POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Los momentos de ocio creativo sirven para favorecer el ejercicio de una filosofía de bajo voltaje intelectual pero por ello no menos interesante. ¿Nos hemos preguntado quién de nosotros se considera un imbécil?

Quizá quien escribe estas líneas tampoco esté a salvo de semejante clasificación. Sería una contradicción imperdonable denunciar la imbecilidad ajena desde la certeza de nuestra propia inteligencia. Al fin y al cabo, la primera obligación de quien pretende pensar es desconfiar, de vez en cuando, de sus propias conclusiones.

Parece a priori una cuestión sencilla, pero encierra uno de los grandes dramas de la condición humana: nadie, o casi nadie, está dispuesto a reconocerse como un imbécil.

Casi todos nosotros nos consideramos poseedores de un IQ por lo menos razonable; esto -por ejemplo- lo hallamos bastante entre la clase política donde algunos enzarzan un discurso con pose de doctor griegos al hablar. En los ámbitos privados también hacemos lo mismo y en definitiva constituimos una comunidad que se autopercibe evolucionada y hasta inteligente. En ese momento nos asalta una pregunta filosa, hiriente: Si todos somos tan inteligentes ¿por qué vivimos en la sociedad tan postergada?

Alguien no está reconociendo su calidad de imbécil: el que manda o los que lo consagramos. De modo que estamos ante una curiosa paradoja: vivimos en un mundo donde abundan los imbéciles, pero resulta prácticamente imposible encontrar uno que admita serlo.

Y aquí comienza nuestra tragedia.

Porque no hemos de confundir imbecilidad con ignorancia. Esta última no es una desgracia irreparable porque se solucionaría corrigiendo el sistema educativo, por ejemplo. El problema se plantea cuando el ignorante deja de sospechar que ignora y adquiere la convicción de que su desconocimiento es una forma superior de sabiduría.

La ignorancia es una carencia de conocimientos. La imbecilidad, en cambio, puede ser una actitud frente al conocimiento

Quien más, quien menos, ha conocido personas sin estudios pero de profunda sabiduría; a la vez, doctos individuos, cargados de títulos universitarios dotados de una formidable incapacidad para pensar. Luego, hemos de preguntarnos: ¿Y si el verdadero imbécil fuera precisamente aquel que jamás se ha preguntado si lo es?

Un acto de inteligencia sería deternos ante esta reflexión y por un momento sospechar de nosotros mismos.

Esta cuestión nos pondría frente a uno de los grandes interrogantes de la naturaleza humana, pues,  el imbécil no es necesariamente quien tiene una inteligencia débil, sino quien carece de la fortaleza intelectual necesaria para poner en duda sus propias certezas. Así, hemos alcanzado un nivel de masificación tal que la imbecilidad ya no necesita disimularse. Ahora se exhibe, se celebra y, en ocasiones, hasta se confunde con una virtud.

El elogio de la necedad

El “Tik-Tok” sobre todo, y las demás redes sociales nos han atrapado de tal manera que todo el mundo alcanzó niveles sapienciales omnicomprensivos. Opinamos sobre medicina sin comprender biología, sobre economía sin conocer historia económica, sobre educación sin haber leído pedagogía y sobre política sin distinguir una Constitución de un reglamento de consorcio. ¡Ah, y de fútbol ni hablemos! Somos desde preparadores físicos hasta técnicos consagrados. Ya lo decía aquel: “El que dice saber de todo, en realidad no sabe de nada”. ¡He allí, a un imbécil!

Lo inquietante no es que opinen. La libertad de expresión incluye el derecho a equivocarse. Lo inquietante es que hayan convertido su desconocimiento en un argumento de autoridad.

Todos pensamos algo; el problema es sobre qué y cómo lo pensamos. Incluso, para qué pensamos. Porque pensar no consiste simplemente en tener pensamientos. Pensar exige contrastar, dudar, estudiar, rectificar y, sobre todo, admitir la posibilidad de estar equivocado.

La política contemporánea comprendió algo que debería alarmarnos: resulta mucho más sencillo conquistar adhesiones mediante emociones elementales que construir consensos mediante argumentos complejos. Así comprobamos que la indignación vende, el insulto moviliza y la simplificación tranquiliza.

Porque el pensamiento crítico molesta y el verdadero pensante termina siendo un subversivo siempre que su opinión desnuda la lacerante realidad de la mediocridad promedio. En ese momento, la inteligencia deja de ser una virtud política para convertirse en un obstáculo comunicacional.

El verdadero imbécil no es quien desconoce algo. Es quien ha decidido que ya no necesita aprender nada.

En estos tiempos de revolución tecnológica quienes piensan con criterio son peligrosos. Esto es tan antiguo que ya Sócrates pagó con su vida el atrevimiento de hacer pensar a los atenienses y a lo largo de la historia, el pensamiento disidente conoció la censura, la persecución y hasta las hogueras.

Ortega y Gasset (Que es un solo autor), advirtió sobre el hombre-masa que se siente autorizado a imponer su vulgaridad intelectual. Lo que quizá no pudo imaginar fue que algún día ese hombre tendría un teléfono inteligente, millones de seguidores y posibilidades ciertas de gobernar una nación.

La historia demuestra que las civilizaciones pueden sobrevivir a guerras, pestes y catástrofes económicas. Lo que todavía no sabemos es cuánto tiempo puede sobrevivir una sociedad que ha comenzado a despreciar la inteligencia.

Porque el verdadero triunfo de los imbéciles no ocurre cuando consiguen el poder. Ocurre cuando logran que pensar se convierta en motivo de vergüenza.