POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Adelantemos que la complejidad del tema nos obliga a plantearlo en dos partes. En primer lugar, se trata de abrir un juicio historiográfico sobre nuestro supuesto momento fundacional del 25 de Mayo de 1810, donde abrevamos en los manuales Estrada -una antigüedad-, la versión edulcorada de intelectuales discutiendo en el Cabildo y caballeros de levita y damas de miriñaque en la Plaza exigiendo “saber de qué se trata”, mientras dos jovenzuelos -Domingo French y Antonio Berutti-, repartían alegremente cintas celestes y blancas.
Si alguna vez hubo “relato” en la historia argentina fue a comienzos del siglo XX, cuando la necesidad política de mostrarle a los miles de inmigrantes que llegaban a un país formado por próceres de bronce y entonces el Puerto construyó ese relato épico, casi litúrgico de nación, con un “Mayo” como parto virginal de la Patria y una especie de Belén cívico con escarapelas (que tampoco existían entonces).
Lo que nos enseñaron -y se continúa haciendo- de que aquello fue una “Revolución”, en realidad, técnicamente fue el primer golpe de Estado que desplazó al virrey español aprovechando el colapso de la monarquía española.
Analicemos a los protagonistas y detectaremos que el motor de esa movida fue principalmente económico. Los ingleses, luego de las Invasiones de 1806/07, como la serpiente del Edén le susurraron a los comerciantes y estancieros las ventajas del libre comercio frente al férreo monopolio que ejercía España. Obviamente que el tema es bastante más complejo y excede nuestro espacio.
La segunda corporación actuante fue el bajo clero de la Iglesia Católica, ya que los frailes hicieron del púlpito el folleto de propaganda de la “Revolución”. El alto clero se mantuvo siempre juramentado al rey de España, como lo vemos en la postura del obispo Lué en el Cabildo Abierto del 22 de Mayo.
Y por fin, hallamos a los militares, porque hasta que Cornelio Saavedra no puso a los Patricios en la calle, no hubo 25 de Mayo. De hecho, él fue el presidente de la Primera Junta. Cabe aclarar aquí un error repetido cuando se afirma que el primer presidente argentino fue boliviano. Saavedra no fue presidente de un país y era potosino, cuando Potosí formaba parte de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Aquello fue una parición “contra natura”, porque se aprovechó un vacío institucional para hacerse con el poder local y además una cosa medio timorata ya que se inició el proceso con la llamada “Máscara de Fernando VII”; es decir, “gobernar estas tierras hasta que Su Majestad sea repuesto al trono”. ¡Vaya una Revolución!
No hubo Revolución pero sí un proceso revolucionario
En Mayo de 1810, se inició una crisis caracterizada por una atroz inestabilidad política entre 1810 y 1820, donde no se pudo constituir un gobierno cierto: Primera Junta, Junta Grande, Triunviratos, Directorios, motines militares, conspiraciones, fusilamientos, caudillos provinciales, guerra civil larvada. Sólo en 1816, desde el interior, en Tucumán, se daría el primer Grito de Libertad atentico. En el norte, los ejércitos patriotas sostenían la frontera casi en condiciones medievales, mientras Buenos Aires discutía aduanas, comercio y centralismo, porque el control de la Aduana equivalía al control del país.
El primer presidente fue un cipayo
Ni siquiera el primer experimento constitucional argentino logró unir al país. La Constitución de 1819 naufragó entre el rechazo de las provincias y las ambiciones del centralismo porteño. Años después, Rivadavia intentaría nuevamente imponer desde Buenos Aires un modelo de nación que el interior jamás sintió propio.
El término “cipayo” aplicado a Bernardino Rivadavia pertenece más al lenguaje político e historiográfico revisionista del siglo XX que al análisis estrictamente académico. No es falso dentro de esa tradición, de hecho, autores como José María Rosa o Fermín Chávez se movieron en esa línea, pero sí es una caracterización interpretativa, no un dato objetivo.
No obstante, el apelativo de “Cipayo” le cabe a Rivadavia porque con él comenzó en los hechos la historia de la deuda externa al tomar el empréstito con la Baring Brothers. Fue un presidente con una fuerte orientación pro-británica del comercio y que privilegió el centralismo porteño, despertando una percepción de desprecio hacia al interior con una admiración casi doctrinaria por Europa. Algo que volvemos a ver en nuestros días…
Hay tradiciones en la historia argentina que no desaparecen, como el hecho de que Rivadavia encarnó a una dirigencia que se mantuvo desvinculada de la realidad nacional, sin conocer el interior y siempre subordinada a intereses extranjeros.
Como sea, el proceso que encarna Rivadavia es la culminación de una serie de hechos desde 1810 hilvanados por una serie incompleta y en ocasiones cruel de sucesos donde se mezclaron la improvisación, los intereses de facciones, pulseadas comerciales y conflictos militares y regionales.
Acaso allí reside la verdad histórica más argentina. Porque el país no nació de un consenso armónico sino de una disputa feroz sobre qué demonios era la Patria y quién tenía derecho a administrarla. Buenos Aires creyó durante décadas que la nación era una extensión del puerto mientras las provincias entendían otra cosa. Una tensión, que, en muchos aspectos, todavía sigue viva.
En definitiva, debemos comprender a más de dos siglos de aquellos días cómo operó el factor humano entonces; que no fueron hechos románticos propios de un catecismo escolar, sino que Mayo, bien podría llamarse “el mes de la crisis fundacional argentina”.
Porque la autopsia de ese proceso nos mostrará un Mayo sin escaparelas ni mazamorreras pintadas al corcho para un acto escolar, sino una escabrosa lucha por el poder, que al final, dejó abiertas las vías para construir a este país, es cierto; pero también fundó modos de ser y de hacerse del poder y utilizarlo para beneficio de las elites y nunca del verdadero Pueblo argentino.
(Lea nuestra Segunda Parte: La chispa revolucionaria se encendió en Buenos Aires, pero la Patria se consolidó en Salta)
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