Cuando en Salta se recogía a las mujeres

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Salta, se ha caracterizado siempre por practicar una doble moral. Bajo el manto virginal de María y los anuales juramentos piadosos, ha discurrido siempre -y continúa ocurriendo-, esa otra vida social, tan dada a la violación de los sacramentos, tan humana.

En no pocas ocasiones los movimientos de orientación confesional han servido para cubrir de con una pátina de piedad a circunspectos ciudadanos que al salir la luna -cual lobizones- les crecían los colmillos y se lanzaban a la caza de algunas corderitas. Todos hemos conocido casos así.

La tolerancia social a la doble de vida, sobre todo de los más encumbrados, halla raíces ya en los tiempos coloniales. Así, hubo un tiempo en Salta en que una mujer que se separaba de su marido podía terminar recluida en una Casa de Recogidas. No había cometido delito alguno. No era una condenada ni una demente. Su único pecado consistía en ser mujer en una sociedad que confundía la moral con la vigilancia y el honor con las apariencias.

La llamada «Casa de Recogidas» o «Casa de Recogimiento» no fue una institución exclusiva de Salta. Existió, con distintas denominaciones, en buena parte de Hispanoamérica desde la época colonial y continuó, con adaptaciones, durante buena parte del siglo XIX e incluso entrado el XX.

La lógica era sencilla y brutal: la mujer era considerada la depositaria del honor familiar. El hombre podía comprometer su reputación; pero la mujer comprometía la de toda la familia.

Por eso, cuando se sustanciaban causas de separación, nulidad o divorcio (según las épocas y regímenes jurídicos), era frecuente que la esposa fuera puesta «en depósito», «en guarda» o «recogida» en una institución religiosa o bajo custodia de una familia respetable… con todo lo eufemístico que podía resultar en Salta aquello de “respetable”.

El depósito de la mujer en una “Casa de Recogidas” tenía una finalidad oficial que era la de protegerla, evitar escándalos, impedir influencias indebidas mediante la sustanciación del proceso, pero sobre todo, preservar su reputación.

En realidad, para el pensamiento victoriano salteño, debajo de aquellos argumentos se escondía un fuerte acento machista como era el de controlar la conducta de la recogida. Mientras el hombre podía lanzarle con libre albedrío a una vida casquivana, la guarda de la mujer garantizaba que no iniciara nuevas relaciones. En las crónicas de la época leemos que esta -sobre todo- era una preocupación que se manifestaba desde los púlpitos, desde donde los tonsurados alentaban a “Preservar la apariencia pública de moralidad”. Muy bien expresado: “apariencia pública”.

En realidad, aquel, más que un problema jurídico o religioso, era un sistema cultural donde la sociedad vigilaba la virtud femenina mientras toleraba con notable flexibilidad los pecados masculinos. De hecho, los varones debían iniciarse en la vida sexual alrededor de los quince años de manos de su padre que lo llevaba a los lupanares, mientras la mujer tenía la obligación de llegar en santa virginidad al matrimonio.

Eran tiempos donde la mujer tenía dos destinos: el matrimonio o el convento.

En la hispánica Salta, las tradiciones se cuidan más que la honorabilidad y para aquella sociedad decimonónica, la mujer «honesta» era un bien social a proteger. El hombre, en cambio, era visto como naturalmente inclinado a ciertas debilidades que la sociedad condenaba en teoría y toleraba en la práctica.

La contraposición de imágenes en francamente brutal: La esposa recluida en la Casa de Recogidas mientras el marido frecuentaba cafés, prostíbulos o amantes.

No necesariamente porque todos los maridos lo hicieran, sino porque el sistema estaba diseñado para controlar a una sola de las partes.

En Salta, además, el tema adquiere un color particular porque durante gran parte del siglo XIX y principios del XX convivieron una fuerte influencia católica, una sociedad de élites familiares muy cerradas, una preocupación obsesiva por el honor, y una vida privada mucho más compleja de lo que admitían los discursos públicos.

Esos papeles amarillos nos cuentan que incluso poner la casa a disposición para “recoger” a una mujer otorgaba un rango de prestigio. Así, en el periódico “La Época” de octubre de 1889, se da cuenta del caso de una familia cuyo nombre protegeremos con un manto de piedad cristiana, que habiéndose hecho cargo de una mujer, a los dos meses, “Don Emiliano S.P. …”, se presentó ante su señoría el juez para pedir ser relevado de tal obligación, ya que la mujer en guarda “comía demasiado y estaba afectando el presupuesto familiar”.

Todavía, en ciertos círculos de esta Salta, se encuentran resabios de aquellas costumbres, porque en el fondo, la verdadera historia es la de una sociedad que proclamaba «Hay que proteger la moral» cuando en realidad estaba diciendo: «Hay que proteger las apariencias».

En nuestros días, aún se puede escuchar en esos círculos áulicos confesionales la expresión “¡Qué va a decir la gente!”. O el más sigiloso “De eso no se habla”.

Han pasado más de cien años. Los lupanares desaparecieron, las Casas de Recogidas cerraron sus puertas y la sociedad se volvió infinitamente más moderna. O eso nos gusta creer.

Sin embargo, todavía hay quienes viven pendientes de la moral ajena para evitar hablar de la propia. Como se ve, algunas tradiciones son más longevas que la fe que dicen defender.

Y acaso por eso, en Salta, las Casas de Recogidas desaparecieron mucho antes que los recogedores.

© – Ernesto Bisceglia