POR: LIC. RODOLFO CEBALLOS – www.ernestobisceglia.com.ar
El experimento institucional de un capitalismo tecno-financiero casi se instala en Brasil, por segunda vez. Si triunfaba, se habría confirmado que el autoritarismo que busca retornar cíclicamente en América Latina es real, tiene consenso popular y juega con un partido político para penetrar a la democracia demolibereal.
La ola bolsonarista aprovechó las dos variables en las dos flaquezas en las que se basa la última década de Brasil: una gobernabilidad para el descontento de la población por un programa económico duro, y el desencanto ciudadano hacia la democracia representativa y electoralista.
Lula logró conjurar, por el momento, el riesgo autoritario que puede arruinar la democracia de una de las potencias industriales del mundo. El daño habría sido inmenso si no salía reelecto. El bolsonarismo quería entregar la geopolítica brasileña multipolar a los designios de un solo presidente: el unipolarista Donald Trump
Ahora Lula podrá continuar la estrategia nacional de estar un poco en los Brics y otro con la mira en América Latina, y hacer que Brasil no sea absorbido por la doctrina del trumpismo, el unicato del orden internacionalista.
Es sensato pensar que el Lula presidencia IV, luego de vencer a los dos políticos más influyentes de la oposición, Bolsonaro padre y Flavio Bolsonaro, debe prepararse para ser un equilibrista del poder pragmático.
No hay dudas de que en el juego de ajedrez de Trump usa para con Brasil, no está lejos el movimiento de tres piezas clave de su doctrina: las presiones comerciales, las sanciones financieras y las exigencias de seguridad para disputarle algún aspecto de la soberanía política ostentada por la Cancillería brasileña.
La cara del líder del poder pragmático brasileño tendrá este perfil: sostener un alineamiento moderado con China. Esto evitará que se rompa el equilibrio tolerado que Trump establecerá en la relación bilateral con Brasil.
Otro perfil será mantener el diálogo comercial con EEUU y trazar límites precisos para que la doctrina Donroe no se alce con todas las reservas de minerales críticos y tierras raras. EE.UU. las necesita para seguir haciendo la guerra en sus históricos conflictos internacionales.
El presupuesto de defensa de Estados Unidos sostiene aproximadamente entre 7 y 10 operaciones de conflicto activo en distintos grados de involucramiento directos e indirectos. Además, realiza actividades de presencia e inteligencia en más de 80 países a nivel global, según una síntesis de la información que circula en publicaciones dedicadas a expurgar el belicismo de Trump.
Seguramente, el Lula IV será juzgado por el perfil decidido de cómo cuidó a las instituciones democráticas para que no la contaminen decisiones políticas y judiciales “iliberales” (inconstitucionales) de adentro y de afuera.
Desde una visión más soberana del país, la historia contará de qué manera Lula puso el pecho para proteger la autonomía exterior de su país frente al oleaje del unipolarismo del Norte. Algo así como la reafirmación de que “Brasil no es el patio trasero de nadie”.
Por otra parte, los brasileños le exigen cuidar la propiedad privada, encarar las necesidades básicas insatisfechas y la vida misma. Hasta ahora el país no pudo solucionar los altos índices de desigualdad social: ingresos, riqueza, racial, geográficas, brechas territoriales y accesos a servicios. La gran deuda social es terminar con los homicidios y el crimen organizado. Este fenómeno es uno de los traumas más aterradores del país.
Hay que recordar que el bolsonarismo se tomó de esos indicadores para prometer “mano dura” por medio de discursos y prácticas punitivistas que la clase media antilulista valoró a la hora del voto. Es que la inseguridad ciudadana es el límite para cualquier político que busca ser elegido en las urnas.
A pesar de que las estadísticas de inseguridad urbana bajaron, el año pasado se registraron 40.775 muertes violentas intencionales (homicidios, latrocinios, lesiones corporales seguidas de muerte y muertes en intervenciones políticas).
Es tan irreductible la muerte en las calles brasileñas que el mundo académico de distintas universidades extranjeras no deja de hacer investigaciones particulares sobre las características de los hechos criminales y analizar las correlaciones entre gobernabilidad, violencia intencional y amenazas a la democracia y al Estado de derecho.
La presión trumpista exterior y la interior del crimen organizado som semejantes como extremos excepcionales de la democracia brasileña. Son dos riesgos políticos del país que pueden desestabilizar el orden establecido. La violencia criminal llama la atención científica del mundo.
En los anales académicos, por ejemplo la Biblioteca Digital Brasileña de Tesis y Disertaciones, existen más de 15.000 investigaciones universitarias y artículos científicos sobre las dinámicas criminales.
Los departamentos de Criminología, Ciencia Política y Sociología de universidades como Harvard, Johns Hopkins, Oxford, Sorbona, Escuela de Ciencias Económicas y Políticas de Londres y la Universidad de Chicago mantienen líneas de investigación permanentes sobre el caso brasileño.
Es por eso que Lula IV no puede actuar solo en la región y deberá, en este mandato, diseñar por fin respuestas coordinadas con otros países latinoamericanos en temas de crimen organizado transnacional. Si no lo hace, la Casa Blanca se lo exigirá de una manera poco diplomática por lo ideologizada.
Por su parte, Salta puede con Lula continuar su integración comercial. Hay empresas brasileñas proveedoras de mineras, todas aprovechables para multiplicar proyectos industriales. Son fabricantes de bienes de capital, ingeniería y tecnología aplicada que operan de manera transnacional.
En los años que esperan a su cuarta presidencia, los desafíos son muchos más grandes que en las tres gestiones anteriores. En el próximo mandato deberá convertir a la política del estadista que tiene en su mejor arte: gobernar sin mayoría legislativa, hacer un ajuste fiscal con apoyo social y cambiar, cuántas veces sea necesario, la geoeconomía que más le convenga a Brasil. Es la historia presente del Lula trapecista y sin red.
