POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Corría el año de 1814, el General Manuel Belgrano y Bernardino Rivadavia se hallaban en misión diplomática en Londres. Allí, Belgrano toma contacto con la obra del jesuita chileno expulso, Manuel Lacunza, quien había escrito una obra en cuatro tomos titulada “La Segunda Venida del Mesías en Gloria y Majestad”, bajo el seudónimo de Juan Josafat Ben-Ezrá, presentado como un supuesto judío converso al cristianismo. Era un recurso literario para dar mayor verosimilitud a su interpretación profética y, al mismo tiempo, protegerse de la vigilancia doctrinal de la época.
La obra de Lacunza
Hay que decir que Manuel Lacunza está considerado en Chile como un alto intelectual de la época colonial y las universidades han dedicado seminarios y congresos al estudio de su obra. La Segunda Venida del Mesías en Gloria y Majestad es una extensa interpretación de las profecías bíblicas, especialmente las contenidas en el Libro de Daniel, el Apocalipsis de San Juan y diversos textos proféticos del Antiguo Testamento.
Lacunza sostenía que la Segunda Venida de Cristo no debía entenderse únicamente como el juicio final de los tiempos, sino como un acontecimiento histórico previo en el cual Cristo instauraría un reino de justicia sobre la Tierra. Su lectura, cercana a ciertas corrientes milenaristas, cuestionaba interpretaciones tradicionales de la escatología católica y proponía una revisión profunda de las profecías relativas al fin de los tiempos. Precisamente por estas tesis, la obra fue observada con desconfianza por las autoridades eclesiásticas y terminó incorporada al Índice de Libros Prohibidos.
Belgrano no sólo leyó la obra. Quedó tan impresionado que financió y promovió la primera edición en castellano, publicada en Londres en 1816. Incluso destinó parte de sus propios recursos para que pudiera imprimirse y circular. Es uno de esos episodios donde aparece el Belgrano intelectual, curioso y profundamente interesado por la filosofía, la teología y las corrientes de pensamiento que atravesaban Europa.
La paradoja histórica es notable: mientras conducía ejércitos revolucionarios y construía una nación, Belgrano impulsaba la difusión de un libro que décadas después sería formalmente condenado por Roma e incluido en el Index Librorum Prohibitorum. Un gesto que revela hasta qué punto el creador de la Bandera era también un hombre de lecturas heterodoxas y de una inquietud intelectual poco común en la dirigencia de su tiempo.
¿Qué vio Belgrano en Lacunza que mereciera ser difundido?
La obra de Lacunza no era un panfleto político ni una crítica a la Iglesia. Era una extensa reflexión sobre el sentido de la historia, inspirada principalmente en las profecías de Daniel y el Apocalipsis. El jesuita chileno intentaba responder una pregunta que ha acompañado al cristianismo desde sus orígenes: ¿cómo y cuándo se consumará el Reino de Dios?
De paso, sea dicho, no sólo es recomendable leer la obra de Lacunza -cuyos cuatro tomos se encuentran en Internete-, sino que es advertible decir que no se trata de una obra de fácil lectura en cuanto reclama conocimientos teológicos y hasta esotéricos. Esto para decir del enorme caudal intelectual de Manuel Belgrano.
Belgrano encontró en aquellas páginas algo más que una especulación teológica. Hombre de fe profunda, aunque de notable independencia intelectual frente a las autoridades eclesiásticas, vio probablemente en Lacunza a un pensador original que se atrevía a revisar interpretaciones establecidas sobre los últimos tiempos.
Resulta tentador presentar este episodio como una rebeldía de Belgrano contra la Iglesia. Sin embargo, la realidad parece más compleja. El creador de la Bandera jamás fue un anticlerical. Su actuación contra el obispo Videla del Pino (Cuando en 1812, lo detuvo y expulsó de Salta) obedeció a razones políticas vinculadas a la guerra de Independencia y no a una hostilidad hacia la religión. Por el contrario, toda su vida estuvo atravesada por una profunda convicción cristiana.
Tal vez la verdadera paradoja no sea que Belgrano haya publicado un libro posteriormente condenado por Roma. La verdadera paradoja es que en medio de campañas militares, derrotas, intrigas diplomáticas y proyectos de construcción nacional, encontrara tiempo para interesarse por una cuestión que excedía la política y la guerra: el destino final del hombre y el sentido último de la historia.
Porque ahí aparece el Belgrano menos conocido. No el general. No el funcionario. No el creador de la Bandera, sino el intelectual profundo.
Y ese Belgrano lector suele ser mucho más fascinante que el personaje que homenajeamos en el bronce. –
Para quienes deseen consultar la obra de Manuel Lacunza, recomendamos los siguientes links.
Tomo I: La Venida del Mesías en Gloria y Majestad – Tomo I
Tomo II: La Venida del Mesías en Gloria y Majestad – Tomo II
Tomo III (edición histórica): Wikimedia Commons – Tomo III
MANUEL LACUNZA Y LA VENIDA DEL MESÍAS EN GLORIA Y MAJESTAD: BIBLIOGRAFÍA COMENTADA
