POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Amados Hermanos Iniciados, la frase que nos titula hoy, pertenece al General José de San Martín, aunque nos plantea el problema de la libertad política; y nosotros, en la fecha, hemos de abordar la cuestión de la libertad de espíritu y de pensamiento. Sin embargo, pienso que aquí San Martín y el Evangelio no se contradicen sino que hablan de dos planos distintos de una misma libertad.
No obstante, hemos de tener cuidado. Al afirmar desde el llano que la libertad espiritual es superior a cualquier otra y que nadie -ni institución ni persona alguna- puede regirla, podemos ingresar en un espinoso terreno: el del dominio de los tonsurados que reducen su esencia a los límites del dogma. Esto, de suyo, es una contradicción, pues el pensamiento libre sólo admite a la responsabilidad como marco confinante.
En Juan 8, 31-32, Jesús dice: «Si permanecen en mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos; conocerán la verdad y la verdad los hará libres.» Aquí hallamos la diferencia con la Libertad que nos propone el Padre de la Patria, porque aquella de la que habla Cristo no es política; pero en ambos casos y esto es lo importante, no es una libertad entendida como hacer lo que cada uno quiera. Estamos, pues, contrastando la dimensión metafísica con la dimensión cívica, que son dos ámbitos que confluyen en la unicidad de cada persona.
Desde lo político, el exceso de libertad desemboca en el caos, y en el caso espiritual puede conducir a extravíos que terminen justificando conductas indecibles. La libertad de la que habla tampoco es una libertad entendida como hacer lo que uno quiera. Es la liberación del pecado, de la mentira, del miedo y de todo aquello que esclaviza interiormente. Y seamos claros, todo dogma -cualquiera sea- reduce y encorseta al espíritu.
Este reduccionismo de la libertad espiritual impuesto por las iglesias era necesario para dominar a los fieles, quienes, escasos de conocimientos superiores, obedecieron siempre —y obedecen— por temor más que por convicción. Frente a esa pretensión de control, en Juan 3, 8 leemos: ‘El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.’
Luego, ¿se podría dominar a un pueblo que ha comprendido el verdadero sentido de la Libertad de Espíritu que predicó el Cristo? Sencillamente, no. Sería imposible. No habría institución humana capaz de amansar almas liberadas de las cadenas que provienen de la tiranía eclesiástica. Porque, en otras palabras, para el Evangelio la esclavitud comienza mucho antes de que aparezca un tirano.
La verdadera fe no es sumisión, sino una fuerza subversiva contra cualquier orden totalitario. Si el espíritu es libre como el viento, ninguna burocracia terrenal puede enrejarlo.
La cuestión de la Libertad en la sociedad
Un hombre puede vivir en una democracia y ser esclavo de la codicia, del odio, del resentimiento o del orgullo. Observamos cómo autopercibidos demócratas terminan convertidos en obsesionados devotos de la lujuria del poder. Mientras tanto, otros que padecen la cárcel a consecuencia de su oposición a los primeros -como Pablo en Roma- son interiormente libres. Nos hallamos, pues, ante una diferenciación de planos que resulta compleja de comprender para el común, porque uno opera en el espacio fáctico y el segundo en el espiritual. Tal vez se trata de la bifurcación que la vida le propone a la conciencia: tomar el camino del Bien Común y de la Justicia Social, o transitar aquel de la satisfacción del Ego. En esa elección opera, sin duda, un ámbito de libertad espiritual.
Nadie resulta malo o ladrón porque lo obligan, como tampoco se alcanza la santidad por decreto (excepto en los concilios y dicasterios, claro).
La frase del General San Martín habla de la libertad de los pueblos. Su ‘Seamos libres…’ es una condición histórica: sin independencia política no hay posibilidad de construir una nación; una premisa que, en las actuales circunstancias de este país, deberíamos volver a replantearnos.
El Cristo, en cambio, habla de una condición antropológica: sin vivir la Verdad en absoluta libertad de espíritu, no hay posibilidad de construir una persona.
La conclusión para meditar, en suma, puede enunciarse de esta manera: San Martín enseña que ningún pueblo puede realizar plenamente su destino sin libertad política. Cristo enseña que ningún hombre puede realizar plenamente su vocación sin libertad interior.
Quizá por eso San Martín pudo afirmar «Seamos libres» y Cristo anunciar que «la verdad os hará libres». No hablaban del mismo campo de batalla, pero combatían al mismo enemigo: toda forma de esclavitud que degrada la dignidad humana.
Uno luchó contra el dominio de un imperio. El otro contra el imperio del miedo, de la mentira y del pecado. Ambos comprendieron que la libertad nunca es un punto de partida; siempre es una conquista.
Y tal vez ésa sea la pregunta que deberíamos formularnos hoy: ¿de qué cadenas creemos habernos liberado, y cuáles seguimos llevando con la naturalidad de quien ya se acostumbró a ellas?
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