Fue lanzado el espacio político “Convergencia”, que comenzó a reunir dirigentes de distintos sectores con un objetivo explícito: acompañar la eventual candidatura de Gustavo Sáenz para el período 2027-2031.
La convocatoria, en realidad, fue más allá de una reunión de dirigentes y representó una verdadera participación de ideas e ideales. Porque las sociedades no fracasan porque les falten ideas nuevas, sino que fracasan cuando las ideas viejas se niegan a abandonar el escenario. Tal vez Convergencia no sea todavía una respuesta. Pero al menos parece haber entendido cuál es la pregunta.
El reconocido dirigente, Carlos Reynoso, expresó en un momento una frase que amerita un análisis más profundo: «nuestro presente es el pasado». Ahí hay una paradoja política que trasciende a Sáenz y que puede convertirse en el eje de una buena filosofía de participación.
Porque en la reunión de «Convergencia» no hubo discursos preparados, ni siquiera una definición política en sentido estricto. Fue apenas una reflexión nacida de una conversación informal, de esas que suelen decir más que los discursos escritos.
También conviene ahondar en la expresión de Reynoso, que señaló: «Me gustan los cambios y las ideas nuevas, porque con las que teníamos nos fue mal. Pero lo más extraño es que el fracaso lo administran quienes lo produjeron. Entonces, nuestro presente es el pasado. ¿Cómo podemos hablar de futuro si todavía no logramos construir un presente digno?»

La frase merece detenerse. Porque la política argentina vive una anomalía permanente: los responsables de muchos de los problemas suelen presentarse como los encargados de resolverlos. Cambian los slogans, las alianzas, los colores partidarios; rara vez cambian los protagonistas.
El pasado gobierna el presente mientras promete un futuro distinto. En ese contexto aparece Convergencia, no como un partido nuevo, ni como una estructura electoral más, sino como el intento de construir una mayoría política antes que una candidatura. Y esa diferencia no es menor.
Las grandes transformaciones nunca comenzaron el año de las elecciones. Comenzaron mucho antes, cuando alguien entendió que las victorias electorales son apenas la consecuencia visible de consensos construidos con tiempo.
La pregunta, entonces, no es si Gustavo Sáenz buscará o no un nuevo mandato. La verdadera pregunta es otra: ¿existe en Salta una dirigencia capaz de pensar el 2030 sin seguir discutiendo el 2003?
Porque gobernar no consiste solamente en administrar el presente. También implica impedir que el pasado siga condicionando cada decisión.
Convergencia nace con esa aspiración. Después vendrán las discusiones políticas, las críticas, las adhesiones y las inevitables especulaciones electorales. Pero hay un dato imposible de ignorar: mientras algunos siguen administrando nostalgias, otros comenzaron a discutir el tiempo que viene.
Y tal vez la política necesite precisamente eso: Menos administradores del fracaso y más constructores del porvenir.
