POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Es una curiosidad histórica que un país orgulloso de haber producido algunas de las inteligencias más brillantes de América Latina conserve una extraordinaria incapacidad para discutir sin intentar destruir moralmente a quien piensa diferente.
En el siglo XIX las divergencias políticas se zanjaban con lanzas, facones, trabucos y fusiles. Hoy tenemos redes sociales, trolls y micrófonos. Cambió la tecnología, pero la vocación de degollar al adversario permanece bastante intacta.
Durante la organización nacional, la política se practicaba con brutal sinceridad: al enemigo se lo eliminaba. Bastaban algunos hombres armados y una causa que justificara cualquier atrocidad. Juan Manuel de Rosas convirtió el «¡Mueran los salvajes, asquerosos, inmundos unitarios!» en consigna política. La Mazorca, vinculada a la Sociedad Popular Restauradora, hizo del terror un instrumento de disciplinamiento social.
Sería históricamente deshonesto, sin embargo, presentar a los unitarios como pacíficos filósofos. También persiguieron adversarios y justificaron atrocidades en nombre de la civilización. La paradoja resulta formidable: unos mataban en nombre del orden y otros podían hacerlo en nombre de la libertad. Todos, naturalmente, estaban convencidos de tener razón.
Civilización y barbarie: una cuestión pendiente
Sarmiento creyó encontrar en aquella confrontación una clave interpretativa de nuestra historia. Sin embargo, civilización y barbarie podían convivir perfectamente dentro de un mismo proyecto político. Porque la barbarie no siempre cabalgaba con una lanza: también vestía levita, hablaba francés y citaba filósofos.
La Argentina perfeccionó sus instituciones y reemplazó progresivamente las armas por mecanismos constitucionales, pero nunca terminó de comprender que el adversario político no necesariamente es enemigo de la patria.
El siglo XX incorporó nuevas denominaciones: «vendepatria», «gorilas», «cipayos», «subversivos». No fueron solamente palabras. También hubo persecuciones, proscripciones, terrorismo político y terrorismo de Estado. Persistía una necesidad cultural: deshumanizar al adversario para evitar discutir sus argumentos.
La Mazorca digital
Hoy no necesitamos partidas armadas para hostigar al disidente. Bastan operadores, cuentas anónimas y comunidades digitales capaces de organizar un linchamiento reputacional. Naturalmente, no existe equivalencia entre el terror físico de la Mazorca y el hostigamiento digital. Sus consecuencias son profundamente diferentes. Pero ambos permiten reconocer una tentación semejante: silenciar antes que responder, descalificar antes que discutir.
La política contemporánea descubrió que administrar emociones resulta más sencillo que explicar proyectos. El dirigente que insulta consigue repercusión; quien argumenta suele pasar inadvertido.
Construimos así una curiosa democracia donde todos reivindican la libertad de expresión, pero demasiados consideran intolerable que otros la ejerzan.
Cuando un proyecto político carece de ideas convocantes, necesita fabricar enemigos. Ya no importa explicar qué país pretende construir, sino identificar culpables de todos sus fracasos.
Este mecanismo atraviesa derechas, izquierdas, liberales, conservadores y populismos. El odio posee una ventaja comunicacional formidable: es inmediato, contagioso y no exige preparación intelectual. Comprender al adversario, en cambio, requiere esfuerzo. Sobre todo intelectual.
La civilización pendiente
Una democracia no se define por la ausencia de conflictos, sino por su capacidad para resolverlos sin destruir a quienes participan de ellos. Nuestro fracaso cultural consiste, quizás, en confundir firmeza de convicciones con incapacidad de escuchar.
Dos siglos después seguimos dividiendo a los argentinos entre patriotas y traidores, mientras los problemas nacionales esperan soluciones que difícilmente surgirán entre agravios. La verdadera civilización no consiste en derrotar definitivamente al adversario, sino en aceptar que debemos convivir con él.
Porque la civilización argentina consiguió reemplazar el facón por la palabra. Lo que todavía no consiguió fue dejar de utilizar la palabra como un facón.
