Dios ha muerto, pero el confesionario sigue lleno

POR: EVARISTO DEL CARRIL ANCHORENA UNZUÉ (Desde la clandestinidad en algún lugar de Cafayate) – www.ernestobisceglia.com.ar

En verdad os digo, que resulta fascinante observar los comportamientos de los mortales. Particularmente en sus reverencias a las figuras de yeso frente a las cuales depositan sus ansias, miedos y frustraciones. Luego…, me pregunto ¿Qué diferencia existe entre este comportamiento primitivo y la danza del salvaje alrededor del roble para que lloviera? Pensad sólo un momento, en un acto de racionalidad mínima exento del fanatismo ultramontano y descubriréis que me asiste la razón. Pues, si acaso mañana un cataclismo echara abajo los templos ¿A dónde ir a pedir el favor del “Dios de los corazones”, como diría el santo Juan Pablo II?

Este último fin de semana, aquí en Cafayate -como todos los días-, habiendo sido despertado por las campanas que anuncian el fervor del señor obispo por celebrar Laudes y Maitines, hube de efectuar un experimento social cual es el de mezclarse entre el vulgo que asiste ovejunamente a su dominical sesión de autoflagelación espiritual reduciendo la extraordinaria maravilla del alma a un guiñapo culposo al son de la medieval letanía  del “Confiteor” (“Yo confieso” para los no iniciados).

Haré, pues, una digresión para observar este fenómeno de la autoreducción a la servidumbre a que se someten los fieles repitiendo el «mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa», que los devuelve al siglo XI, cuando se instituyó tal manejo de la conciencia a través del complejo de la culpa.

Pues si, los liberales y evolucionados no dejamos de observar con cierto temor que semejante mayoría de gentes continúen siendo manipulados por el Misal Romano de San Pío V. Y os diré, más fascinante que inquirir en el origen temporal de esta práctica autodestructiva, es la inteligencia de los tonsurados para haceros repetir ¡tres veces! que sois culpables. La pregunta es ¿De qué somos culpables los hombres? ¿De nuestras propias y libres elecciones en uso y procedimiento de los dones que nos regaló el Padre, de la razón y la libertad?

¡Ah, la inteligencia de los sotanudos! ¡Sois magistrales en la manipulación de las almas! En esto último sois mejores que Belcebú! Porque el Príncipe de las Tinieblas sólo puede poseerlas terminada la vida, en cambio vosotros ¡Lo hacéis en vida y conciencia de los palurdos! Sois magníficos -os lo reconozco-, habéis hecho de la fe el gran teatro de la humanidad teatralizando la culpa al acompañarla con golpes de pecho. ¿Existe mayor “misse en escena” que la pompa que desplegáis para impresionar el ánimo de los simples?

Entre vosotros, los ensotanados y los psicólogos, habéis hecho de la humanidad un hato de traumados, timoratos -cuando no sotano-dependientes-, fanáticos y una nutrida caterva de hipócritas que suelen formar entre vuestras más altas estructuras a quienes eufemísticamente denomináis “benefactores”

Ios pues, a golpearos el pecho y enumerar como el personaje que describe Lucas, sus méritos en la plaza pública, mientras hecháis vuestra “gran culpa” a la infancia, al capitalismo, al patriarcado y a Mercurio retrógrado o al algoritmo de Tik Tok.

No os sobra culpa, ¡os falta sinceridad!

El confesionario o la caja boba de la espiritualidad

Perdonad el fervor puesto, pero mis neuronas se sublevan como Coré, Datán y Abirón contra Moises (Num. 16, para los neófitos), cuando compruebo que en pleno siglo XXI, cuando el hombre está terminando de construir la segunda Babel, vosotros vais a exponeros al expolio de un tonsurado a quien sólo le importa despojaros de la moneda para engordar el Óbolo de San Pedro. ¡Imagino estas “confesiones”: -¿Hijo, de qué te acusas? Y el cliente responde: “He matado a mi madre”. Al punto, el consagrado responde: – “Coloca una limosna generosa para los pobres, no lo hagas nuevamente y vete en paz”. Si hasta os diría que se asemeja al soborno a un magistrado penal.

Pero fijaos las contradicciones de esta época apocalíptica. Mientras os advierto de no caer en las fauces de la casta mitrada, debo reconocer que jamás estuvo tan de moda esto de confesar culpas y traumas espirituales y psicológicos.

Entonces, la pregunta hoy, no sería por qué la gente se confiesa, sino por qué necesita hacerlo. Porque aún en las sociedades más secularizadas, donde Dios ha sido expulsado del espacio público, la confesión no desaparece. Cambia de forma.

Antes -y aún hoy- el fiel, cual cordero propiciatorio (o chivo, en al gunos casos) ingresa a la caja boba y contrito decía: «Padre, he pecado». Hoy entra a las redes sociales y anuncia sus culpas, sus errores, sus traumas, sus adicciones, sus opiniones políticamente incorrectas o sus arrepentimientos ante miles de desconocidos. El confesionario no murió; se volvió digital… ¡y público!

Os digo, que a este punto, ya dejé el templo y me hallo adquiriendo unas botellas de Laborum Reserva, que hallé a buen precio en un local en cercanías de ese lupanar que llaman “intendencia”, mientras espero una gentileza de El Porvenir, hacia mi aristocrática persona.

Decía… Michel Foucault tenía una observación brillante sobre este asunto. Decía “Occidente es una civilización obsesionada con la confesión. Necesitamos contarnos a nosotros mismos y contarles a otros quiénes somos, qué hicimos y por qué lo hicimos. La diferencia es que antes la absolución la otorgaba un sacerdote; hoy la otorga —o la niega— el tribunal de la opinión pública. “

Al fin de cuentas, en el confesionario del templo, el fiel salía perdonado y feliz; hoy, su confesión pública lo obliga a vivir con la condena social.  Y ahora, si me disculpáis, debo retirarme. Tengo una cita con una botella de Laborum para unos chupitos reparadores. Es el único confesor que aún escucha sin juzgar. –

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