POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Si Dante Alighieri tuviera que escribir hoy su Divina Comedia, probablemente necesitaría agregar un décimo círculo al Infierno. No tanto por la cantidad de pecadores, sino por la aparición de una nueva categoría de personajes que ni su imaginación medieval habría podido concebir: los gobernantes que convierten sus discursos en espectáculos donde la razón parece haber solicitado licencia por tiempo indeterminado.

Erasmo de Rotterdam, en su Elogio de la locura, planteaba una cuestión inquietante: ¿quiénes son verdaderamente los locos? ¿Aquellos que se apartan de la razón o quienes, convencidos de poseerla, pretenden imponer sus disparates como verdades universales?

La pregunta recupera una extraordinaria actualidad.

Donald Trump, presidente de la primera potencia mundial, ha incorporado recientemente a su repertorio oratorio una modalidad de comunicación que podríamos denominar onomatopeya presidencial. Durante sus intervenciones en Carolina del Sur y Iowa, interrumpió frases con sonidos guturales y extrañas vocalizaciones que dejaron perplejos a quienes intentaban seguir sus razonamientos.

No sabemos si estamos asistiendo al nacimiento de una nueva escuela de retórica o a una versión política del teatro del absurdo de Eugène Ionesco. Lo cierto es que, entre exclamaciones, gesticulaciones y digresiones, el discurso presidencial adquiere por momentos características que harían palidecer de envidia a cualquier comediante.

Y mientras Trump experimenta con la fonética, nuestro Javier Milei decidió incursionar en la mitología griega.

Durante una conferencia en la Universidad Torcuato Di Tella, el Presidente ofreció una interpretación de Filoctetes, la tragedia de Sófocles, incorporando algunas novedades que seguramente habrían sorprendido al propio dramaturgo.

Para comenzar, rebautizó a Odiseo como Eliseo. No una vez, como producto de un desliz involuntario, sino reiteradamente. De modo que el astuto héroe de la guerra de Troya terminó convertido en un personaje cuyo nombre nos remite inevitablemente al encargado de edificio interpretado por Guillermo Francella.

Imaginemos la escena: Eliseo negociando con Filoctetes la recuperación de su arco a cambio de una reducción en las expensas del Olimpo.

Pero las innovaciones no terminaron allí. Milei también confundió a Neoptólemo, hijo de Aquiles, con Patroclo, que no era su sobrino, como afirmó el Presidente, sino su compañero de armas y amigo entrañable. La interpretación de la tragedia incluyó, además, una reconstrucción bastante libre de sus acontecimientos.

Homero, desde el Hades, debe estar reclamando derechos de autor. Sófocles, por su parte, seguramente habría pedido que se suspendiera la representación por falta de fidelidad al libreto.

Ahora bien, sería mezquino convertir un error de cultura clásica en una cuestión de Estado. Todos podemos equivocarnos, incluso quienes hemos pasado buena parte de nuestra vida entre libros.

La cuestión adquiere otra dimensión cuando el gobernante utiliza sus conocimientos como instrumento de autoridad intelectual y pretende extraer de ellos enseñanzas morales para sus contemporáneos.

Porque una cosa es equivocarse al citar a los griegos y otra muy distinta es construir una lección sobre la verdad a partir de una historia mal contada.

Y aquí aparece el verdadero problema.

La política contemporánea parece haber descubierto que la espectacularidad puede reemplazar al argumento. Ya no importa demasiado la consistencia de lo que se dice, sino la contundencia con que se pronuncia. El gesto sustituye al razonamiento; el volumen de la voz, a la profundidad de las ideas; y el aplauso termina funcionando como certificado de sabiduría.

Trump puede transformar un discurso en una sucesión de sonidos, mientras su subalterno, Milei, puede incorporar personajes nuevos a la literatura clásica. Ambos episodios son distintos, pero permiten reflexionar sobre una misma degradación del debate público: la facilidad con que el espectáculo desplaza al pensamiento.

Lo verdaderamente inquietante no está necesariamente sobre el escenario, sino también en la platea. 

Porque cuando una sociedad renuncia a examinar críticamente las palabras de sus gobernantes, termina confundiendo la extravagancia con la genialidad y la soberbia con el conocimiento.

Quizás Erasmo se equivocó al dedicar su obra a la locura. Debió haber escrito un elogio de quienes la aplauden.

Y entonces volvemos a Dante para decir que cuando escribió sobre la puerta del Infierno aquella advertencia inmortal: «Abandonad toda esperanza, vosotros que entráis»; tal vez, hoy, debiera modificarla y escribir: «Abandonad toda esperanza de encontrar una explicación razonable. Y, por favor, no olvidéis aplaudir».

Porque, al fin y al cabo, el problema no es que haya un loco y un reloco. El problema comienza cuando nadie se atreve a decirles que el espectáculo ha terminado.