Y Dios creó a la mujer: El corazón silencioso de la historia

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Siempre, todo elogio de la mujer será mezquino, pequeño, ante la dimensión espiritual y humana de la mujer.

El hombre -dice el Génesis- fue formado del polvo de la tierra. Fue modelado como se modela una vasija: barro, agua, manos y aliento. Una criatura levantada desde lo elemental, desde la sustancia humilde de la creación. Desde el humus, por eso somos humanos.

Y Adán sintió que todo estaba muy lindo, pero… faltaba algo. Entonces nació la mujer fruto de una inspiración, nada menos que divina. El texto sagrado lo narra con la sencillez de las cosas profundas: “Entonces Jehová Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán; y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas… y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer” (Génesis 2:21-22).

No fue moldeada desde la tierra, sino desde el propio misterio de la vida. No desde el polvo, sino desde el corazón mismo de la Creación. En esta razón reside lo extraordinario y sublime de la mujer.

Analicemos la historia y su sucesión de imperios que surgen, caídas y renacimientos, y hallaremos siempre en su centro silencioso la presencia de una mujer.

Fue la mujer la causa de la caída de Troya, el surgimiento de Roma, pero también, el relicario de la redención del hombre con María. Ella calla tanto alegrías como penas y a modelo de la Madre “las meditaba en silencio en su corazón” (Lc. 2, 19)

¡Meditemos sobre la grandeza de la mujer! Origen de la familia, primera escuela del mundo y tantas veces, el último refugio de la esperanza.

En cada hombre hay, inevitablemente, una mujer en su origen: una madre que lo sostuvo cuando todavía no sabía caminar, una maestra que le enseñó las primeras palabras, una compañera que le recordó cuando el mundo parecía derrumbarse, que la vida sigue siendo posible.

Las civilizaciones levantaron catedrales, escribieron constituciones, fundaron repúblicas y conquistaron continentes. Pero ninguna obra humana fue jamás tan decisiva como esa silenciosa arquitectura que las mujeres construyen todos los días: la de la vida que comienza, la del hogar que resiste, la de la memoria que se transmite.

No existen grandes hombres sin una mujer al lado, porque es la que sostiene la lámpara mientras él busca el camino del destino. Tal vez sea esa la razón por la cual la Biblia reservó para la mujer un origen distinto.

Es paradójico que siendo que la historia comenzó a través de la mujer, esté repleta de mujeres que no figuran en los monumentos.

No aparecen en los bronces ni en las páginas solemnes de los manuales. No encabezaron ejércitos ni firmaron tratados. Pero sin embargo, sostuvieron algo mucho más frágil y mucho más decisivo: la continuidad de la vida.

Mientras los hombres escribían la historia con espadas, leyes o discursos, las mujeres la escribían con gestos casi invisibles: una mano que calma, una palabra que orienta, una mirada que enseña a distinguir el bien del mal.

Bien ha retratado la literatura esa grandeza de la mujer. Honoré de Balzac decía que “el corazón de una madre es un abismo en cuyo fondo siempre se encuentra perdón”.

Y Víctor Hugo dejó escrito que el paraíso de un hombre estaba “a los pies de su madre”.

Ellas guardan en su corazón el secreto abismal de la historia, que la vida no se sostiene con fuerza, sino con ternura.

Y así, de generación en generación, las mujeres han sostenido el hilo invisible que mantiene unida a la humanidad; como Madres, como Hijas, como Maestras y como Compañeras. Sí, todas con mayúsculas.

Por eso, cuando uno vuelve al antiguo relato del Génesis, tal vez comprende mejor aquella escena primigenia: el hombre fue creado del polvo de la tierra, pero la mujer fue creada desde algo mucho más profundo, desde esa necesidad de que el mundo no estuviera solo.

Acaso por eso, cuando un hombre mira hacia atrás en su propia vida, descubre siempre la misma verdad sencilla y conmovedora, la que le enseña que en algún momento, cuando todo parecía incierto, hubo una mujer que lo sostuvo de la mano y le enseñó a caminar.

Y no existe sobre la faz del planeta milagro más simple y también más maravilloso. –

© – Ernesto Bisceglia