E la nave va: ¿Por qué echarse un polvo es una cuestión política?

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Este asunto de “echarse un polvo” era una práctica muy difundida en los siglos XVII y XVIII entre la aristocracia europea. Aunque es menester aclarar que esa expresión no siempre tuvo las connotaciones que el lector moderno imagina. Hubo un tiempo en que los caballeros de Europa, especialmente en la refinada Francia aristocrática, acostumbraban aspirar rapé: tabaco finamente molido que se conservaba en pequeñas cajas ornamentadas y se consumía por vía nasal. “Echarse un polvo” era, simplemente, echarse un poco de rapé.

Por ejemplo; imaginemos hoy la situación, en una reunión un joven le dice a una dama: “Vamos a afuera a echarnos un polvo”, cosa que efectivamente suele suceder, aunque con la evolución de los siglos la sustancia ha cambiado. No es temperamento de esta nota ingresar en especulaciones sobre otro sentido de la frase en la misma situación…

Como sea, esto de “echarse un polvo” era entre reyes, duques, cardenales, diplomáticos y damas de alcurnia un hábito que se practicaba con absoluta naturalidad. Increíblemente, al parecer, en nuestros días continúa siendo así; tanto para un “nariguetazo” como para otras cuestiones consonantes con la dicha expresión.

Sabemos que Napoleón consumía cantidades industriales. Los ministros discutían asuntos de Estado entre estornudo y estornudo. La nobleza administraba imperios enteros mientras se aplicaba discretos polvos en las fosas nasales.

El estado de hipersensibilidad que reina en estos días en Salta, donde lo que antes entre la aristocracia era una cuestión de alcurnia, en nuestros días, se ha tornado en un debate político que ya ocupa la agenda periodística durante más de una semana. ¡Oh Tempus, O Mores! Diría Cicerón.

De allí que haya sido necesaria esta aclaración filológica porque, durante los últimos días -repito-, la política salteña parece haber abandonado cualquier preocupación menor como la pobreza, el narcotráfico, la educación, la infraestructura o el desarrollo económico para concentrarse en una discusión infinitamente más elevada: determinar quién se echó qué polvo, cuándo se lo echó y quién posee autoridad moral suficiente para inspeccionar las narices ajenas.

“La noche de las narices frías”

Como están las cosas, conocer quién se dio o no un nariguetazo ya resulta casi anecdótico. De última, alguna vez lo resolverá un juez, una pericia o una rinoscopía, que parece haberse convertido en la nueva herramienta de control institucional de la República.

Lo verdaderamente inquietante es otra cosa. Mientras discutimos narices, el narcotráfico sigue existiendo. Mientras inspeccionamos fosas nasales, la pobreza continúa creciendo. Mientras los dirigentes se acusan mutuamente de inhalar sustancias, los alumnos siguen sin aprender lo suficiente y los problemas estructurales permanecen exactamente donde estaban hace una semana.

Este certamen para determinar quién es más narco ya alcanzó ribetes tan absurdos que en el ambiente político circula un chiste cruel: «A fulano/a lo va a contratar Boca Juniors porque necesita alguien que juegue pegado a la raya».

Algunos se reirán. Otros se ofenderán. Pero el problema no es el chiste; el problema es que una provincia entera lleva días discutiendo el “chiste”.

¡Cheeee!, diría Pepitito Marrone.

© – Ernesto Bisceglia