¿Y qué pasa si cambiamos todo el gabinete de gobierno por agentes IA?

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Todo el mundo habla o incluso utiliza la Inteligencia Artificial, pero pocos advierten que ya no estamos frente a una herramienta novedosa sino ante algo potencialmente más inquietante: un sistema capaz de modificar hasta la forma misma en que se gobierna.

La IA está dejando de ser el “alcanzame” tecnológico de hace apenas unos años para comenzar a desarrollar procesos de autocorrección y aprendizaje autónomo. Silicon Valley no está revolucionado por moda, sino por preocupación. Algo cambió de escala.

Esto fue anticipado por Yuval Noah Harari en el Foro de Davos, aunque para buena parte de la prensa resultaran más atractivas las divagaciones de Donald Trump o las excentricidades del psiquiátrico político de Javier Milei. Allí se planteó con claridad que estamos frente a una revolución que empieza a definir el futuro inmediato de todos nosotros.

Para decirlo de manera simple: si la IA ya puede escribir código, analizar datos complejos y optimizar procesos, también puede mejorar versiones futuras de los sistemas que la componen. Como sostiene Harari, la IA ya no es solamente una herramienta; comienza a comportarse como un agente.

Y esto no pertenece al terreno de la especulación, ya es una realidad tangible.

En 2025, Albania nombró un sistema de IA llamado Diella como Ministra de Estado para la Inteligencia Artificial, encargado de analizar procedimientos administrativos y detectar irregularidades. Estonia, por su parte, es probablemente lo más cercano a un “Estado algorítmico”: allí la IA analiza trámites ciudadanos, recomienda decisiones administrativas y numerosos servicios funcionan con mínima intervención humana directa.

En Emiratos Árabes Unidos, mientras tanto, la burocracia estatal se reduce mediante automatización masiva de procesos públicos. Y un dato clave: según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, más del 60 % de los países desarrollados ya utilizan sistemas de inteligencia artificial en servicios gubernamentales.

Hasta hace poco la IA ayudaba a mejorar el trabajo humano; ahora comienza a realizarlo mejor en un número creciente de disciplinas. Como advierte Harari: esta es una experiencia que el mundo entero está a punto de atravesar. Conviene, entonces, ir poniendo las barbas en remojo.

Un gobierno salteño manejado por la IA

Traigamos estos datos -argumentales pero ya perfectamente reales- a nuestra escala doméstica.

Como he señalado en repetidas oportunidades, el principal problema del gobierno de Salta no es la conducción política sino el equipo que acompaña al gobernador Gustavo Sáenz. Porque una cosa es conducir un carro tirado por caballos árabes y otra hacerlo con jumentos: se pierde alcance, velocidad y, sobre todo, tiempo.

Imaginemos entonces que mañana el gobernador Sáenz, decide reemplazar a sus ministros por agentes de inteligencia artificial diseñados para cada área específica.

Tomemos un solo ejemplo: Turismo. No se trata de una disciplina que requiera un egresado de Harvard, sino información adecuada, imaginación estratégica y capacidad de decisión.

El viernes por la mañana, el gobernador introduce un simple pedido (prompt, que le llaman):

“Preparame un plan de promoción turística de Salta que reduzca costos y mejore la oferta. Diseñá campañas audiovisuales, agenda de medios nacionales e internacionales, estadísticas actualizadas de capacidad hotelera, competitividad de precios y un calendario anual de eventos comercializables”.

Luego se va tranquilamente a cantar con el Chaqueño Palavecino a la Serenata.

Cuando regresa, el informe está completo, integrado y con un margen de error infinitamente menor al habitual.

El ejemplo permite dimensionar cuánto dinero público podría ahorrarse y cuánta estructura administrativa dejaría de ser necesaria para obtener resultados que, evidentemente, hoy no aparecen o aparecen mal. La relación costo-beneficio sería, sencillamente, sideral. Incluso evitaríamos ciertos papelones ministeriales que periódicamente nos ofrece la realidad, como ministros sumergidos y esas cosas.

Y así podría pensarse cada área del gabinete. El resultado sería, probablemente, extraordinariamente eficiente tanto para la provincia como para el propio gobernador en términos políticos.

Lo más inquietante sería descubrir que la única discusión pendiente ya no sería política sino dónde enchufar el gabinete.

Que nadie se enoje: este escenario, que suena doméstico o exagerado, ya se ensaya en distintas partes del mundo, aunque todavía no a escala ministerial plena.

Pero entonces surge la única pregunta verdaderamente importante: ¿de qué va a vivir toda esa gente cuando el trabajo administrativo deje de ser necesario? Allí aparece la gran cuestión social del siglo XXI.

Imaginemos ahora el mismo modelo aplicado a un Concejo Deliberante. En lugar de escuchar discursos sobre la importancia zodiacal de ser de Virgo, el presidente presentaría el orden del día a una IA y simplemente indicaría: “Analizá estos proyectos, elaborá diagnósticos y redactá las ordenanzas necesarias para regularlos”. Enter. Trabajo terminado. Claro, también habría que contar con un presidente que comprenda de qué estamos hablando.

Señores, el mundo ha cambiado. Algunos todavía repiten en Salta: “Bueno, pero hasta que eso llegue aquí…”. No advierten que ya está entre nosotros, operando silenciosamente como una mancha de aceite que avanza sin pedir permiso.

Y quizá el verdadero problema no sea que las máquinas comiencen a gobernar, sino que descubran cómo hacerlo mejor.

© – Ernesto Bisceglia

Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa obra ensayística y narrativa sobre historia argentina, política, religión y cultura cívica, con más de treinta libros y ensayos con premios nacionales e internacionales. Columnista en diversos medios y conferencista, desarrolla una mirada crítica e histórica sobre el poder, la democracia y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.