POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Me gustan terriblemente las mujeres. Cuando en el Génesis se describe la Creación, a cada elemento creado, dice “Y Dios vio que todo era bueno”. Pero cuando creó a la mujer, debió decir: “Y Dios vio que todo era MUY bueno!”. Porque entre todos los semovientes que se desplazan por la Tierra, no existe criatura que se le iguale en belleza, en armonía. ¡Y qué decir de aquellas mujeres en estado “savage”, esas féminas desmelenadas de mirada cuyos parpadeos nos reducen a insectos atrapados por una planta carnívora que nos devora al cerrarse! Si, todo en la Naturaleza es bello, pero nada se compara a la mujer.
En esto estuvo advertido Adán, que pasaba sus días viendo desfilar ante sí a todos los animales y dándoles nombre a cada uno, pero…, ninguno alcanzaba a satisfacer “eso” que Adán necesitaba. Y le dijo a Dios: “Todo está muy lindo, pero… aquí está faltando algo”.
Ahí recordó el Padre que había dotado a Adán de eso que llaman “libido”, y claro, desde la hormiga hasta la jirafa, nada movilizaba las hormonas de aquel hombre. “Y entonces, Dios hizo caer a Adán en un sueño… le arrebató una costilla” y ¡zas! Apareció la mujer. Que con el paso de los milenios se confundieron un poco las cosas y la mujer terminó viviendo a costillas del hombre, es un detalle. Menos mal que vino el feminismo para equipar las cosas y ahora cada uno paga lo suyo.
Ahora, analicemos esta cuestión: Dios formó al hombre de barro -dice el mito- lo sopló y el tipo obtuvo la vida. Por eso somos humanos, porque el hombre viene del humus. Pero la mujer no. Dios la pensó y vaya a saber cómo cuando Adán despertó ahí estaba. Por eso la mujer es más viva que el hombre. De allí que el machismo sea una declaración de poco hombre que practican los impotentes, porque hemos de admitir que esas curvas no fueron hechas para transitarlas así nomás. Una mala maniobra y el hombre se estrella en un mal viraje.
Es que la mujer además de todos esos redondeados encantos que la adornan y nos provocan “ese no sé qué que nos produce un qué sé yo”, posee la intuición que viene a ser como la CIA alojada en el cerebro: siempre saben qué está haciendo uno, incluso ¡Antes de que lo haga! Es imposible mentirle a una mujer, porque ellas cultivan el esotérico arte de las mancias. Perciben hasta los cambios en el ritmo cardíaco del infeliz que osa pensar que puede engañarlas.
No hay que engañarse, Luzbel, que era el más dotado en inteligencia, no eligió al hombre para tentarlo, porque vio que era un nabo que andaba comparándose con el tamaño de la trompa del elefante, un trauma fálico que atormenta a los hombres hasta hoy. En cambio, eligió a la mujer para tentarla porque sabía que ella no se conformaría con unas hojas de parra, y de hecho, le dijo “Coman y serán como dioses”.
En eso la Serpiente estuvo más viva que la mujer porque la engañó diciéndole “serán COMO dioses”, o sea, parecidos, algo así, más o menos, pero no dioses. Y Eva, quizás, ya se imaginó metiendo mano en el barro para hacer otros más como Adán. El resultado ya lo conocemos.
Y sin embargo, pese a la manzana, pese a la expulsión del Paraíso y pese a que desde entonces el hombre trabaja para pagar impuestos, expensas, seguros y cuotas de todo tipo, jamás dejó de perseguir a la mujer.
Porque si algo caracteriza al hombre desde que abandonó el Edén es esa obstinación conmovedora por intentar comprender a la mujer. Y si algo caracteriza a la mujer es su habilidad para impedir que lo logre.
Los griegos escribieron tragedias, los romanos construyeron imperios, los ingleses inventaron el parlamentarismo, los franceses la revolución y los argentinos el dulce de leche. Pero ninguno consiguió descifrar qué significa exactamente cuando una mujer responde «hacé lo que quieras».
No existe inteligencia artificial capaz de resolver semejante acertijo: ni la NASA, ni el FBI, ni la KGB, NI EL Mosad.., y mucho menos el marido.
Los hombres llevamos milenios intentando comprender a las mujeres. Ellas, en cambio, nos comprendieron durante la primera semana… o en la primera cita.
La prueba irrefutable de la superioridad femenina es que las mujeres han logrado que los hombres hagan cosas completamente irracionales durante milenios. Hemos cruzado océanos, librado guerras, escrito poemas ridículos, enviado cartas que ni el Quevedo habría podido escribir, comprado flores a precios exorbitantes y soportado reuniones familiares enteras con la secreta esperanza de arrancarles una sonrisa.
Y lo peor es que volveríamos a hacerlo. Una y otra vez. Más aún cuando se trata de aquella cuyos ojos nos atravesaron con más certeza que las flechas de la Diana del Olimpo.
Porque detrás de toda gran obra humana suele haber una mujer. Y detrás de muchas tonterías también. Y sobre esto último, algunos hemos resultado verdaderos especialistas.
Por eso desconfío profundamente de esta moda contemporánea que pretende convertir a hombres y mujeres en adversarios. Es una idea absurda. El hombre y la mujer no son enemigos. Son cómplices condenados a soportarse, admirarse y desconcertarse mutuamente desde el comienzo de los tiempos.
Lo confieso entonces, sin culpa, sin complejos y sin necesidad de terapia de deconstrucción posterior: ¡Me gustan las mujeres!
Sus virtudes, sus defectos, sus contradicciones, sus misterios, sus intuiciones, su inteligencia y hasta esa costumbre de responder «nada» cuando claramente está pasando algo. O todo…
Y si después de miles de años los hombres seguimos escribiendo poemas, canciones y tonterías sobre ellas, tal vez exista una explicación muy sencilla.
Dios creó al hombre del barro. Pero cuando creó a la mujer, evidentemente estaba inspirado. –
