Reflexión Apostólica Dominical sólo para Iniciados: Del Espíritu Santo a la Inteligencia Artificial, breve historia de una nueva fe

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

RESUMEN: Durante siglos los hombres consultaron a los sabios, a los filósofos, a los sacerdotes y a los libros para comprender el mundo. Hoy millones de personas formulan cada día sus preguntas a una inteligencia artificial. El cambio parece tecnológico, pero es también cultural, moral y hasta espiritual. Desde las «maravillas de la técnica» celebradas por el Concilio Vaticano II hasta la algorética propuesta por Francisco y las recientes advertencias sobre la centralidad de la persona humana, emerge una pregunta inquietante: ¿estamos frente a una herramienta extraordinaria o ante el nacimiento de una nueva forma de fe secular?

En nuestra juventud, cuando indagábamos y discutíamos los Documentos del Concilio Vaticano II, meditábamos particularmente el Decreto “Inter Mirifica” sobre los medios de comunicación social, y que constituyó uno de los primeros documentos conciliares que abordaba el papel moral, educativo y pastoral de la comunicación en la sociedad moderna. El texto contemplaba “la maravilla de los nuevos medios de comunicación”. Había algo de profético ya que faltaban un par de décadas para se produjera la Tercera Revolución Industrial de la Internet en los ‘80.

Demos un salto y hallaremos más recientemente, en el pontificado de Francisco, un término que hoy funciona como un eje pivotante entre aquella reflexión conciliar y la reciente encíclica “Humanitas-Humanun et Magníficat”, el de “Algorética”, un “mix” entre algoritmo y ética.

No se trata de tres momentos o tres documentos aislados, sino de una misma conversación de la Iglesia con la técnica a lo largo de más de sesenta años.

Entre aquel “Inter Mirifica” de 1963 y la “Humanitas Magnificat” de León XIV, el Papa Francisco introduce una cuestión moral: Ya no basta admirar la herramienta, es necesario preguntarse qué visión del hombre está codificada dentro de los algoritmos. Por eso ahora, León XIV,  desplaza el eje hacia una cuestión aún más profunda: no sólo qué puede hacer la técnica, sino qué debe permanecer irreductiblemente humano.

O sea que hallamos una suerte de progresión teológica que comienza considerando a la técnica como maravilla -los medios de comunicación-; luego, la técnica como responsabilidad moral (algorética) y en este momento, la técnica como desafío antropológico, es decir, el hombre frente a la Inteligencia Artificial.

Cuando Francisco acuña “algorética”, ya había percibido que la ética clásica estaba llegando tarde respecto de la velocidad de la técnica; entonces el problema ya se antepone al hecho, es decir, la IA no plantea el problema ético sobre cómo se usa, sino que la cuestión es anterior ¿Para qué lo ha creado? ¿Cuál es el fin último de la IA? ¿En qué punto la IA se separa del fin último que dicta la filosofía desde los clásicos y la teología que es el BIEN?

Porque ahora todo el mundo usa la IA, desde redactar una simple carta hasta resolver problemas altamente complejos, pero pareciera que casi nadie se está dando cuenta del inconmensurable costo social que está sobreviniendo.

Todas las revoluciones industriales anteriores tuvieron un costo social, pero esta Cuarta Revolución Industrial, deja entrever que ese costo no sólo afectará laboralmente a millones de seres humanos sino que además los convertirá en una especie desechable, algo peor que la esclavitud. Por eso Francisco advirtió que “el algoritmo que condicionará millones de decisiones futuras”.

La ciencia y la técnica y el “Ordo Amoris” agustiniano

En su monumental obra -que todo político debería leer- “De Civitate Dei”, San Agustín, explica aquello de los dos amores que fundan dos ciudades, diciendo que: «Dos amores hicieron dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios hizo la ciudad terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo hizo la ciudad celestial.»

El “Ordo Amoris”, es amar cada cosa según el lugar que le corresponde, o sea, la sabiduría de distinguir qué debe ser amado más y qué debe ser amado menos. Porque para Agustín el pecado no consiste necesariamente en amar algo malo, sino en desordenar la escala de los amores. El problema no es amar el poder, la riqueza, la patria, la ciencia o la tecnología; el problema es convertir cualquiera de ellas en el Bien Supremo.

Formulado de otra manera un tanto más sencilla, Agustín sostiene que muchas veces el problema consiste en amar desordenadamente cosas buenas; o sea, romper el equilibrio, aquel “justo medio de la prudencia” que enseñaba Aristóteles.

Nada es malo en su justa medida: El dinero es bueno como lo es la política. Asimismo, la ciencia es tan buena como la técnica. Se vuelven problemáticos cuando el individuo los coloca por encima de aquellos que debieran ser amados primero en orden al Bien. El santo de Hipona lo reseña claramente: “La virtud es el orden del amor”.

