POR: PROF. MARCIA LORENA NIEVA CAÑIZARES – www.ernestobisceglia.com.ar

Dicen que bajo las calles más viejas de Cafayate hay otro pueblo. Uno de pasadizos oscuros, cámaras de adobe y salidas que nadie recuerda. Durante años fue solo un cuento de sobremesa. Hasta que una obra en pleno centro volvió a abrir la pregunta.

Todo empezó como un rumor de obra. Albañiles, polvo, una excavación profunda a metros de la plaza principal. Uno de los obreros, forastero, contratado para remover tierra, golpeó con la pala algo que no era piedra ni tierra compacta. Al despejar, apareció un hueco. Una boca negra, a medio tapar por escombros, cuyas paredes no parecían naturales: tenían el dibujo irregular pero firme de la mampostería antigua.

El obrero avisó al capataz. El encargado se asomó, miró en silencio y, según contaron después los compañeros, dio una orden seca: parar todo. Al albañil le dijo que su trabajo había terminado. Que al otro día pasara a cobrar. Se fue sin más explicaciones. Sin entender bien qué había encontrado.

Al poco tiempo, el sector de la excavación fue cerrado. Algunos alcanzaron a ver parte de esa estructura antes de que la cinta y los tablones lo ocultaran todo. Nadie pudo medir hasta dónde llegaba. El obrero ya se había vuelto a su pueblo. Pero la historia quedó flotando entre los comercios del centro, como vuelven siempre las viejas historias en Cafayate.

Un baldío que no era baldío

El terreno donde ocurre todo esto no es cualquier terreno. Es una de las nueve manzanas originales. Es el corazón fundacional.

En 1828, Josefa Antonia de Frías de Aramburú dona las tierras para que nazca el pueblo. En 1840, Rosendo de Frías traza esas nueve manzanas alrededor de la plaza. El historiador Atilio Cornejo lo dejó dibujado en sus Apuntes históricos sobre Salta: en ese croquis ya aparece el punto clave de todo, la iglesia.

Porque mucho antes de la Catedral actual -que recién empieza a levantarse en 1890 por impulso del presbítero Julián Toscano– allí hubo otra cosa: la capilla de Nuestra Señora del Rosario, de 1819. Modesta, de adobe, pero centro de la vida y del miedo. Y es alrededor de esa primera capilla donde nace la leyenda más persistente.

El pasadizo de la capilla

Los abuelos cuentan que bajo la capilla había una cámara. No para muertos, sino para guardar lo más valioso: custodias, documentos, el archivo de un pueblo que temía ser arrasado. Desde esa cámara, dicen, salía un túnel que cruzaba por debajo de la calle hasta lo que hoy es la Municipalidad.

Tiene sentido si uno recuerda 1867. Felipe Varela baja por los Valles Calchaquíes. La guerra civil es una amenaza real. Para una familia de Cafayate, tener un sótano secreto donde esconder una hija, unas monedas, unos papeles de propiedad, podía ser la diferencia entre la vida y la nada.

Con los años, el túnel habría cambiado de uso. Como pasa con todos los secretos, empezó a servir para lo que no se puede contar a plena luz: curas que salían sin ser vistos, notables que entraban sin pasar por la puerta, amores que necesitaban sombra.

Y también, el tesoro. Un arcón de cuero con monedas y joyas, escondido a las apuradas durante un enfrentamiento. Sus dueños nunca volvieron. Y el mapa para encontrarlo se murió con ellos.

El secreto del Colegio de María

A pocas cuadras, el Colegio de María guarda otra parte del rompecabezas. Fundado por las Hermanas Terciarias Misioneras Franciscanas a fines del siglo XIX, su arquitectura delata algo: una capilla al centro que divide dos patios enormes, rodeados de celdas, galerías y cuartos que se comunican de forma extraña.

La tradición oral del colegio habla de sótanos para guardar alimentos, vino y documentos del convento, unidos por pasajes angostos por donde las hermanas circulaban sin ser vistas. Y de gente que se refugió allí, que entraba y salía sin que el portón principal se abriera nunca.

Cada refacción tapó un poco más. Cada piso nuevo sepultó una entrada. Hoy solo quienes vivieron allí de niñas recuerdan dónde estaba la tabla que sonaba hueco.

Los duendes de la Bodega Encantada

La ex bodega de la familia Coll, la que todos conocen ahora como Bodega Encantada -sede del Museo de la Vid y el Vino y corazón simbólico de la Serenata- sería otro nodo de la red. Sus muros de adobe de un metro de espesor, sus piletas profundas y sus galpones frescos hacen pensar en subterráneos. Los bodegueros viejos juran que había túneles que comunicaban la zona de fermentación con las casas de la familia, para controlar la producción sin salir al frío de la noche.

Pero la gente de Cafayate le puso poesía. Cuando se apaga el escenario de la Serenata y el último bombisto se va, dicen que los duendes serenateros siguen de fiesta. Y que lo hacen por esos túneles olvidados de la bodega, riéndose entre las barricas, esperando que llegue febrero de nuevo.

Los sonidos del viejo hospital

La historia más difícil de escuchar ocurre en el antiguo Hospital Nuestra Señora del Rosario, de 1896. Hoy allí funcionan juzgados y la Escuela de Música, pero de noche los serenos cuentan lo mismo. Ruidos sordos. Como pasos debajo del piso. Como algo que raspa los cimientos.

¿Es agua subterránea corriendo? ¿Son lauchas en los viejos desagües? ¿O son los que murieron allí y todavía no encuentran descanso? Nadie se anima a picar el piso para comprobarlo.

La corriente de aire

Hasta hoy, el hallazgo de la obra no tiene confirmación oficial. No hay fotos, no hay peritaje. Solo el boca a boca de un pueblo que ama sus misterios. Pero los compañeros del albañil repiten una frase que él dijo antes de irse, y que es la que le da título a este capítulo. Dijo que el agujero se perdía en la oscuridad, más allá de lo que alcanzaba a iluminar su linterna.

Y dijo algo más.

Que de adentro, desde lo profundo, venía una corriente de aire frío. Como si ese túnel, en alguna parte, todavía estuviera respirando.