POR: EVARISTO DEL CARRIL ANCHORENA UNZUÉ – (Desde la clandestinidad en algún lugar de Cafayate) – www.ernestobisceglia.com.ar
Apuntes preliminares para una teoría política del freezer lleno, escritos desde algún lugar clandestino del Valle Calchaquí y bajo los efectos moderados de chupitos de Laborum Reserva.
En verdad os digo, que, al observar los estragos de la política actual, me pregunto si acaso los personajes de Narnia escaparon por algún espejo y se apropiaron de la conducción de estos polvorientos pueblos de Salta.
Vosotros sabéis, por mi verba lúcida e intelectualmente pulida -no apta para el vulgo y los peronistas-, que he dedicado mi existencia a la observación del fenómeno humano: cada vez más fenómeno y menos humano.
Durante años estudié la conducta electoral argentina. He leído a Aristóteles, Maquiavelo, Weber, Ortega y Gasset, Carlos Marx y hasta algunos asesores de campaña, que suelen ser bastante más difíciles de comprender, y concluyo que algunos asesores de gobierno son más complejos en sus ideas que desentrañar el “Absoluto” de Hegel.
Sin embargo, jamás encontré explicación para un fenómeno que hoy desvela a los investigadores de las ciencias sociales: ¿cómo podría un gobernante perder una elección contra una heladera frost?
Os advierto antes de continuar que ni he sido diagnosticado como estulto (todavía) ni he abierto aún mi botella de Laborum Reserva (Que, dicho sea de paso, ya correspondería que El Porvenir tuviera una gentileza conmigo por la publicidad. De hecho, si observáis un repentino incremento en las ventas de Laborum Reserva, sabed que acepto canjes, homenajes y títulos nobiliarios menores.»
De modo que conduzco estas líneas en uso de las facultades que me son propias y la tradición jurídica de mi familia desde tiempos del Virreinato; de dónde vengo por la presente a declarar inaugurada la “Teoría Electoral de la Heladera Frost”.
Así -según la Teoría del Estado de Herman Heller-, hallámonos frente a la tragedia de los gobernantes modernos, que antes antes enfrentaban opositores, pero ahora deben medirse con expectativas. Una candidatura se resuelve con encuestas, que como diría Mark Twain “Existe la mentira, la maldita mentira y las encuestas”. Luego, primero se hace una encuesta, a partir de esos resultados se arma un candidato. O sea, que tenemos postulantes “Marca ACME”, una suerte de “hágalo usted mismo”.
Así, la gente vota lo que le ponen delante -marketing mediante- y así, cualquier poligrillo termina administrando el poder. Sin embargo, un candidato surgido de las expectativas y no del voto popular es más peligroso, inestable incluso, como la nitroglicerina: un mal movimiento y volamos todos.
Y la verdad, queridos contertulios: estamos todos detonados (Especialmente en comarcas como Cafayate). De hecho, una calle rota, continúa rota ¿será porque un bache no participa de debates televisivos? Los residuos no saben de discursos, pero la falta de gestión tiene la desagradable costumbre de permanecer visible.
¡Ah, aquellos nobles tiempos cuando los caudillos temían las revoluciones! Ahora, las mentes del populacho están tan deprimidas que los gobernantes mancillan sus juramentos sin miramientos porque ni siquiera temen la comparación entre lo que prometieron y lo que hicieron.
El surgimiento del Partido de los Objetos
Por eso, os procuro una idea solvente: la creación del “Partido de los Objetos”. Porque los electrodomésticos, por ejemplo, existen, brindan un servicio al usuario ¡No mienten y funcionan!
Allí es donde la heladera frost -por ejemplo- se convierte en un símbolo. Porque ya no es una heladera sino la representación de las cosas que funcionan y son útiles a la sociedad. ¡Mirad, nada más que ejemplo tan sencillo y contundente! Porque, decidme vosotros... hoy ¿No tenéis acaso más confianza en vuestra heladera que en un político?
Ahora, os inquiero: ¿Por qué ganan los políticos las elecciones? Porque vosotros, los palurdos y el populacho ungido por el peronismo en ciudadanos, ya son objetos inanimados. Pues, aquello que no piensa, que no discute, que no nada, es un objeto.
La diferencia con la heladera es que los electrodomésticos poseen una ventaja electoral considerable: hacen exactamente aquello para lo que fueron creados, excepto que sirven. Pero la masa reducida a un estado de ameba, vota aquello que su celular le indica.
Notad, no obstante, la diferencia existencial que existe entre votar a un candidato o a un objeto: La heladera enfría. Al abrir la puerta la lámpara ilumina. Un semáforo ordena la circulación de una ciudad. Una canilla provee de agua. No prometen, no justifican. No declaman y no mienten. Y lo más importante: ¡Se los puede cambiar por otro!
El caso testigo de Cafayate
Os advierto; el tiempo del relato en la política ha terminado porque la sociedad está agotado. El vulgo quiere resultados.
Mi parlamento expuesto “ut supra”, halla un testimonio fáctico en esta solariega tierra cafayateña, otrora un sitio agradable para el “pernote” (vocablo que utilizan aquí los originarios). La gente ya no “pernota” en Cafayate, llega, se aprovisiona y continúa. Mientras tanto, ya hasta el Sol tiene pereza de aparecer.
Debo comentaros algo, según versiones que circulan por los mentideros de Cafayate, algunos funcionarios continúan buscando responsables de sus dificultades políticas. Han analizado a la oposición, a los medios, a las redes sociales. Dícese que en la intendencia observan la alineación de los planetas y se tiran runas, pero no hay caso. Los dioses no son fastos con la gestión de una tal Rita Guevara (apellido subversivo si los hay), y es que los Elfos que componen ese gabinete miran hacia todos lados menos hacia la realidad.
Por eso, cafayateños -y salteños en general-, vengo a deciros que en las próximas elecciones (cada vez más próximas), formemos un espacio político que proponga a la heladera frost como candidata. No realizará actos, no repartirá folletos,
Frente a una Guevara -o cualquier otro-, una heladera frost, presenta ventajas comparativas extraordinarias:

La heladera jamás prometió convertir a Cafayate en Dubái. Se limitó a mantener fresca la cerveza. Y, para escándalo de los teóricos del marketing político, cumplió.
Y aquí estoy, viendo caer la noche en Cafayate, mientras pienso en alguna lugareña que conocí. Bella e inteligente mujer en cuyos negros cabellos se enredaron mis sueños alguna vez y que sigue ocupando un lugar en mis recuerdos; mientras observo a los cerros cambiar sus tonalidades, en tanto me administro con responsabilidad científica un par de chupitos de Laborum Reserva, y comprendo finalmente el drama de nuestra época.
Rita Guevara -y cualquier otro- no estaría perdiendo contra una heladera frost. Tampoco contra la oposición. Estaría perdiendo contra una idea… La peligrosa, revolucionaria y subversiva idea de que las cosas deben funcionar.
Y cuando una sociedad llega a semejante extremo de radicalización, ni el más brillante de los consultores políticos puede hacer demasiado.
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