POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Ayer, el país vivió una paradoja: no cambió nada, pero durante noventa minutos cambió todo. Y he visto argentinos contentos…
No es una frase menor. En un país donde solemos discutir hasta el color del cielo, donde cada noticia parece agregar una cuota más de incertidumbre, hubo un instante en que millones de personas dejaron de pensar en la inflación, en la inseguridad, en la grieta, en la entrega del país a manos de un gobierno conducido por un demente cipayo, en las cuentas por pagar o en las próximas elecciones. Durante noventa minutos, el único color que importó fue el celeste y blanco.
La felicidad colectiva tiene esa extraña virtud: suspende el tiempo. No elimina los problemas, pero los pone entre paréntesis. La realidad sigue allí, intacta, esperando al día siguiente. Sin embargo, durante un rato deja de gobernarnos.
Hay quienes desprecian al fútbol porque dicen que distrae. Creo exactamente lo contrario. El fútbol, cuando juega la Selección, no distrae: revela. Revela que, debajo de las diferencias, todavía existe una comunidad emocional llamada Argentina. Descubre que seguimos siendo capaces de abrazarnos con un desconocido, de cantar el Himno con la voz quebrada y de emocionarnos con una Bandera que, demasiadas veces, utilizamos más para discutir que para encontrarnos.
Quizás por eso un triunfo frente a Inglaterra tiene un eco diferente. No porque un partido de fútbol pueda reparar las heridas de la historia ni reemplazar la memoria de quienes combatieron en Malvinas. Sería una injusticia convertir el sacrificio de aquellos hombres en una metáfora deportiva. Pero tampoco puede negarse que, para varias generaciones de argentinos, ese enfrentamiento despierta una emoción que trasciende el resultado. La historia pesa. Y la memoria también juega.
Mientras la pelota rodaba, nadie preguntó a quién había votado el vecino. Nadie preguntó cuánto ganaba el otro, qué religión profesaba o qué diario leía. Nadie preguntó si era oficialista u opositor. Todos gritamos el mismo gol. Y esa, en una Argentina tan acostumbrada a fragmentarse, es una noticia extraordinaria.
Hace tiempo que los argentinos necesitamos recuperar espacios comunes. Lugares donde la palabra «nosotros» vuelva a tener sentido. Porque una Nación no se sostiene únicamente con indicadores económicos, reformas institucionales o programas de gobierno. También necesita símbolos compartidos, afectos comunes y motivos para sentirse orgullosa de sí misma.
Anoche la Selección nos recordó algo que parecía olvidado: que seguimos siendo capaces de emocionarnos juntos.
Mañana volverán las discusiones. Regresarán los problemas, las redes sociales, la inflación, las acusaciones cruzadas y las preocupaciones cotidianas. Todo seguirá esperando.
Pero durante noventa minutos ocurrió un pequeño milagro civil. La Argentina dejó de ser una suma de sectores para volver a ser un pueblo.
Y quizás esa sea la verdadera enseñanza. Porque durante un partido no ganó un gobierno ni perdió una oposición. No triunfó una ideología sobre otra. No hubo vencedores ni vencidos entre argentinos.
Ganó la Bandera. Nuestra Bandera argentina.
Y cuando gana la Bandera, por un instante, ganamos todos.
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