POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar – Pocas situaciones nos unifican a todos y otras nos diferencian. La inteligencia, por ejemplo, es un patrimonio cada vez más escaso que nos está empujando a quienes la poseemos a considerarnos una especie en extinción. Esto opera un mecanismo de defensa que de a poco nos está convirtiendo en un gueto. Y la historia nos informa que siempre los guetos han sido objeto de expoliación, deportaciones y eliminación.
Es que vivimos en una sociedad donde la estupidez, la grosería, la procacidad y todas esas formas más burdas de expresión sociológica se han impuesto como los paradigmas públicos. Y de la gente pública.
El kirchnerismo supo hacer de todo eso una fértil política pública, hábilmente sazonada con una potente dosis de fanatismo: “Vamo a volvé”, fue el grito de guerra de esa masa ululante en proceso de regresión antropológica.
Pero el gobierno libertario llevó todo esto al nivel de política de Estado, lo cual es más grave porque denuncia que todas esos deméritos que se predican de los “zurdos de mierda” y de los “periodistas delincuentes”, son ahora, decretos oficiales del propio presidente de la Nación.
Los sujetos así fanatizados -unos y otros-, se deterioran cognitivamente al perder capacidad de sinapsis. Esto ocurre cuando se deja de analizar la realidad con criterio y se la acepta sin discusión. Es propio y característico de los regímenes totalitarios.
Estos individuos ya fanatizados por el “chori” o por “las ideas de la libertad”; pierden también -como parte de su deterioro mental-, su capacidad para dialogar. La ideas son reemplazadas por las consignas. Y en esto hallamos una diferencia sustancial, porque las ideas son procesos creativos ininterrumpidos, y en cambio, las consignas son eslogans repetitivos.
En este último caso, esa regresión antropológica es mayor y más grave, porque ya no se retorna al estado de simio, de mono; sino peor aun: de loro.
Estamos en presencia de un extraño fenómeno involutivo. Mientras en el mundo hasta el Papa pelea por la Inteligencia Artificial, en Argentina, los políticos perfeccionan la inteligencia psitaciforme. Kirchneristas y libertarios, repiten consignas con una disciplina que haría llorar de emoción a un monje medieval recitando jaculatorias. El otrora “diálogo político” ha sido reemplazado por un concurso nacional de loros ideológicos.
Cuando Charles Darwin se encontró con Juan Manuel de Rosas en la isla de Choele-Choel, no imaginó que sería en estas tierras donde se demostraría el proceso inverso de evolución de las especies. Así como va desapareciendo la clase media, también hace lo propio el ciudadano y va quedando el militante puro. La diferencia estriba en que el ciudadano piensa y el militante repite.
Y para quienes crean exagerada esta teoría de la regresión antropológica, bastaría recordar un reciente intercambio televisivo protagonizado por Alfredo Olmedo. Frente a una argumentación política y económica, el dirigente salteño no respondió con datos, razones o conceptos. Eligió otro camino. Interpeló a su interlocutor preguntándole: «¿Usted conoce mis bolas?».
La respuesta merece un lugar destacado en los anales de la ciencia política argentina porque permite identificar con precisión el punto exacto donde la inteligencia psitaciforme se cruza con la involución simiesca. El loro repite lo que escucha. El simio exhibe fuerza cuando carece de argumentos. En Olmedo parecen confluir ambas corrientes evolutivas.
Lo curioso es que, al igual que tantos kirchneristas repitieron durante años las consignas de Cristina, hoy Olmedo y los libertarios reproducen con admirable fidelidad cada una de las frases, adjetivos y simplificaciones emitidas por Javier Milei. Como todo buen ejemplar psitaciforme, no crea doctrina: la vocaliza.
Darwin jamás imaginó una especie semejante. Un animal político capaz de oscilar entre el mono y el loro sin detenerse nunca en el hombre.