POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Hemos de convencernos de que los argentinos consagramos en las más altas magistraturas de la República a los más bajos representantes de la intelectualidad, el honor y la decencia política. Pero básicamente, el mal de este país es la permanencia “ad aeternum” de una clase oligárquica en el poder. Oligárquica, no en el sentido que el peronismo le dio, sino en aquel con que Aristóteles definió a la forma impura de la Aristocracia, o gobierno de los mejores.
La Libertad Avanza, parece creer que es una aristocracia, cuando en realidad ha devenido en una oligarquía que ofrece a la consideración de la sociedad lo peor de su deterioro cultural. En ese sentido, el presidente, Javier Mieli, le ha mentido a los argentinos prometiendo eliminar a “la casta”, cuando en realidad ha promovido al gobierno a lo peor, toda aquella resaca de gobiernos desde la dictadura militar. Si estuviera en vida, hasta Alfredo Martínez de Hoz, sería ministro.
Dentro de esa maximizada capacidad para los papelones -y sólo como una anécdota hilarante- tenemos la escena impropia protagonizada por la senadora Patricia Bullrich, reclamando un “PIn”. Es patrimonio popular la fama pública de la senadora ligada a ciertos excesos etílicos, de modo que el humor se escribe casi solo.
Como vio todo el mundo, la senadora reclamó con vehemencia que no le habían entregado el PIN de Malvinas. La escena generó confusión. Algunos creyeron que hablaba de una insignia patriótica. Otros pensaron que preguntaba por la contraseña del celular. Los más maliciosos sospecharon que había confundido el PIN con el gin.
El argentino pensante y equilibrado no puede dejar de sentirse asaltado por el bochorno cuando la patria vive momentos difíciles y mientras el mundo discute inteligencia artificial, guerras comerciales y geopolítica, el Senado argentino se sumerge en un debate trascendental: quién recibió el pin y quién no recibió el pin.
Estas cosas produce la falta de conocimiento de la historia y la falta de una cultura sólida. En tiempos de Roca se discutían ferrocarriles. En tiempos de Perón, planes quinquenales. En tiempos de Milei, inteligencia artificial y criptomonedas. En la última sesión del Senado, en cambio, la cuestión nacional volvió a girar alrededor de un misterioso objeto denominado ‘ese cosito’.
Nadie sabe exactamente si era una insignia, una escarapela, un souvenir o un recuerdo de cumpleaños. Lo cierto es que la República estuvo a segundos de paralizarse por su ausencia en manos de la senadora Bullrich.
En fin…, las Malvinas son argentinas. El PIN también. Lo único que sigue sin aparecer es el sentido del ridículo.
La tragedia argentina consiste en que discutimos las Malvinas como si fueran un souvenir sino los souvenirs como si fueran una cuestión de Estado.
