POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
¿Qué nos pasó? ¿Dónde quedó aquel país que, más allá de sus feroces disputas políticas, exigía de su clase dirigente cierta dignidad escénica y decoro intelectual? Hoy hemos sido ganados por una abulia moral que el pueblo percibe intuitivamente, aunque todavía no logre formularla.
Campea en el imaginario colectivo una normalización de lo grotesco y lo bestial, comportamientos que nacen en la cúspide de la dirigencia y se derraman hacia el ciudadano común. Vivimos en una sociedad crispada, donde la violencia se generaliza. Cuando una comunidad pierde las formas, dinamita también el mecanismo moral de su propio autocontrol. La historia -Historia magistra vitae, como sentenciaría Cicerón- nos enseña que toda civilización comienza a desmoronarse cuando deja de sentir vergüenza.
Las sociedades asimilan los ejemplos de arriba: cuando los ciudadanos observan que quienes ocupan las magistraturas públicas no ofrecen ejemplaridad sino un comportamiento marginal, el tejido social se imita hacia abajo. La Argentina ha perforado su piso cultural: tenemos un presidente que insulta con la liviandad de un panelista televisivo y legisladores que confunden el recinto con un reñidero digital, actuando como influencers de cabotaje en una pulpería moderna. En la periferia, periodistas que olvidaron su rol de formar opinión pública se comportan como barrabravas de la grieta. Es un bochornoso carnaval donde nadie registra el vaciamiento de las instituciones.
Se ha perdido el pudor republicano a tal punto que la opulencia rancia y la corrupción ya ni siquiera buscan el recato; se pasean con sus botines delante de una sociedad que no llega a cubrir sus necesidades primarias. Nos hemos degradado al extremo de convertir la transgresión vulgar en una supuesta virtud estética. El semillero político -que deberían ser los concejos deliberantes- se transformó en una tribuna donde se grita, se humilla y se destruye la honra ajena para rascar un puñado de reproducciones en las redes sociales.
El dirigente, que debería ingresar a la función pública investido como un servidor, se calza la túnica de la soberbia -patrimonio exclusivo de los ignorantes- mientras el coro de aplaudidores interpreta la grosería como «sinceridad», la brutalidad como «valentía» y la vulgaridad rampante como «coraje antisistema». Si acaso hubo alguna vez una batalla cultural, a esta altura ya la hemos perdido todos.
El ridículo era, fundamentalmente, un límite civilizatorio. Antes, el temor a quedar en ridículo obligaba a medir las palabras, a cuidar los gestos y a preservar el respeto por los símbolos nacionales. Hoy vemos funcionarios disfrazados de streamers y streamers ejerciendo como ministros espirituales de masas digitales.
La Argentina no sólo atraviesa una crisis económica; padece una quiebra estética y moral. El verdadero drama no es únicamente que nuestros dirigentes hagan el ridículo a diario; la tragedia es que gran parte de la sociedad ha perdido la capacidad de reconocerlo y, para colmo, lo festeja.
En los circos de antaño, el payaso era el bufón del entretiempo; pero aun en sus torpes pasos y sus gags memorables, sostenía la nobleza y dignidad de su oficio. Hoy, el orden se ha invertido: los bufones gobiernan, el oportunismo legisla y los ágrafos dictan cátedra en los medios.
Si Roma cayó cuando se prostituyeron sus costumbres, ¿qué destino le espera a una República Argentina que aún no ha terminado de nacer?
El exilio del intelectual y el poder de la Palabra – Ernesto Bisceglia – Editorial
La Educación y el país – Ernesto Bisceglia – Editorial
