POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Habría que preguntarse por qué los argentinos conservan ese “gen bárbaro” que delata un totalitarismo lindante en lo esotérico, pero que traducido a los hechos simplemente denota un estado de barbarie latente. Hoy, todavía, sigue vigente ese espíritu de no disentir sino de destruir al otro. La opinión disonante no se negocia, se destruye. Lamentablemente, lo observamos hoy en la frase presidencial: “No odiamos lo suficiente a los periodistas”.
Y no podemos menos que preguntarnos ¿cuál es el verdadero alcance de esta frase? ¿Qué es “lo suficiente”? porque “prima facie”, el metamensaje dicta que la censura no es suficiente ¿Es acaso la eliminación del opositor lo “suficiente”?
Como sea, esa inclinación a la desaparición del otro, del adversario, viene prologada por una cadena de hechos vandálicos de ultratumba. En 1974, el grupo terrorista Montoneros, concibió la idea de ejecutar una revancha política por los sucesos de 1955, secuestrando el cadáver de Pedro Eugenio Aramburu, el presidente de facto que “bajó” al autor de la caída del general Juan Doimngo Perón -Eduardo Lonardi-, asumiendo la presidencia y ejecutando una serie de tropelías irracionales como los fusilamientos militantes peronistas, de sus propios camaradas y secuestrando el cadáver de Eva Perón.
El caso del secuestro del cadáver de Aramburu es otro caso de barbarie política en estado puro. Aquello no fue sólo un robo sino el uso de un cuerpo como moneda de cambio en una negociación macabra. Una paradoja de la historia, el cadáver del hombre que había asesinado a militantes peronistas y “desaparecido” el cuerpo de Eva, había sido asesinado a su vez por un “tribunal popular” por aquellos hechos y ahora era objeto del mismo tratamiento aplicado a la mujer de Perón. Fue un capítulo más de un círculo de violencia comenzado décadas atrás.
El comando de Montoneros ejecutó un hecho insólito, si se quiere, porque no pedían la liberación de nadie, tampoco reformar políticas, menos los restos de Eva Perón que para entonces ya estaban depositados en la Quinta de Olivos; fue simplemente un caso de “venganza a la criolla”, una suerte de “ojo por ojo” necrófilo: “Si el Estado ocultó el cuerpo de nuestra líder durante 16 años, nosotros tomamos el del general que ordenó el fusilamiento de 1956”.
Es un testimonio del nivel de delirio al que habían llegado los acontecimientos en aquella funesta década.
La logística del horror
Para sacar el féretro de la Recoleta, los secuestradores tuvieron que reducir a los cuidadores y usar un camión de mudanzas. Lo curioso es que el cuerpo de Aramburu terminó «viviendo» en la clandestinidad, igual que un guerrillero vivo. Pasó semanas escondido en una camioneta abandonada en una calle de Parque Chas, un barrio conocido por ser un laberinto. Esa imagen de un ex-presidente de la Nación tirado en el doble fondo de una camioneta en un barrio residencial es la síntesis de la degradación institucional de la época.
Resultó aquello otro ejemplo de la barbarie política que hilvana la historia argentina. Desde Rosas, donde la Mazorca se hacía con la cabeza del adversario y la exponía como trofeo en adelante, la consigna parece haber sido -y continuar siendo- que no es suficiente vencer al enemigo en vida; es necesario poseer sus restos para ejercer una última cuota de autoridad o humillación. Al mancillar el cadáver, se busca anular la memoria del otro o, como en este caso, forzar una reparación histórica mediante el chantaje.
Si lo vemos afinando el criterio, los militares durante la dictadura operaron de la misma manera. No bastaba con “aniquilar” al enemigo, había que ultrajar su cuerpo, detonarlo, tirarlo al mar o desaparecerlo. La lógica es la misma, pulverizar al otro.
En suma, podríamos decir entonces que la historia argentina se escribe con «tinta de cementerio». Mientras otros países debaten leyes, aquí parece que los grandes conflictos se dirimen discutiendo quién tiene la custodia de los huesos.
Y acaso allí resida una de las tragedias más hondas de la Argentina: la imposibilidad de aceptar siquiera la muerte del adversario sin convertirla en botín político. Como si el odio necesitara prolongarse más allá de la vida misma. Y así, entre cadáveres profanados, venganzas y silencios, la Nación terminó demasiadas veces confundiendo memoria con revancha y justicia con exterminio.
Entonces, cuando la política deja de ser una disputa de ideas para convertirse en una ceremonia tribal de exterminio simbólico, y cuando un país llega a discutir cadáveres en lugar de destinos, es porque hace tiempo comenzó a enterrarse a sí mismo. –
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