POR: Lic. LIZI MEJÍAS – www.ernestobisceglia.com.ar
En tiempos donde pareciera que la crueldad se ha naturalizado, elegir la esperanza se convierte casi en un acto de resistencia.
Vivimos atravesados por una angustia cotidiana que duele. Duele ver cómo nuestros jubilados mueren esperando remedios que nunca llegan. Duele ver familias enteras peregrinando por una atención médica, por una respuesta judicial, por un derecho elemental que debería estar garantizado y que, sin embargo, se les niega. Duele observar cómo el Estado nacional se retira, se desentiende, abandona.
Y cuando el Estado se ausenta, lo que queda expuesto no son números ni estadísticas: quedan expuestas las personas.
Los niños cuyos derechos son vulnerados mientras los planes prometidos jamás se concretan. Las viviendas paralizadas que condenan a cientos de familias a seguir viviendo en la indignidad. Las rutas inconclusas que terminan costando vidas. Los pueblos olvidados donde una casa humilde puede representar la diferencia entre la desesperación y la dignidad.
Entonces, es la provincia, muchas veces con enormes limitaciones, la que debe salir a contener lo que otros abandonan. Terminar una obra. Concluir una vivienda. Sostener un sistema de salud. Evitar que una comunidad entera quede a la deriva.
Y detrás de cada decisión hay rostros concretos. Historias concretas. Dolores concretos.
Pienso entonces en los que dependen exclusivamente de un sistema que hoy le da la espalda a tantos argentinos. Esa es la dimensión humana de esta crisis. Esa es la verdad que muchas veces no aparece en los discursos ni en las planillas.
Estamos viviendo una época donde pareciera que se violan casi todos los derechos: el derecho a la salud, a la vivienda, a la niñez protegida, al acceso a la justicia, a una vejez digna. Y frente a semejante escenario, uno podría entregarse fácilmente al desencanto.
Pero yo elijo no hacerlo.
Elijo creer que todavía existe reserva moral en nuestra sociedad. Elijo creer en la solidaridad silenciosa de la gente común. En esa mano que ayuda. En ese vecino que acompaña. En esa comunidad que, aun golpeada, sigue sosteniéndose a sí misma cuando las estructuras fallan.
Porque mientras el mundo parece endurecerse y las guerras avanzan dejando pobres tendidos sobre la tierra, mientras los poderosos discuten cifras y estrategias sin mirar el sufrimiento humano, todavía hay hombres y mujeres capaces de cuidar al otro.
Y es allí donde nace la esperanza.
No una esperanza ingenua ni vacía. Una esperanza dolorosa, aferrada apenas con la punta de los dedos, como quien se sostiene al borde del abismo para no caer. La esperanza de creer que la humanidad todavía puede salvarse a sí misma desde la compasión, desde la generosidad y desde el encuentro.
Tal vez sea eso lo último que nos queda. Y justamente por eso, debemos defenderlo más que nunca.
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