Breve tratado sobre los opas como fenómeno político

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Pienso que nuestra generación ha sido de las últimas que vio transitar por las calles a los opas “famosos” en Salta.

La memoria me alcanza para recordar al Opa Vera, que desarrolló su vida entre las sacristías de los templos como amanuense de los curas, nutriéndose gastronómicamente de las hostias que aguardaban ser consagradas y del vino de misa. Fue acólito de Monseñor Pedro Reginaldo Lira cuando éste se desempeñaba como capellán de las monjas del Carmelo de San Bernardo. Lavaba la camioneta del sacerdote, acomodaba los enseres del altar y parecía habitar un universo propio, ajeno a las urgencias del resto de los mortales.

También caminaba las calles, por aquellos años, el Opa Pascualito. Un moreno bajito que avanzaba ligeramente inclinado hacia adelante y vivía al cuidado de la familia Pancio. Gracias a ellos consiguió un conchabo como maletero en el aeropuerto. Ganaba sus propinas y era tan querido en el ambiente que los pilotos lo invitaban a visitar la cabina de los aviones. Iba por la vida sonriendo, mostrando unos enormes dientes blancos que contrastaban con su piel oscura y su hirsuto cabello renegrido.

Claro que Salta también tuvo opas ilustrados, pero esa es una categoría que nos impide mencionar nombres porque algunos fueron —y otros siguen siendo— altos jerarcas de la Curia, de la política y de la justicia y hasta de ciertas instituciones que se presumen respetables. Ya lo dijo el ilustre Cuchi Leguizamón: “El día que los opas vuelen, Salta se nublaría”.

Ahora bien, «opa» es una de esas palabras del Norte argentino que parecen sencillas, pero que sociológicamente encierran todo un universo. Porque en el uso popular saltojujeño, tucumano e incluso boliviano, el opa no es exactamente un tonto. Si fuera solamente eso, bastaría con decir zonzo, bobo o idiota.

Según enseña el doctor Vicente Solá en su Diccionario de Regionalismos Salteños, el término posee matices mucho más ricos. El opa suele ser el ingenuo, el que no comprende cómo funcionan realmente las cosas, el que cree todo lo que le dicen, el que es manipulado por otros o el que llega siempre tarde a las picardías colectivas.

Por eso muchas veces el opa ni siquiera es el menos inteligente. Puede ser instruido, tener títulos universitarios, ocupar cargos importantes e incluso ser rico, y seguir siendo opa. De hecho, quién no escuchó alguna vez en Salta aquello de: “No es opa… se hace el opa”.

La observación no es menor, porque nos lleva a comprender que la opería no constituye una categoría intelectual sino social.

En las sociedades tradicionales nuestro Norte, el opa cumple además una función cultural: es la contracara del vivo. Porque ocurre que nuestras comunidades suelen admirar mucho más al vivo que al inteligente. Por eso, en determinados ambientes, el insulto más grave no es “ese es un ignorante”, sino “ese es un opa”. La expresión no cuestiona conocimientos; cuestiona algo mucho más importante: la capacidad de entender el juego.

Y aquí es donde la cuestión comienza a ponerse interesante.

Porque en la terminología popular norteña también se llama opa al marido engañado que no se da cuenta de que lo engañan. Es decir, el opa no es solamente el que no sabe. Es, sobre todo, el que no advierte lo que sucede delante de sus ojos.

Desde esa perspectiva, podríamos decir que el opa no es el último en enterarse. Es el único que todavía cree que no pasó nada.

Sin embargo, la palabra encierra una paradoja. En Salta, el opa suele despertar una mezcla de burla, lástima y ternura. No provoca el desprecio absoluto que inspira el imbécil. Hay en él una condición de víctima, de personaje arrastrado por fuerzas que no comprende.

Esta acepción se ha trasladado también a la política. Hoy es frecuente escuchar a peronistas llamar opas a los libertarios por haber votado a Javier Milei, mientras los libertarios responden calificando de opas a los peronistas por seguir defendiendo algo que, según ellos, ya no existe y que le hizo mucho daño al país.

En mi carácter de expositor y procurando mantener una prudente distancia salomónica, pienso que opas hay en ambos campamentos, aunque confieso que mi impresión personal es que el fenómeno parece más extendido entre los libertarios. Naturalmente, se trata de una apreciación tan subjetiva como discutible.

Pero el asunto verdaderamente relevante no pasa por allí.

Porque el verdadero conflicto político no es entre oligarcas y pueblo, entre peronistas y antiperonistas, entre militares y civiles o entre curas y herejes. El verdadero conflicto se da entre quienes comprenden cómo funciona realmente el poder y quienes creen que funciona como dicen los manuales.

Y aquí aparece la categoría más fascinante de todas: la del opa ilustrado.

Es ese que cree que las instituciones funcionan exactamente como establecen las leyes. Que las elecciones deciden por sí mismas el destino de los pueblos. Que la prensa informa. Que los partidos políticos representan ideas. Que los curas salvan almas y que los discursos se parecen a las intenciones y que las promesas electorales guardan alguna relación con la realidad.

En consecuencia, convendría admitir que en Salta muchas veces la palabra “opa” es pronunciada por alguien que tampoco entiende demasiado las cosas, pero que llegó antes al reparto.

Al fin de cuentas, desde el Ágora de Atenas hasta nuestros días, toda sociedad produce opas. Son imprescindibles. Sin ellos sería imposible gobernar.

Porque el opa es el que aplaude. El que milita gratis y repite consignas. Es ese que cree pertenecer a la mesa cuando en realidad figura en el menú.-