POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Recuerdo una reflexión de Luis Landriscina, aquel formidable narrador de nuestras costumbres, cuando evocaba los tiempos en que “El perro era perro. Comía las sobras, dormía afuera y cuidaba la casa”. Nadie le preguntaba si estaba deprimido, si padecía ansiedad por separación o si necesitaba un psicólogo especializado en conducta canina.
En la finca de mi abuelo conocí aquellos perros -Sultán y el Negro- Eran animales nobles, fieles, guardianes de la propiedad y compañeros inseparables de las andanzas infantiles. Tenían nombre, pero no apellido. Y, por supuesto, ninguno pretendía ser considerado hijo de la familia. Se sentaban al costado de la mesa esperando alguna costilla o algo de locro.
¡Cuánto ha cambiado el mundo desde entonces!
Ahora los perros tienen peluquerías, hoteles, guarderías, indumentaria de temporada, cumpleaños, tortas especiales y hasta cochecitos para pasear. ¡Hasta conflictos emocionales con psicólogos”. Algunos disponen de habitaciones propias y dietas que provocarían la envidia de cualquier jubilado argentino.
Y como toda revolución que se precie de tal, esta también llegó a la legislación. En la Argentina ya pueden viajar en aviones, trenes y micros de larga distancia, cumpliendo determinadas condiciones. En los automóviles deben ir sujetos según las normas de cada jurisdicción. El antiguo perro que perseguía al automóvil ahora viaja dentro, convenientemente asegurado. No vaya a ser que Firulais sufra un accidente de tránsito mientras se dirige a su sesión de peluquería.
Conviene aclarar que no tengo nada contra los animales. Todo lo contrario, tenemos en casa perros y gatos (felinos de cuatro patas, se entiende). El respeto por su bienestar constituye un progreso civilizatorio. Maltratarlos es una expresión de brutalidad humana, no de superioridad de nuestra especie. Pero una cosa es protegerlos y otra bastante diferente es convertirlos en pequeños seres humanos de cuatro patas.
Hemos llegado a una curiosa paradoja social: mientras algunos ancianos transcurren sus últimos años en una soledad desgarradora, hay perros que reciben más atención, afecto y cuidados que muchos integrantes de la familia.
La industria descubrió, además, un mercado extraordinario: los animales no manejan dinero, pero sus propietarios están dispuestos a gastarlo generosamente en su nombre. Y allí aparece una nueva categoría sociológica: el perro como integrante de una familia que, en ocasiones, parece haber sustituido los vínculos humanos por relaciones afectivas con mascotas.
No pretendo juzgar esos afectos. Un perro puede ofrecer una compañía extraordinaria, especialmente a quien vive solo. Pero resulta legítimo preguntarse si esta creciente humanización de los animales no revela también ciertas carencias de nuestra propia humanidad.
Porque algo extraño sucede cuando un perro dispone de atención personalizada, mientras un abuelo espera semanas para conseguir un turno médico. A este ritmo, no sería sorprendente que algún legislador propusiera incorporar a los perros al sistema previsional. Después de todo, trabajan cuidando casas, acompañan a sus dueños y jamás organizaron un paro general.
Aunque todavía les falta conquistar algunos derechos fundamentales: votar, afiliarse a un partido político y acceder a una banca parlamentaria.
En realidad, no estamos tan lejos, basta pensar que “Conan” asesora al presidente de la Nación en cuestiones de Estado ¡Y desde el más allá! El episodio de la “Bruja de Ebron” en el Antiguo Testamento es un yuyo al lado de nuestra realidad argentina.
Así las cosas, comienzo a sospechar que el próximo gran conflicto social no será entre ricos y pobres, sino entre quienes tienen una vida de perros y los perros que viven como ricos.
