Cuando el trabajo también tiene nombre de mujer

POR: Lic. LIZI MEJÍAS – www.ernestobisceglia.com.ar

Hay días que no están hechos para el trámite ni la agenda. Días que obligan a detenerse. El Día del Trabajador es uno de ellos: una pausa necesaria para volver a mirar lo esencial. No las cifras, no los discursos, sino los rostros. Miles, millones de rostros anónimos que juegan su esperanza y su destino a diario en el mundo del trabajo. En las horas más agustiosas de la Patria, cuando el trabajo se ha convertido en la variable de ajuste del mercado, surge la evocación más sentida hacia los trabajadores.

Y entre todos esos rostros, hoy elijo mirar a las mujeres. 

Nuestra historia está marcada a fuego por el sacrificio. Llevamos con nosotras la memoria de aquellas mujeres que ofrendaron su vida para que el mundo despertara y comprendiera la dignidad del trabajo. Ese legado no es solo un recuerdo; es la bandera de derechos humanos que sostenemos hoy para que nadie más tenga que «dejar la vida» en condiciones insalubres o en la búsqueda desesperada de una oportunidad en la calle.

No por un gesto de corrección ni por una moda del lenguaje, sino por una evidencia que atraviesa la historia: el trabajo, para nosotras, casi nunca fue una sola cosa. Siempre fueron dos, tres, muchas vidas superpuestas en una sola jornada. Afuera y adentro. Visible e invisible.

Nuestra memoria está hecha de nombres que no siempre figuran en los libros. Mujeres que trabajaron hasta el límite, que resistieron condiciones indignas, que empujaron -muchas veces con su propia vida- la conciencia de una sociedad que tardó demasiado en comprender que el trabajo sin dignidad es otra forma de violencia. Esa memoria no es pasado: es mandato.

Por eso, cuando hablamos de derechos humanos, no hablamos en abstracto. Hablamos de que nadie tenga que elegir entre comer o enfermarse. De que ninguna mujer tenga que exponerse en la calle sin resguardo. De que el trabajo no sea nunca más sinónimo de desgaste extremo ni de resignación silenciosa.

Pero también hablamos de lo que no se ve.

Porque sabemos -lo sabemos en el cuerpo- que la jornada no termina al salir del trabajo. Que al cerrar una puerta se abre otra: la de la casa, la del cuidado, la de sostener afectos, ordenar el mundo cotidiano, acompañar, contener. Ese trabajo, que no cotiza ni descansa, es el que mantiene en pie a la sociedad entera.

Y, sin embargo, rara vez se lo nombra. Por eso, hoy quiero nombrarlo.

Quiero abrazar a cada trabajador y trabajadora, pero detenerme especialmente en ustedes, compañeras, que hacen de la resistencia una forma de vida y de la entrega, una ética silenciosa. Ustedes que libran la batalla diaria ser mujeres trabajadoras, pero a la vez, repartirse en otras vidas, porque también compañeras, madres, esposas… todo.

Desde mi lugar de mujer y trabajadora, reafirmo una convicción simple y profunda: el trabajo debe ser un espacio de realización, no de sacrificio. Detrás de cada tarea hay una persona, una historia, un proyecto de vida que merece ser cuidado.

No alcanza con reconocer. Hay que transformar. Y esa no es una tarea solamente política sino esencialmente participativa: es hora de participar, de decir, de marchar. De visibilizar al mundo de trabajo y de la mujer.

Por todo eso, que este día no sea apenas una conmemoración, sino un compromiso renovado para que trabajar vuelva a significar vivir con dignidad.

Feliz Día del Trabajador y la Trabajadora.