Sarmiento…, perdónalos porque no saben lo que hacen

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Fueron años felices, cuando el 11 de setiembre, llegábamos al colegio con un obsequio para la “señorita maestra”; aunque en nuestro caso, en el Colegio Belgrano, eran docentes jubiladas que tenían una formación propia de un académico, pero eran “la señorita”. Y su palabra era ley: “Lo dijo la señorita”. Era aquel el resultado de la Ley 1420, de inspiración sarmientina y promulgada por ese fundador de la República contemporánea, Julio Argentino Roca.

Porque aunque se rasquen con un marlo, aquella educación y aquel país, supérstite hasta la década de los ‘90, del siglo pasado, más o menos, era el resultado de aquellas brillantes mentes que organizaron el país.

No por conocida deja de resultar apropiado recordar la anécdota que nos relata que cuando en 1869 el primer Censo Nacional puso ante los ojos de Domingo Faustino Sarmiento la magnitud del atraso educativo argentino, con una población en la que aproximadamente siete de cada diez habitantes no sabían leer ni escribir, el sanjuanino no propuso una comisión, ni un diagnóstico, ni una mesa de diálogo. Entendió que un país que quería dejar atrás el atraso necesitaba, antes que nada, conocimiento. Y la respuesta que quedó asociada a aquel momento resume toda una concepción de gobierno: “Escuelas, escuelas, escuelas”. Porque Sarmiento comprendió algo elemental que todavía hoy solemos olvidar: ningún proyecto de país puede ser más grande que la conciencia de su pueblo.

Lamentablemente, la recuperación de la democracia nos trajo la aplicación de AGNOSTOLOGÍA como política de Estado; es decir, la producción y difusión deliberada de ignorancia o duda, especialmente cuando esa ignorancia beneficia a alguien. El término fue acuñado por el historiador de la ciencia Robert N. Proctor para estudiar, entre otras cosas, cómo determinadas industrias fomentaron deliberadamente la incertidumbre sobre conocimientos científicos.

El traidor al peronismo y a la Patria, Carlos Menem, comenzó el desguace la educación pública argentina con la Ley Federal de Educación, proceso que profundizó el kirchnerismo con la Ley Nacional de Educación y la instalación en el imaginario colectivo de los educandos que el maestro no tenía autoridad y la escuela era un redil para contener cada vez menos alumnos y más asnos.

Ni el gobierno de Mauricio Macri y mucho menos este libertario llamado Javier Milei, han hecho nada tampoco por recuperar la excelencia del estudio como herramienta de progreso. Por el contrario, actualmente se trata de ultimar a la universidad y al sistema educativo con una posible “Ley de Libertad Educativa”, que pronostica el hundimiento del conocimiento en la Argentina.

Por eso, no nos sorprenden los resultados de las pruebas PISA, que revelan un país al borde de la desintegración intelectual, con alumnos cada vez más próximos a tener menos criterio que un simio. No es una casualidad sino una operación deliberada para echar cada año manadas de  semianalfabetos a las calles.

La maniobra es perversa porque tiende a partir al Estado en castas; una privilegiada, con acceso a los altos niveles de estudios y una enorme masa gris, sin capacidad de discernimiento, sólo movida por impulsos emocionales y cada vez más básicos.

Una política malversada a propósito durante el kirchnerismo, hizo “estudiar” una historia argentina tijereteada y procaz incluso, donde se juzgó a hombres que vivieron las circunstancias de un país hace 180 años, con un criterio actual; filocomunista y maquiavélico, donde unos eran buenos y otros malos según los intereses del grupo dominante.

Nuestra generación, al menos, puede pensar y comprender el grado de salvajismo al que nos están llevando, podemos leer los periódicos, analizar y sacar conclusiones. Hemos conocido a los clásicos y disfrutamos de las noticias de actualidad, gracias a que allá en los grados y en los cursos del secundario, tuvimos programas de estudio serios y docentes extraordinariamente formados.

Por eso, en el Día del Maestro, en lugar de una manzana para la señorita, elevamos como una plegaria laica y decimos: “Sarmiento, perdónalos porque no saben lo que hacen”. –

© – Ernesto Bisceglia