POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Nuestro recordado amigo, Monseñor Mario Oscar Moya, hombre de excepcionales condiciones humanas y espirituales, de alta cultura y bien arraigado nacionalismo peronista, en nuestra humilde opinión, el “anillo episcopal” que le hubiera venido al dedo a una provincia como Salta en lugar del mequetrefe que “okupa” la silla arzobispal, supo decirnos una vez en que por encargo del gobierno de entonces buscábamos un acercamiento entre el poder político y la Curia local, que: “El gobierno y los pastores deben caminar juntos. Porque cuando los dirigentes y los pastores se pelean, el pueblo sufre. Porque el pueblo sigue a sus dirigentes y quiere a sus pastores”.
Su compromiso de promover un diálogo entre gobierno y Curia le costó ser defenestrado de todos sus cargos, como rector del Seminario, Vice rector de la Universidad Católica y enviado a un ostracismo, haciendo perder para Salta a un religioso “Premium” y a una mente brillante.
Azás la historia, levantamos la mirada para observar el escenario de esta Patria transida por los dolores sociales causados por las heridas de un gobierno miserable, porque la insensibilidad social es una parte de la miseria, no sólo porque devela la calidad humana de quien la provoca sino también porque hundir a un país en la miseria es un pecado ante la humanidad irremisible.
Comprobamos así, lamentablemente, la orfandad de la prudencia y la quiebra del “Justo Medio”; aquella “frónesis” aristotélica que el Estagirita predicaba como la máxima virtud política. ¿Por qué es así? Porque la prudencia nos aleja de los extremos, de los fanatismos y los dogmas y nos ubica en la búsqueda del bien común, que es una obligación no sólo del gobernante sino de todos y cada uno. La teología pastoral de San Pablo está impregnada de sensibilidad social; porque dice el Apóstol que “el bienestar del individuo es inseparable del bienestar de la comunidad.” (1 Corintios 12, 26).
La crisis social e institucional en la Argentina ha dinamitado ese centro gravitacional, porque cuando la política se desentiende de los valores patrios y la identidad nacional (la traición a lo propio), y la religión se tiñe de faccionalismo, el ciudadano común queda en una intemperie espiritual y cívica. Tenía razón Monseñor Moya.
Por una parte, nos hallamos frente a un gobierno que ha debilitado los símbolos del Ser nacional, que ha mancillado la historia tratando de negarla y atenta contra los valores que fundaron a esta Nación. Los hechos a diario nos comprueban cómo se está vaciando al país de identidad.
El presidente de la Nación invoca a Roma diciendo que “no paga traidores”, pero este “César” no busca la grandeza del imperio, sino la imposición de un dogma pragmático de mercado manejado por intereses foráneos. Al despojarse de los valores patrios, la política deja de ser un acto de servicio y se convierte en mera gestión del poder o, peor, en una entrega de lo común.
El Altar profanado por la coyuntura
Un país formado -y deformado también- por la religión católica, donde la mayoría dice profesar esa confesión, tampoco halla en sus pastores del alto clero la reciprocidad en actos y gestos según el Maestro de Galiela, enseñó. El Jesús de la mansedumbre no vino a predicar la opulencia ni los fastos pontificios sino a rasgar su túnica ensuciándola con el polvo de los caminos. La frase “Haced esto en memoria mía” (Lc. 22, 19), no sólo representa el momento crucial de la antesala de la Pasión, sino que es un imperativo al mundo eclesiástico de dar testimonio en TODO.
Allí es donde se degrada la visión pastoral de la Iglesia y se aleja del ejemplo del Galileo, porque asumen que el altar es tribuna política, y bien claro lo hemos dicho en nuestro escrito, de qué manera Jesús discierne los planos del poder fáctico del reino espiritual en el ingreso a Jerusalén montado en un asno.
Hoy los asnos gobiernan y predican. Se ha perdido el justo medio de la prudencia.
Porque los clérigos distorsionan el mandato evangélico cuando el altar se utiliza para la militancia política, se traiciona la sentencia de «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». El púlpito se degrada y se convierte en comité.
Debemos trabajar desde las bases en la reconstrucción institucional
Si el César quiere ser Dios y Dios (a través de sus ministros) quiere jugar a ser el César, la República se disuelve. La salida de esta degradación no es económica, es cultural y moral: exige retornar a la separación saludable de esferas y al ejercicio de la prudencia como balsa de salvación para una sociedad fatigada de mesianismos y militancias cruzadas.
Caso contrario, por este camino, tendremos que dar razón a Esteban Echeverría, en el Dogma Socialista, cuando advierte: “Los tiranos han fraguado de la religión cadenas para el hombre y de ahí ha surgido la liga impura del poder y del altar”.
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