POR: Lic. LIZI MEJÍAS
Es habitual que cada 25 de mayo la mirada oficial apunte a los retratos de los cabildantes de 1810, a las actas solemnes y a las plazas perfumadas de la historia de bronce. Pero hay otra forma de evocar la Gesta. Caminar hoy por los polvos indómitos, salvajes y fragorosos de nuestro norte también es cabildar. Porque allí, donde la geografía raspa, nuestros hermanos dicen con su sola presencia lo que ninguna proclama escrita ha logrado igualar: cada uno de ellos, en su rincón de monte, es una Bandera argentina.
Ver y escuchar cantar el Himno Nacional en idioma guaraní no es sólo el momento de un acto escolar; es una gloria que estremece. Es la prueba viva de quienes defienden la Patria como ninguno. Una patria argentina que costó tanto sacrificio y tantas vidas enteras. No hablamos únicamente de la vida sesgada o abortada en el fragor de una batalla heroica, sino de algo más silencioso y punzante: la vida del sacrificio cotidiano. Aquella que no dejó a nuestros antepasados ninguna alternativa de generar una familia normal; existencias atravesadas por la falta, por las carencias de toda posibilidad de paz, habitando en la zozobra permanente.
Todo eso que pasaron quienes nos precedieron valió la pena. Sin embargo, hoy la herida sigue abierta y también se sufre. Se sufre en el monte, sin agua, sin luz, muchas veces sin comida, pero siempre con la Bandera argentina en alto.
Porque la Patria no es un concepto abstracto de manual; la patria se hace carne cuando un cacique se para con un rifle imaginario -con nada en la mano más que su dignidad- en medio de la tierra y del polvo, y plantándose frente al narco le advierte: «Por mi tierra no pasás». Y los otros, los mercenarios armados hasta los dientes, ante el peso de esa autoridad ancestral, se corren y no pasan. ¡Eso es Patria!
Patria es también el maestro rural que no tiene útiles, que carece de lo elemental, y sin embargo está ahí, de pie frente al aula improvisada.

Podría decirse, por supuesto, que la Patria también se defiende en el sur, en la inmensidad de la Patagonia y en la escarcha del hielo. Pero hay que decirlo así, con nuestra propia voz, porque nuestra realidad urgente es esta. Es el guaraní, es el wichí en Santa Victoria, es allá arriba, en el Alto de la Sierra, donde nadie quiere ir.
Ahí, donde el mapa se desdibuja para el poder central en su cotidiana lucha por el dinero y los presupuestos, pero en los hechos de cada día, es exactamente allí, en las soledades ásperas del monte fronterizo donde la Patria nace todos los días.
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