POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Ciertas fechas convocan a la memoria imágenes de aquella época en que Salta todavía era una comunidad organizada. Relativamente pequeña en comparación con otras ciudades, hacia los sesenta y setenta del siglo XX, no sólo había una organización social más ceñida sino además una espiritualidad que cohesionaba a todas las clases sociales.
En aquellos años, la comunidad franciscana de Salta tenía una presencia importante y destacada. Eran los años en que Fray Honorato Pistoia recorría nuestras calles en su Vespa italiana y comandaba la Escuela San Francisco y el Instituto Padre Gabriel Tommasini. En el convento, nombres como Fray José Butinelli, Fray Marino Capelletti, Fray Raimundo Monfelli y el inolvidable Fray “Tito” Collalunga, organizador de la enorme biblioteca franciscana.
Dos festividades franciscanas marcaban el calendario espiritual de Salta: La Fiesta de Santa Oliva -el 5 de mayo-, y el 16 de agosto, San Roque. Ambas devociones habían sido traídas a Salta por aquellos inmigrantes mayoritariamente sicilianos. La Asociación Siciliana de Salta, presidida entonces por Santi Fulco, organizaba los eventos y toda la colectividad contribuía económicamente.
En la misa dominical, semanas antes, se anunciaba el inicio del novenario en “La Voz Seráfica”, una hojita doble donde se publicaba el Evangelio dominical, se incluían algunas notas culturales y se hacían los anuncios parroquiales. Mi primera publicación fue precisamente en ese medio comunitario que estaba bajo la dirección de Marino Capelletti.
El novenario y la procesión
Todos los días se publicaba una hoja con el programa de las misas que iniciaba así: “08,00 – Disparo de bomba”. En efecto, antes de cada misa, salía el eterno sacristán del templo, Carlos Mamaní, y disponía en el atrio un mortero, colocaba prolijamente una bomba de estruendo, encendía la mecha y se retiraba displicente. El explosivo salía disparado a las alturas y anunciaba el inicio de la misa.
Eran años en que el templo se abarrotaba de fieles que hacían la novena. El Santo, era retirado de su nicho ubicado a la mano derecha de la nave, en el inicio y colocado al lado del altar. En la puerta del templo se colocaba un cuadro enorme de San Roque o Santa Oliva, según la ocasión.
En los alrededores del templo durante esos días y con mayor presencia el día de la procesión se agolpaban en línea cientos de vendedores de confituras regionales: colaciones, rosquillas, empanadillas de cayote, turrones salteños y los infaltables “alfeñiques”, esos caramelos de miel. Las familias más cercanas al templo aprovechaban para hacer encargos especiales de esas especialidades.
La procesión de estos santos era un evento social significativo que convocaba a miles de salteños. La procesión de San Roque, sin embargo, tenía un dato de color particular como era la presencia de perros que sus dueños llevaban con una cinta roja en el cuello. En más de una ocasión los canes se desconocían y se armaba una trifulca en medio de la abigarrada multitud.
La procesión era encabezada por el arzobispo, Monseñor Carlos Mariano Pérez Eslava, los frailes franciscanos, las autoridades de la provincia, el santo e inmediatamente detrás la banda de la policía dirigida por el inolvidable Maestro Montero.
La mañana del día del santo, toda la pared del templo amanecía “ornada” por los postes que sostenían los fuegos artificiales que se quemarían al final de la procesión. Tras recorrer las inmediaciones del templo, el santo se ubicaba -al estilo italiano-, de espaldas al templo en el arco de ingreso. Y sobre la calle Córdoba, comenzaban el espectáculo pirotécnico.
Nosotros, chicos, nos colábamos hacia el patio donde hoy hay una confitería para ver de cerca aquel espectáculo. Pero el momento más emotivo era cuando se quemaba el último de los fuegos artificiales, que encendía como un cuadro de luces y caía en medio la imagen del santo. En ese punto, la banda ejecutaba “Diana de Gloria”, las campanas del templo echaban al vuelo sus sones y el santo iniciaba su lento ingreso al templo. Era un momento de altísima emoción popular con la gente saludando con sus pañuelos a la imagen que se despedía hasta el año siguiente.
Una paradoja de los tiempos, pienso; en aquellos días se encendían fuegos artificiales para celebrar al santo frente a cientos de perros. Hoy, modernos como somos, se prohíbe la pirotecnia para cuidar a los perros. En fin…
Aquella Salta ya es historia, aquellos frailes que marcaron una época también. En algún tiempo más, nosotros seguiremos ese destino. Por eso estas líneas, para que quizás alguna vez, alguien las encuentre y tenga una estampa de una época en que la sociedad salteña era más sencilla, más creyente, más inocente y solidaria…, no sé incluso si también, más feliz. –
