POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Desde niños, durante la Semana de Mayo, fuimos domesticados a pensar en unos días épicos, con sucesos protagonizados por hombres de una talla superior, cuando en realidad, no fue más que una gran operación política donde se sucedieron todas las opciones tan humanas de la política: operaciones, aprietes, negociaciones, ambiciones, miedo, cálculo y oportunismo. Al fin de cuentas, tal y como sigue ocurriendo actualmente.
Esto nos permite afirmar que aquello que decantó en el 25 de Mayo de 1810, no fue una revolución popular en sentido moderno como tampoco una simple conspiración oligárquica, sino una transición ambigua donde una élite criolla utilizó el lenguaje jurídico para legitimar un cambio de poder ya encaminado.
De esta observación surge un dato interesante, una primera conclusión que nos revela esa tradición que fluye como una obsesión nacional por revestir de legalidad decisiones ya previamente tomadas. Nuestra democracia actual no es espontánea sino siempre previamente formulada. De modo que podríamos concluir que la Argentina nació discutiendo institucionalmente aquello que ya se había decidido políticamente. ¿O acaso, en los recintos legislativos se “debaten” cuestiones que ya tienen los votos contados… y cantados?
El otro dato interesante a pensar es que este Cabildo Abierto, no se produce como un hecho de identidad criolla, sino a causa de la crisis del Imperio. Porque podemos -y debemos- preguntarnos si acaso el rey de España no caía… ¿Hubiéramos tenido 25 de Mayo?
En mayo de 1810 todavía nadie sabía que estaba naciendo la Argentina
A la luz de los antecedentes expuestos “ut supra”, estamos en condiciones de afirmar que aquel Cabildo Abierto, más que una consulta y un debate popular, fue una puesta en escena de legitimidad, una escenografía institucional para revestir de legalidad una decisión revolucionaria previamente acordada.
Sin embargo, Mayo de 1810, fue una “revolución, pero no tanto”, porque en esas jornadas no se pronunció ni se gritó “¡Independencia!”, se mantuvo un “rectorado” de Fernando VII -La llamada “Máscara de Fernando VII”-, lo cual resultaba en una contradicción extraordinaria.
Otro dato para un análisis revisionista de esta “no revolución”, es la cuestón del Pueblo. En aquellos días no todos eran pueblo. Para serlo había que tener la sangre limpia -sin mezclas-, vivienda propia, comercio o profesión liberal, ser católico practicante, “buena familia”. Los demás, esclavos, negros, zambos, mulatos, criollos incluso, eran “la chusma”. El gaucho, ni siquiera eso.
Entonces, aquella frase que recorre nuestra historia “El pueblo quiere saber de qué se trata”, no representaba a todos los habitantes de aquella Buenos Aires, sino a la élite. De hecho, se habían repartido unas 441 invitaciones al debate del Cabildo y sólo asistieron alrededor de un poco más de 200; es decir, no había representación genuina ni mayoritaria.
Los celebrados Antonio Berutti y Domingo French, que “repartían cintas celestes y blancas”, eran en realidad los “chisperos” que cumplían funciones de presión política controlando los accesos al Cabildo e intimidaban a los opositores, todo para garantizar un clima favorable a las pretensiones criollas en el debate.
En suma, la votación de aquel 22 de Mayo no resolvió directamente la creación de la Primera Junta. De hecho, inicialmente se decidió que Cisneros siguiera presidiendo una junta de gobierno lo cual enfureción a los sectores más comprometidos con su destitución.
Esto nos da la prueba de que luego del debate en el Cabildo, la efervescencia continuó en febriles negociaciones fuera del recinto. De modo que la “Revolución de Mayo” no nació en una plaza democrática sino en una compleja negociación entre élites, presiones callejeras y maniobras de poder.
Sin embargo, como corolario, es acertado afirmar que aquel 22 de Mayo de 1810, no nació ni la Primera Junta de Gobierno, ni siquiera un gobierno local; sino que en esa jornada nació la política argentina. –
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