Por eso la idea de la algorética encaja tan bien con Agustín. Porque el problema no sería que la inteligencia artificial exista. El problema surgiría cuando el orden de los amores se invierte y la eficiencia pasa a valer más que la Verdad, la predicción más que la libertad o el cálculo más que la dignidad humana.

Pues, la IA, puede recomendar un libro, conceder un crédito, orientar una sentencia judicial o decidir prioridades médicas. La pregunta ya no es qué tan inteligente es la máquina, sino qué concepción de justicia, dignidad o verdad ha sido introducida en ella.

Cuando Marshall McLuhan formuló primero aquella idea de que «el medio es el mensaje», estaba diciendo de el medio no sólo transmite un mensaje sino que nos masajea, nos moldea, nos reconfigura sensorial y culturalmente. Hoy, la IA ya no es sólo el medio; es el masaje que además escribe el mensaje con el plus de que jerarquiza y hasta recomienda lo que queremos buscar.

McLuhan, advirtió que el medio terminaba moldeando al hombre más profundamente que los contenidos que transportaba. Sesenta años después, la inteligencia artificial lleva esa intuición a un extremo inesperado: el medio ya no se limita a masajear nuestra percepción; participa también en la elaboración del mensaje. La herramienta deja de ser un canal para convertirse en interlocutor.

¡Y aquí es donde juega la consideración agustiniana de la moral y el Bien!  Porque si el algoritmo no sólo transporta información sino que contribuye a organizar el mundo simbólico que habitamos, entonces la pregunta decisiva deja de ser tecnológica para volverse moral: ¿Qué orden de amores está enseñando el algoritmo?

La IA ha llegado para quedarse; la pregunta es para qué

Si, la IA ha llegado para quedarse; la pregunta es para qué. ¿Es acaso la nueva Torre de Babel? Los que han endiosado a la tecnología dirán que no porque Dios no existe. Los hombres de Fe se preguntan por el fin último de estas “maravillas de la técnica” (Inter Mirifica) y el alcance de la ética en el algoritmo y la composición

De Inter Mirifica a la algorética de Francisco, hay un mismo interrogante: cómo conservar la salud del alma cuando las herramientas se vuelven cada vez más poderosas. McLuhan temía que el medio nos masajeara. Nosotros comenzamos a descubrir algo más inquietante: que ahora el masaje también redacta el mensaje.

Eso tiene resonancia filosófica, teológica y periodística al mismo tiempo. Y, además, deja abierta la pregunta sin clausurarla con moralismos.

En el Génesis, en el Capítulo I, en el momento de la Creación, se repite la frase de Dios ante la contemplación de cada momento de su Obra: “Y vio que todo era bueno”. De ningún modo el Creador podía estar refiriéndose a su creación instantánea sino también en su proyección histórico hasta el fin de los tiempos; entonces, la evolución del hombre era una dinámica prevista que llegaría a estos tiempos de la Inteligencia Artificial, que se entienden en ese “todo es bueno”. La IA no es una creación del mal sino que no debe utilizarse para el mal. Una utopía en los tiempos actuales donde el hombre es como nunca el “Homo hominis lupus” (El hombre es lobo del hombre).

Por eso la algorética funciona tan bien como pieza de engarce entre ambos momentos. Es el puente entre la admiración conciliar por los «maravillosos inventos de la técnica» y la preocupación contemporánea por conservar aquello que ninguna técnica debería reemplazar: la libertad, la responsabilidad moral y, en lenguaje cristiano, la singularidad irrepetible de la persona humana.

¿Y ahora, cómo continúa todo esto?

El debate es muy profundo frente a la simpleza y hasta inocencia con que utilizamos a diario todas las herramientas de la técnica actual. Existe un peligro manifiesto para las generaciones más jóvenes que han desarrollado una imaginación y un talento para manejar la técnica frente a nosotros los mayores.

Pero son generaciones cada vez más despojadas de valores éticos y de conocimientos profundos, por eso corren a diario el riesgo de convertirse en una población crecientemente prescindible para los mecanismos económicos en parte del desecho humano que se aproxima.

El sistema educativo necesita perentoriamente implementar una pedagogía sobre valores y categorías frente a la técnica para formar una sociedad responsable que mañana no sea víctima de la reducción a “cosa” que se aproxima.

Si una síntesis con valor de advertencia conviene al final de este razonamiento, sería decir que el Vaticano II contempló la técnica como quien admira una catedral recién concluida. Francisco advirtió que era necesario discutir quién dibujaba los planos. León XIV parece preguntarse algo todavía más decisivo: si en medio de tanta arquitectura tecnológica recordamos para qué fue construida la catedral.

Porque la cuestión ya no es qué puede hacer la inteligencia artificial. La cuestión es qué debe seguir siendo exclusivamente humano. –

© – Ernesto Bisceglia

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