POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Es necesario, más aún, imprescindible, darnos cuenta que estamos transitando de pleno un mundo que jamás imaginamos. Aquello que vimos en el cine en los ‘80 y que llamábamos ciencia-ficción, hoy es una realidad existencial plena. Estamos a un paso de la teletransportación.
Quienes venimos de una formación clásica sabemos que durante siglos, crear fue una de las formas más profundas de definir lo humano. Pintar, escribir, componer, narrar, esculpir, fotografiar: todas esas acciones tenían detrás una conciencia, una experiencia y una biografía. Incluso más, expresaban un sentimiento.
Pienso en Wolfgang Amadeus Mozart que no escribía borradores de sus obras, los “bajaba” directamente al papel. Ludwig van Beethoven, decía que escuchaba antes la música. Michelangelo Buonarotti, expresaba que la obra estaba ya dentro del mármol, que sólo había que descubrirla. Y así, tantos otros grandes artistas.
Desde el simple poema amoroso garrapateado en la secundaria hasta una obra mayor, siempre había una impronta espiritual, ontológicamente humana.
Ahora resulta que una máquina puede producir, en segundos, una canción, una ilustración, una novela, una voz, una película o una composición musical.
Entonces la pregunta ya no es si la Inteligencia Artificial puede hacerlo. La pregunta es qué entendemos nosotros por creación cuando puede hacerlo una máquina.
¿Y el hombre?
Digo esto y pienso en nuestros gauchos en los rincones de la provincia que escriben sus coplas y obras musicales. En nuestras comunidades aborígenes del Bermejo o el Pilcomayo que vuelcan en el palo santo las formas de la naturaleza o transforman la fibra en enseres o representan en máscaras talladas sus creencias. Más allá, los que investigan y escriben contando su mundo, sus experiencias. En fin…
Ahora, la Cultura tiene otros desafíos; por ejemplo, el autor. Si una persona escribe un prompt y una IA produce una obra, ¿quién es el autor? Y todavía más interesante: Si una IA fue entrenada con millones de obras humanas, ¿cuánto de esa creación pertenece realmente a la máquina y cuánto es el resultado acumulado de generaciones de artistas?
En primer lugar tenemos la cuestión de la propiedad intelectual y los derechos de autor. Y luego, ¿Qué pasa con el acervo cultural, la tradición y la identidad que nos ha caracterizado en Salta?
Luego tenemos que pensar en el artista: ¿Qué ocurrirá cuando producir cultura sea mucho más barato que producir un artista? Porque un músico puede pasar años estudiando, lo mismo un ilustrador formándose, y la IA puede generar algo en segundos.
¿Está preparada la Cultura institucional como política de Estado para resolver estas “novedades”?
El desafío del Estado no será defender al artista de la máquina, sino impedir que la máquina termine haciendo invisible al artista.
Un tercer tema que afectará a las políticas públicas en Cultura será la educación artística. Porque si una IA puede pintar, componer y escribir, ¿qué debemos enseñar? ¿A producir obras? ¿O a aprender a mirar, escuchar, interpretar, juzgar y crear sentido?
Y me pregunto: ¿Qué ocurrirá con los docentes de arte y plástica?
Porque si la máquina hace el trabajo técnico, la educación artística tendrá que desplazarse progresivamente desde el hacer hacia el comprender. Y eso cambia completamente el papel de las escuelas de arte, conservatorios, talleres y universidades.
En ese hilo, una provincia con una memoria cultural tan rica tendrá que prever dónde quedará ahora la memoria cultural digital de Salta.
Hemos construido esa memoria cultural en base a documentos y testimonios que quedaban grabados en las obras, pero hoy todo es mediato, instantáneo pero a la vez perecedero. Pensemos en fotografías antiguas, grabaciones, voces, manuscritos, periódicos, partituras, películas, archivos familiares, colecciones privadas, obras de artistas, documentación de fiestas populares. Toda esa riquísima tradición oral que hoy grabamos y mañana borramos de nuestras memorias móviles.
Todo eso corre un riesgo enorme: que exista pero no esté preservado, catalogado ni digitalizado.
Luego, Salta necesita una política de memoria cultural digital y esto no es una cuestión de guardar archivos en un disco rígido sino decidir qué queremos que pueda conocer de nosotros una persona dentro de cien años.
Finalmente, tenemos la cuestión de los muertos…, de los muertos ilustres sobre todo. Cuando hoy la tecnología nos permite reconstruir voces y apariencias de personas fallecidas, entonces ¿Quién tiene derecho a utilizar la voz de un cantor salteño muerto? ¿Quién decide si podemos hacer que un poeta fallecido “lea” un poema que nunca grabó? ¿Podemos reconstruir digitalmente la voz de un prócer?
¿Y si una IA hace hablar a Güemes? ¿Quién autoriza esa voz y quién determina qué puede decir?
Esto último nos lleva a pensar en la ausencia de una legislación sobre la Cultura en tiempos de la IA.
Y digo más, ingresamos directamente en una cuestión bioética, de patrimonio, de identidad y de tecnología ¿Quién está pensando en esto?
No podemos esperar en Salta a que la Inteligencia Artificial transforme su Cultura para comenzar a pensar qué hará con ella. Necesitamos discutir ahora qué patrimonio queremos preservar, qué derechos queremos proteger, qué artistas queremos acompañar, qué educación queremos ofrecer y qué memoria queremos transmitir.
Porque la pregunta no es si la Inteligencia Artificial va a entrar en la cultura salteña. Ya entró y nosotros – y la política- todavía no ingresamos en la conversación.
El futuro cultural de Salta no se decidirá cuando las máquinas aprendan a crear. Se decidirá cuando nosotros decidamos qué merece ser creado, conservado y recordado.
