POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
He fallecido esta mañana…
No sabría precisar la hora porque, entre las muchas descortesías de la muerte, figura la de no entregar certificado de recepción al interesado ni dar explicaciones de los por qué. Lo único cierto es que desperté muerto, una experiencia que, debo reconocer, no figuraba entre mis proyectos inmediatos. De hecho, entre mis urgencias más cercanas estaba una candidatura política, la conquista de una bella mujer y la publicación de mi próxima novela. Pero bueno…
Lo primero que advertí fue que mi cuerpo permanecía tendido sobre la cama, mientras yo lo observaba desde una posición ligeramente elevada. Me sorprendió comprobar que tenía mejor aspecto desde afuera que desde adentro. También debo admitir que mi primera reacción fue de fastidio:
—¡Justo hoy, carajo! —protesté.
Tenía varias cosas pendientes, dos artículos por terminar, un libro que amenazaba con convertirse en otro problema para algunos y algunas discusiones que no estaba dispuesto a abandonar sin presentar mis últimos argumentos.
Pero la muerte, según pude comprobar, no admite recursos de reconsideración. Es más, se maneja con “pronto despacho”. Ojalá la “Justicia” hiciera lo mismo.
Como no respondía llamadas ni mensajes, vinieron por mí y me hallaron en pijama. Una calamidad para un tipo tan coqueto como yo. La noticia corrió como reguero de pólvora. Al poco rato comenzaron a llegar los familiares. Algunos lloraban sinceramente. Otros parecían preocupados por cuestiones de naturaleza administrativa. Hubo quien preguntó por los papeles y hubo quien quiso saber si había dejado instrucciones y quien, con encomiable sentido práctico, averiguó dónde estaban las llaves.
Debo admitir que me conmovió descubrir que mi desaparición había provocado tanto dolor y que mi nombre figuraba en la portada de los principales periódicos. Dicen que era un literato destacado y hasta alguno escribió “Su ausencia deja un irreparable vacío en las letras salteñas y del norte argentino” ¡Caramba! Y yo ni cuenta me había dado.
También me sorprendió la rapidez con que ciertos deudos comenzaron a organizar mi ausencia. Reconozco que fue divertida la escena cuando escribían la esquela para los diarios: “Este era muy amigo” “A esta no la pongamos porque no lo quería”. Y así, el borrador terminó en algo parecido a un informe de la CIA desclasificado. Llenos de tachones y agregados.
—Era un hombre difícil de comprender —dijo alguien.
¡Difícil! ¡Qué manera elegante de llamar insoportable a un muerto! Varios comentaron que “en el fondo” yo había sido una buena persona. Y eso me preocupó porque “en el fondo” significa que había que bucear para hallar alguna virtud. De todas maneras, comprendí que mi reciente condición espiritual me concedía un privilegio extraordinario: podía escuchar todas las conversaciones sin que nadie advirtiera mi presencia.
¡Por fin el periodismo me ofrecía una exclusiva verdaderamente irrepetible!
Decidí entonces que, antes de presentarme ante cualquier autoridad celestial, asistiría a mi propio velatorio, y debo decir que aquello es una experiencia extraordinaria: Ver quiénes acuden, quiénes lloran, quienes fingen y sobre todo, quienes aprovechan mi muerte para decir las cosas que nunca se habían atrevido a decirme en vida. Les recomiendo no desperdiciar esta oportunidad más allá del pequeño inconveniente de estar muerto.
De pronto, escucho: ¡Ya lo llevan! Si, ya vamos para el cementerio. Cesa la rueda de los chistes. Los más “amigos” se apuran a tomar las manijas del ataúd. Alguien se entera de que pedí que mis restos fueran cremados y depositados en la Catedral de Cafayate y dice: – ¿Y hasta ahí tenemos que irnos?
En el cementerio ocurren las escenas más desgarradoras e hilarantes. Compruebo la enorme capacidad histriónica de algunos para componer una tristeza que no sienten. Pero lo mejor son los discursos de despedida:
Un político de algo rango dice ante las cámaras: “Hemos perdido a un gran pensador”. No puedo menos que indignarme si en el velorio comentaba: “Por fin se fue este hijo de puta”. Pero en general, debo admitir, los discursos fúnebres tienen esa peculiaridad de convertir en virtuosos a quienes en vida éramos objeto de críticas. Es la terrible levedad de la condición humana.
Debo admitir que el momento de ingresar mi cuerpo al horno crematorio no deja de ser impresionante, tanto como el luego verme convertido en un paquetito de cenizas y pienso: “Al final, eso era yo?” Y advierto entonces cuántos errores nos hace cometer el ego, que por supuesto, se incineró también.
