POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Durante mis veinte años -y algo más- como capacitador docente he sido testigo de la paulatina caída en la calidad de la formación de los maestros. La responsabilidad no ha sido de los docentes sino del sistema educativo que abandonó la aplicación de políticas públicas en esta materia. En parte, porque los gobernantes no advirtieron que desde los ‘80 del siglo pasado el mundo había comenzado a transitar un cambio de paradigmas globales. Porque como dice un dicho: “Hoy hay que gobernar con un ojo en tu lugar y el otro en el mundo”.
También hubo una consecuencia derivada de la cuestión social; mientras antes profesiones como el magisterio y la policía eran pura vocación, por imperio de las circunstancias se convirtieron en una salida laboral rápida. Esto contribuyó en gran medida a ese deterioro en la calidad de la enseñanza.
Sumado a esto, la crisis social afectó a las familias que dejaron de ser formadoras y se trasladó esa responsabilidad a la escuela, pretendiendo que los docentes fueran maestros, padres sustitutos, psicólogos, consejeros, olvidando el clásico concepto de que la casa -la familia- forma y la escuela instruye.
Ahora se suma la ilusión colectiva según la cual el desarrollo de una nación depende exclusivamente de sus índices macroeconómicos, sus recursos naturales o la estabilidad de sus instituciones jurídicas. Sin embargo, omitimos la verdad más elemental: los países no son estructuras abstractas, son el reflejo exacto de las personas que los habitan. Y la calidad humana de una sociedad no surge por generación espontánea; se cultiva.
Si continuamos mirando hacia otro lado, la predicción es amarga pero inevitable: no vamos a tener un buen país porque no estamos formando a la gente que lo haga posible.
El desfase del tiempo: educar para el pasado
El problema central no es sólo la falta de infraestructura o de presupuesto; es un desfase temporal drástico. La educación actual continúa bajo una inercia diseñada para las demandas del siglo pasado: memorización, repetición y una división rígida del conocimiento.
Mientras tanto, los niños que hoy están en la escuela primaria ingresarán al mercado laboral y social dentro de una década y encontrarán un mundo marcado por la automatización masiva, la inteligencia artificial, la crisis climática y la sobreinformación, de donde las habilidades técnicas memorizadas de poco servirán si no están acompañadas de capacidades humanas fundamentales.
¿Qué significa formar «buena gente» en la era digital? Significa preparar a los niños en dimensiones que la tecnología no puede reemplazar como pensamiento crítico y discernimiento. En un entorno saturado de algoritmos e información falsa, saber dudar con criterio y evaluar fuentes es la primera defensa de la democracia y la convivencia civilizada.
Se habla por allí de una posible “Ley de Libertad Educativa”, que daría a las familias la opción de enviar o no a sus hijos a la escuela y que se formen en el hogar. ¿Con padres que tienen trabajar los dos doble turno, familias destruidas y sobre todo con baja calidad de conocimiento, qué ciudadanos tendremos dentro de una década?
Es en la escuela y de manos de los docentes que se adquieren los rudimentos de la empatía y la ética comunitaria. El aislamiento digital y la polarización exigen una educación enfocada en la comprensión del otro, el trabajo en equipo y la responsabilidad frente a la comunidad.
Hay que preparar ciudadanos con capacidad de resiliencia y adaptabilidad, porque los empleos de la próxima década aún no existen y otros están dejando de existir. Lo único constante será el cambio, y la flexibilidad mental será una herramienta de supervivencia personal y social.
Frente a la profunda crisis moral de esta sociedad, hay que educar en principios de Integridad y ciudadanía para que comprendan que las acciones individuales tienen un impacto colectivo, respetando las normas no por temor al castigo, sino por compromiso con el bienestar común.
Una reforma estructural del sentido
Hablar de reformar la educación suele evocar debates sobre la cantidad de horas lectivas o la inclusión de computadoras en las aulas. Pero la verdadera reforma debe ser de sentido, porque, incorporar tecnología sin transformar el modelo pedagógico sólo acelera la obsolescencia.
Formar la ciudadanía del futuro exige un pacto social donde la escuela vuelva a ser el eje central de la movilidad y la cohesión social. Esto implica profesionalizar y jerarquizar el rol docente, actualizar los contenidos pedagógicos hacia el desarrollo de habilidades socioemocionales y analíticas, e involucrar a las familias en la construcción de valores éticos compartidos.
El costo de la inacción
El futuro no es un lugar al que simplemente llegamos; es una construcción diaria. Si no transformamos hoy el aula para adecuarla a la realidad dentro de diez años, el resultado no será únicamente una pérdida de competitividad económica. El costo real será una sociedad fragmentada, incapaz de resolver sus conflictos sin violencia y desprovista de empatía.
No habrá instituciones sólidas ni prosperidad económica sin una base de ciudadanos capacitados, éticos y comprometidos. Si queremos un buen país mañana, debemos empezar a formar a la buena gente hoy. –
