POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
La política brasileña acaba de agregar un capítulo inquietante a su historia. Flávio Bolsonaro, derrotado por Lula da Silva en las elecciones presidenciales, quedó en el centro de una controversia judicial que amenaza con proyectar sus consecuencias sobre el gobierno de Javier Milei.
El senador brasileño, investigado por presunto lavado de dinero, recibió en las últimas horas una orden del Supremo Tribunal Federal para entregar sus pasaportes y permanecer en Brasil. Su incumplimiento, seguido de informaciones sobre una posible salida -fuga- hacia Estados Unidos, abrió un interrogante de extraordinaria gravedad institucional.
Pero la cuestión adquirió dimensión argentina cuando trascendió que un avión privado, perteneciente a una empresa nacional, había llegado a Puerto Iguazú con un vuelo previsto hacia Estados Unidos. Las versiones indicaban que Bolsonaro podría haber utilizado territorio argentino para eludir las restricciones judiciales brasileñas.
La Dirección Nacional de Migraciones negó registrar su ingreso y aseguró que no existía un plan de vuelo que incluyera a la familia Bolsonaro. Tampoco se ha demostrado participación alguna de funcionarios argentinos. Sin embargo, la controversia coloca al gobierno de Milei frente a una situación políticamente delicada.
La conocida afinidad ideológica del presidente argentino con la familia Bolsonaro no constituye prueba de complicidad. Pero explica por qué una eventual utilización del territorio nacional para facilitar una fuga tendría repercusiones diplomáticas particularmente sensibles.
Si se comprobara que existió colaboración oficial, ya no estaríamos hablando de simples simpatías políticas, sino de un problema institucional que exigiría explicaciones y eventuales responsabilidades.
Mientras tanto, la oposición argentina reclama esclarecimientos y Brasil investiga el paradero del excandidato. El episodio ocurre, además, apenas dos días después de que Lula consiguiera su reelección, contrariando las expectativas de quienes imaginaban un nuevo alineamiento regional con Donald Trump.
La Argentina necesita preservar una relación estratégica con Brasil que trascienda las preferencias ideológicas de sus presidentes. Y aquí reside la cuestión de fondo: la política exterior de una nación no puede confundirse con la solidaridad personal entre dirigentes.
Porque una cosa es compartir las ideas de un político extranjero y otra, infinitamente más grave, sería colaborar para sustraerlo de la acción de la Justicia de su propio país.
La primera pertenece al terreno de la política. La segunda, si llegara a demostrarse, pertenecería al de las responsabilidades legales.
Y esa diferencia es demasiado importante como para perderla entre las pasiones de la coyuntura.
