La política argentina ante una ruptura cognitiva

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Estamos transitando un camino peligroso: el de la posible liquidación del país como proyecto colectivo. Si no cambiamos el rumbo, dentro de algunas décadas podríamos encontrarnos frente a una fragmentación política y territorial provocada no por una guerra, sino por algo acaso más silencioso: la progresiva desintegración de la idea misma de Nación.

La cohesión que fortalece a los países se asienta, básicamente, sobre tres principios: el sentido de Patria, las ideas y el buen gobierno. Hoy podemos preguntarnos seriamente qué queda de cada uno de ellos.

Desde las últimas décadas del siglo XX, el sistema educativo fue perdiendo progresivamente su capacidad para transmitir una idea común de Nación. La escuela dejó de ser, entre otras cosas, uno de los grandes instrumentos de construcción de ciudadanía y memoria colectiva. Y cuando una sociedad deja de transmitir una historia común, comienza a perder también un destino común.

Cada vez más, la Argentina parece asemejarse a un territorio con gente arriba.

A esto se suma la desaparición de las ideas políticas. Los partidos dejaron de ser grandes usinas de pensamiento para convertirse, en demasiados casos, en estructuras electorales. Y cuando desaparecen las ideas, desaparece también la militancia entendida como vocación de transformar la realidad.

Sin partidos políticos vigorosos no hay verdadera dirigencia, sino administradores del poder. Sin alternancia no hay renovación. Sin renovación no existe aquello que alguna vez se llamó “trasvasamiento generacional”. Y una democracia que no se renueva termina anquilosándose.

Al haber perdido el sentido de Patria y carecer de ideas políticas capaces de proyectarla, tampoco puede existir buen gobierno. La función pública corre entonces el riesgo de convertirse en administración de intereses particulares. Y los negocios no conocen de Patria ni de destino histórico: conocen de balances y dividendos.

La ruptura cognitiva

Aquí aparece el problema más profundo: la Argentina ya no discute solamente cómo gobernarse; discute qué país quiere ser. Nadie tiene IDEAS ni políticas ni de ninguna otra clase.

Una sociedad ingresa en una ruptura cognitiva cuando deja de compartir una representación común de su pasado, de su presente y de su futuro.

Unos quieren una Argentina liberal; otros reivindican el Estado social; otros imaginan una nación fundada casi exclusivamente en el mercado. El peronismo busca reconstruirse sin terminar de explicar qué peronismo pretende ser. El radicalismo parece haber perdido buena parte de su identidad histórica. La izquierda se encuentra políticamente desdibujada.

Y en ese vacío apareció Javier Milei. Pero Milei no explica por sí solo la crisis del sistema político argentino. También es consecuencia de ella. Su irrupción fue posible porque existía un enorme espacio político vacío que nadie había sabido ocupar.

El péndulo vuelve a oscilar

Desde 1810, la Argentina ha vivido oscilando entre proyectos antagónicos. Quizá uno de los pocos períodos en que existió una clara idea de construcción nacional haya sido el que comenzó con las presidencias históricas de Mitre, Sarmiento y Avellaneda y encontró en Julio Argentino Roca una etapa decisiva de consolidación del Estado.

Las grandes naciones proyectan su destino a décadas, pero nosotros discutimos qué ocurrirá el año próximo.

Hoy, mientras la fractura del gobierno libertario se vuelve cada vez más visible, tampoco aparecen alternativas capaces de ofrecer una idea convincente de futuro.

El péndulo parece prepararse para regresar al peronismo… pero ¿qué peronismo vuelve? Y más todavía: ¿eso que pretende volver sigue siendo peronismo?

El problema argentino ya no es solamente quién gobernará después de Milei. El problema es que no sabemos qué proyecto de país podría gobernar después de él. Por eso la Argentina está huérfana.

Más que un péndulo, el país está situado debajo de una Espada de Damocles.

Pero quizá el peligro mayor no sea que el péndulo vuelva a caer hacia uno u otro lado. El verdadero peligro es que ya no quede país hacia el cual oscilar. –

© – Ernesto Bisceglia