POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Hay momentos raros, casi clandestinos, en que el escritor abandona la intemperie doméstica de su aldea y se asoma, aunque sea por unas horas, a la ilusión de lo universal. No es un viaje geográfico: es un cambio de densidad. El aire pesa distinto. Las palabras, también.
Ingresar a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires produce, en quien todavía cree en el valor civilizatorio de la escritura, una forma de éxtasis sobrio. Nada de arrebatos místicos: es más bien la sensación, cada vez más infrecuente, de que el libro no ha sido del todo derrotado. Que aún respira. Que todavía hay, dispersos entre stands y pasillos, hombres y mujeres que sostienen la obstinación de pensar.
Pero no nos engañemos. Ese mundo también tiene sus rituales de vanidad, su economía de nombres, su liturgia de consagraciones mínimas. No es una Arcadia. Es, en todo caso, una república frágil, atravesada por las mismas tensiones que dice combatir. Como toda construcción humana, convive con su propia parodia.
Y, sin embargo, algo ocurre. Algo que no sucede en la aldea salteña de donde uno proviene.
Porque la Salta aldeana, esa que se obstina en continuar rezagada espiritual y mentalmente, habita esa categoría que es moral antes que geográfica, donde ha ido perfeccionando, con paciencia casi artesanal, una forma de desgaste. Allí la cultura es, en el mejor de los casos, ornamento; en el peor, sospecha.
Se la tolera mientras no incomode, se la aplaude mientras no piense, se la financia -a veces- como quien paga una coartada.
En las aldeas como Salta, la cultura hasta molesta, porque desnuda las carencias de los poderosos, porque denuncia que los cargos públicos son ocupados por los intrascendentes, los mediocres, aquellos que Homero describe en “La Ilíada” diciéndoles: “Por eso, la historia no te reconocerá nunca”.
La aldea no discute ideas: administra pequeñas lealtades. No promueve pensamiento: organiza silencios. Y en esa mecánica, tan eficaz como estéril, va consolidando su propia insignificancia con una prolijidad digna de mejor causa.
Frente a eso, el escritor experimenta una paradoja: necesita de la aldea porque en ello va su identidad: su lengua, sus heridas, sus obsesiones, pero al mismo tiempo debe traicionarla para existir. Todo acto de escritura es, en el fondo, un gesto de desobediencia. Una forma de decir: hay algo más.
Ese “algo más” es lo que, por un instante, parece corporizarse en la Feria. No como verdad absoluta, sino como posibilidad. Como recordatorio de que la cultura no es un lujo ni una ceremonia: es una condición. La única, acaso, que permite a una comunidad pensarse más allá de su inmediatez.
Por eso el contraste duele.
Porque al regresar se apagan las luces y se comprueba que la aldea sigue ahí, intacta en su lógica, cómoda en su pequeñez. Y entonces la pregunta deja de ser literaria para volverse política, en el sentido más alto del término: ¿qué destino puede tener una sociedad que no comprende que su desarrollo comienza, inexorablemente, en la cultura?
Ninguno que valga la pena ser narrado.
Porque ninguna comunidad será grande por decreto, ni por presupuesto, ni por relato. Sólo empieza a serlo cuando entiende -de una vez y sin excusas- que el desarrollo de la cultura no es consecuencia del progreso: es su condición.
Todo lo demás, la retórica, la gestión, la coyuntura, es apenas administración de lo efímero.-