Por fin, se van con la urna que contiene mis cenizas y me doy cuenta de que ya no necesito nada, de que ya cesaron mis problemas: el banco, el alquiler, los remedios, los esfuerzos. Pienso que me afanado tanto mientras vivía en cuestiones que ahora no son nada. Por fin, he obtenido la libertad absoluta que a la vez encierra una paradoja: Puedo conocerlo todo pero ya no puedo intervenir en nada.
Ahí termina la comedia de las vanidades humanas y comienza el descubrimiento de la naturaleza de la existencia.
Pero entonces comenzó a ocurrir algo extraordinario.
Advertí que podía desplazarme sin moverme. Bastaba pensar en un lugar para encontrarme allí. Ya no existían las distancias ni las fronteras. Tampoco el tiempo parecía conservar aquella tiranía con la que había gobernado mis días. El ayer y el mañana comenzaron a confundirse en una suerte de presente infinito. Por primera vez comprendí que el tiempo no era otra cosa que la manera en que los hombres medíamos nuestra propia finitud.
Sentí entonces que comenzaba a elevarme. Al principio pensé que ascendía hacia algún lugar del universo, pero pronto comprendí que no existían el arriba ni el abajo. Aquello del Cielo y del Infierno, era un cuento para engatusar perejiles. Era mi conciencia la que se expandía hacia dimensiones que mi antiguo cerebro jamás habría podido concebir.
La Tierra comenzó a desaparecer de mi percepción. Con ella se desvanecieron los países, las banderas, las fronteras y aquellas pequeñas disputas por las cuales los hombres somos capaces de odiarnos y hasta matarnos. Qué insignificantes parecían ahora los poderosos que se habían creído dueños del mundo. Qué ridículas sus ambiciones. Qué inútiles sus fortunas.
Y, sin embargo, algo permanecía.
Recordaba el rostro de mis hijos, los abrazos que había dado, las palabras que alguna vez habían consolado a alguien. La mirada de la mujer amada. También recordaba las palabras que habían herido, los afectos que había postergado y las oportunidades de amar que había desperdiciado por orgullo, por miedo o por esa estúpida costumbre humana de creer que siempre habrá tiempo.
Descubrí entonces que el universo no conservaba registro de mis títulos, mis reconocimientos ni mis pequeñas victorias intelectuales. Pero de alguna manera permanecían las consecuencias de mis actos sobre los demás.
Comprendí que ninguna existencia termina verdaderamente en sí misma. Somos, en buena medida, aquello que dejamos viviendo en otros.
Y entonces percibí una Presencia.
No tenía rostro, nombre ni forma. Tampoco escuché una voz. Era una conciencia inmensa -una supraconciencia, anterior a todas las palabras, de la cual yo parecía formar parte desde siempre.
Comprendí que no estaba llegando a ningún lugar. Estaba regresando.
Durante toda mi vida había buscado respuestas sobre Dios, el alma y la eternidad. Había discutido con creyentes y descreídos, con sacerdotes y filósofos. Había desconfiado de quienes pretendían administrar las certezas del universo y cobrar entrada para acceder a la salvación.
Ahora advertía que ninguna de aquellas disputas había conseguido modificar lo esencial; que la existencia era infinitamente más vasta que nuestras explicaciones sobre ella.
Y comprendí algo todavía más perturbador: durante tantos años había confundido mi cuerpo con mi ser, mi nombre con mi identidad y mis posesiones con mi riqueza. Había llamado vida a una breve experiencia de la conciencia y muerte al momento en que esa experiencia cambiaba de forma.
¡Qué formidable equivocación! No había dejado de existir. Simplemente había dejado de ser aquello que creía ser.
Entonces recordé mi cadáver sobre la cama, los discursos del cementerio, las cenizas y aquella absurda preocupación por los asuntos que dejaba pendientes.
Y por primera vez desde aquella mañana no sentí fastidio, ni nostalgia, ni temor.
Sentí gratitud.
Gratitud por haber vivido, por haber amado, por haberme equivocado y por haber tenido la oportunidad, tantas veces desaprovechada, de hacer un poco menos dolorosa la existencia de otros.
Porque finalmente comprendí que el sentido de la vida no estaba en cuánto habíamos conseguido acumular, sino en cuánto de nosotros habíamos sido capaces de entregar.
Y allí apareció la última revelación.
La muerte no existía. Lo que terminaba era nuestra manera de estar en el mundo. Todo lo demás continuaba, aunque de una forma que ninguna palabra humana podía explicar.
Me disponía a internarme definitivamente en aquella inmensidad cuando recordé, con una última sonrisa, que había dedicado mi vida al periodismo y a la literatura. A enseñar y que acababa de descubrir la noticia más extraordinaria de todos los tiempos.
Lamentablemente, ya no tenía cómo publicarla. Aunque, pensándolo bien, tal vez no hiciera falta.
Porque quizás la verdadera tarea de los vivos no sea averiguar qué hay después de la muerte, sino descubrir, antes de que llegue, qué merece la pena haber vivido. –