POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
El retiro del Capítulo III de la denominada “Ley de Tierras” que representó un fracaso político para los hermanos Milei y las aspiraciones del clan Benegas Lynch y su empresa de gestiones financieras para la compra de tierras en el país, ha planteado una realidad: La hegemonía política de La Libertad Avanza, se ha fracturado.
En ese contexto, se escuchan voces de que ha quedado demostrado que se pueden juntar dos tercios para la posibilidad de un juicio político contra el presidente ese sería un cuervo que comienza a sobrevolar la Casa Rosada.
Sin embargo, es necesario considerar dos planos distintos: Una cosa es la hegemonía política y otra muy distinta la aritmética parlamentaria.
El deterioro de la gestión y de la propia imagen del presidente es un dato inobjetable. Una reciente encuesta en el conurbano -por ejemplo- lo deja debajo de Axel Kicillof. Ya no es aquel gobierno de poder monolítico que existió entre fines de 2023 y buena parte de 2024, producto de aquella combinación de novedad, centralidad mediática, iniciativa permanente y una oposición desorientada. El panorama ha cambiado. Hoy el gobierno enfrenta más resistencias, más desgaste y más dificultades para imponer agenda de manera unilateral.
Pero de allí a pensar en un juicio político, todavía hay una distancia enorme.
Porque para que prospere un juicio político en Argentina no alcanza con que el presidente pierda popularidad o atraviese una crisis. Hace falta construir una mayoría política extraordinaria. La Cámara de Diputados debe formular la acusación con una mayoría especial para que luego el Senado actúe como tribunal.
Históricamente, los juicios políticos exitosos o las caídas presidenciales en Argentina ocurrieron cuando se produjo una ruptura masiva de las coaliciones de poder, incluyendo gobernadores, bloques legislativos, actores económicos y sectores sociales relevantes. Todo esto en este momento no ocurre… todavía.
Los recientes hechos sí han demostrado algo distinto como es la posibilidad de que el Congreso recupere su capacidad de bloqueo. Es decir, la aparición de mayorías circunstanciales capaces de rechazar vetos, frenar proyectos o imponer costos políticos al Ejecutivo. Eso es muy diferente de reunir una mayoría para destituir a un presidente.
En síntesis, la figura de la “Corporación Milei” (su hermana y el presidente, en ese orden de jerarquía) ya no aparece como invulnerable, pero la pregunta hoy no es si existe una mayoría como para destituirlo, sino si ya ha comenzado a amanecer una mayoría que sea capaz de limitarlo. Y esto es muy bueno que así esté ocurriendo porque fortalece al sistema democrático.
Las democracias suelen cambiar mucho antes de que aparezcan los juicios políticos. Lo primero que se pierde no es el cargo; es la capacidad de mandar. Y esa discusión, efectivamente, ya está sobre la mesa.
