parte superior de un camisón de lienzo blanco y un escapulario de la Virgen del Carmen que le rodea el cuello: “General, no olvide los escapularios de la Virgen para la tropa”, me viene a la memoria aquel pasaje de la carta que le escribiera a Martín Miguel de Güemes.
Quien no supiera que es Manuel Belgrano, vería sólo un hombre pobre y postergado… y pienso mientras contemplo su rostro algo cianótico: “Pensar que lo tuvo todo…, todo. Que pudo tener una vida de lujos y placeres. De lecturas y salones de alta sociedad. Y ahora, es apenas un despojo que se despide la vida porque lo dio todo para que tuviéramos un país” ¡Somos unos miserables!
Fray Domingo, me recomienda una visita corta, para no extenuar a Manuel.
Desde su lecho, me estira su mano para saludarme. El momento es indescriptible ¡La mano de Manuel Belgrano! La misma con que firmó el decreto expulsando de Salta al primer obispo, Nicolás Videla del Pino y la que firmó el extrañamiento de Güemes por su inconducta con la mujer de un oficial.
– Usted viene de Salta…, me dice
– Así es General. Quería verlo porque entiendo que nos aflijen las mismas cosas.
– ¡Ah…, Salta! Exclama y su mirada se eleva buscando un punto en la inmensidad, quizás mirando otra vez el Campo de la Cruz desde las almenas de la Casona de Castañares. ¡Salta…! Repite.
Y agrega: – ¿Cuáles son esas mismas cosas que lo aflijen, Ernesto?
-Me pregunto Manuel -le respondo- si acaso hoy no se arrepiente de todo lo que hizo por esta Patria.
– Ya lo creo que no, mi amigo. Los hombres de bien, jamás hemos de arrepentirnos de lo que hicimos por el bien común. Porque la Patria no es un pedazo de tierra solamente. No es un espacio. La Patria somos Usted y Yo. Cada uno es la Patria. Lo que los hombres no comprenden es que uniéndonos todos es como conseguimos una Patria Grande. Dividiéndonos, sólo somos grupos aislados fáciles de conquistar por cualquier enemigo.
– Vea -continúa, mientras se esfuerza por acomodar su espalda-, yo no luché por gobiernos de turno sino por un destino común.
– Lo sé, y por eso digo que me preocupan las mismas cosas, porque Usted, Manuel, ganó batallas en los campos y nosotros las hemos perdido en la educación, en la industria nacional, en el campo, todos esos lugares donde enseñó que se fortalece a la Patria.
Guarda unos instantes de silencio mirando hacia adelante. El rostro sudado y tornando a marmóreo. Y dice dibujando en los labios una sonrisa amarga, casi invisible:
-Vea, Ernesto, las decepciones de las plumas duelen más que las heridas y las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma. ¿Dónde quedó esa siembra?
Guardo silencio… ¿Qué decir ante el Prócer más estafado y robado de la historia?
Entonces, Manuel, agrega:
—¿Las escuelas? —susurra, y el pecho se le oprime—. ¿Cómo explicarles que la libertad es una entelequia si el pueblo no sabe leer sus derechos? Les di herramientas para arar el porvenir, para industrializar el cuero, para educar a la mujer y al indio. Pero el poder prefiere el barro de la ignorancia; es más fácil arrear conciencias oscuras que gobernar hombres libres.
El contraste vuelve a abofetearme. El hombre que se desprendió de 40.000 pesos oro -una fortuna- para fundar cuatro escuelas públicas en el Norte, agoniza esperando que el gobierno le pague los sueldos atrasados para no morir en la indigencia.
—Pensamos un país, no una estancia -se lamenta con los ojos fijos en el techo-. Discutíamos el comercio, el agro, las ciencias… y terminamos discutiendo aduanas y rencores de comité. Cambiamos las cadenas de España por los grillos de nuestras propias mezquindades. Destruyeron el pensamiento para entronizar el dogma de la fuerza.
¿Cómo decirle a ese hombre que se está muriendo, revolcado en la pobreza más infame, que le malversaron la plata de las escuelas, que su Bandera, de la que dijo “Que jamás será atada al carro de ningún triunfador de la Tierra”, ha sido atada, ultrajada, ¿y hasta cambiada en el propio Monumento que la honra?
—¿Vale la pena? -Usted, Ernesto, me pregunta, y el eco de sus propias batallas parece cruzarle el rostro-. Mire afuera. Se matan por el poder, por el dinero, por la miseria de mandar un día más sobre el barro. Se desvelan por lo que se puede tocar, por lo que se puede vender.
El General hace una pausa, el aire le falta, pero la lucidez le sobra. Su mirada ya no está en la habitación, sino en el norte, en los éxodos, en las cargas de caballería. Y agrega:
—Nosotros no fuimos perfectos, tuvimos miedo, cometimos errores… pero morimos por una idea. Y una idea no se puede comprar, no se puede meter en un cofre. La Patria que pensamos era un acto de fe, no un negocio de aduanas.
Es el contraste terrible de dos siglos. De un lado, el hombre que donó sus premios para construir escuelas que nunca vio terminadas; del otro, una dirigencia contemporánea que calcula el costo político antes de cada paso. El silencio en el cuarto de Manuel se vuelve insoportable porque no es el silencio de la muerte, es el silencio de nuestra propia vergüenza.
Fray Domingo ingresa a la habitación y su semblante es un juicio. Mi tiempo con Manuel Belgrano ha terminado. El hombre más lúcido del siglo XIX se extingue lentamente junto a la vela que ilumina la escena.
Aferro sus manos por última vez. Son los privilegios que otorga la historia, como este de poder tocar al Prócer, conversar con él. Manuel, cierra los ojos y el sudor le cubre la frente. Me levanto despacio y salgo del lugar casi sin hacer ruido. Fray Domingo me acompaña y al pasar por una habitación saludo a los dos hombres que están sentados: el Dr. Joseph Redhead y Miguel, el otro hermano de Manuel.
Afuera, en las calles de una Buenos Aires ciega, reina la anarquía. Es el día de los tres gobernadores, el día en que el poder es un trozo de carne disputado por perros. Hay ruido de cascos, gritos de facciones y un sordo egoísmo que lo inunda todo.
Es 20 de Junio de 1820. El General Manuel Belgrano, el creador de la Bandera Nacional, el que selló la suerte de los realistas para siempre en los campos de Castañares en Salta el 20 de Febrero de 1813, el de la mítica Batalla de Tucumán del 24 de Setiembre de 1812, el del Éxodo Jujeño…, el que pensó el país primero que nadie… ese Belgrano se muere solo y pobre. –
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