POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
RESUMEN: La nota cuestiona una religiosidad centrada en el rito y el miedo, que ha desvirtuado el mensaje liberador del Evangelio. Sostiene que Cristo no vino a imponer normas, sino a transformar al hombre desde la libertad, el amor y la dignidad. Denuncia una Iglesia más cercana al poder que a los marginados, en contraste con el Jesús histórico. Y plantea que la verdadera esencia del cristianismo está en el espíritu que vivifica, no en la letra que oprime.
“No volvió para que lo sigamos llorando, sino para que empecemos a vivir.”
La cristiandad, desde tiempos inmemoriales, agotó su espiritualidad en el rito. En las formas, en las señas, en las ceremonias. Las formalidades impuestas por la jerarquía eclesiástica católica privaron al Evangelio y a la misma figura del Cristo de su potencialidad liberadora.
Eso pudo ser posible porque jamás se enseñó la esencialidad del mensaje evangélico. La “Buena Nueva”, se transformó en un catecismo reducido donde el temor subyacía como rasero -medida- de las “cosas que son y de las que no son”, como dirían los griegos. De forma, que al final, la religión terminó siendo más algo destinado a las “cosas que no son” (El que pueda entender, que entienda).
Para decirlo en términos más llanos, la que originalmente fue una prédica de amor, de igualdad, de inclusión y de salvación, terminó convertida en un mensaje que jibarizaba -reducía- la espiritualidad y las mentes a un “no pensar que ya todo está escrito”. Esto se evidenciaba en los retiros espirituales de nuestra adolescencia donde no se podía preguntar nada ni observar nada, porque “Ya todo está previsto”.
Esos “retiros” no resultaban liberadores ni mucho menos sanadores, sino que eran verdaderas sesiones de lavado de cabeza donde se convencía a los párvulos que asistíamos de que éramos la resaca de la humanidad, culpables de la terrible muerte del Cristo por nuestra culpa.
Y uno se preguntaba… ¿Qué culpa tengo yo que nací dos mil años después de los pecados que cometieron los que estaban hasta el año 33, bajo el imperio de Tiberio? En lugar de “retiros espirituales”, deberíamos habernos constelado para ver qué culpa de nuestros ancestros debíamos pagar.
Prácticamente nadie ha leído los Evangelios, insisto siempre en el de Juan, que es profundamente teológico. Nada más que el Prólogo al Evangelio joánico es ya una cátedra del origen, destino y liberación que nos propone el Padre: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn, 1,14).
Es el corazón del prólogo joánico: no una idea, no una abstracción… sino Dios metido en la intemperie humana.
¡Habitó entre nosotros! El Hijo del Hombre era uno más. Nos enseñaban que Jesús es “nuestro hermano mayor”, que era “un ser humano como todos nosotros”. Y entonces, inevitablemente, uno se preguntaba -y se pregunta- ¿Y entonces por qué el tipo vivía sufriendo? ¿Por qué siempre debíamos mirar al Cristo del dolor? ¿Por qué la iconografía venera al hombre muerto, yacente?
Si nos vendieron que Cristo —bah, Jesús— era tan humano, ¿qué tenía de malo que se hubiese acostado con la Magdalena? ¿O era humano sólo para sufrir y no para gozar? Raro este humano…
Dirán los recalcitrantes que desvarían en esas perversas logias preconciliares y ultramontanas: «Era igual a nosotros, menos en el pecado» Si Cristo, amaba a la Magdalena ¿Amar es un pecado? Chicos, creo que no están calibrando bien la ontología del amor.
¡Si la Gloria del Cristo es haber resucitado! En la Semana Santa (un invento de larga evolución desde el Concilio de Nicea en 325), se venera la cruz, el patíbulo, pero el domingo no aparece el Cristo triunfante, sigue nomás en la cruz.
Esto tiene una explicación pedagógica: la Iglesia Católica (otro invento de Constantino, después del Edicto de Milán en 313), necesitaba combatir el «escándalo» de la ignorancia o la falta de fe. Entonces se inventaron las procesiones con imágenes de madera. Se buscaba el impacto social, que el testimonio no fuera sólo un discurso, sino una «evidencia que se puede verificar en la práctica» a través de los sentidos.
La «Buena Nueva» versus La Norma
Cristo no predicó un código legalista; de hecho, no escribió nada y gran parte de su conflicto con los fariseos y escribas fue precisamente por priorizar la norma sobre el ser humano. El mensaje original se centraba en el cambio profundo de la mente (metanoia) y en el corazón y en la LIBERTAD de los hijos de Dios.
El problema para la jerarquía eclesiástica es que si los fieles leen en profundidad las Escrituras, inevitablemente los alcanza la Luz y entonces ellos pierden el poder de dominar a las masas.
Por eso convirtieron a la religión en ritos puramente formalistas, sustituyendo a la «liberación» por la «obediencia ciega», y así se perdió ese fuego transformador que buscaba dignificar al marginado.
El Jesús Histórico y la Justicia Social
Nada más un ejemplo nos dará un panorama claro: ¿Han visto a los grandes jerarcas católicos rodeados de pobres, marginales y prostitutas en sus mesas? (De lo último podríamos conversar…) O ¿Quienes son los que entornan a los obispos, arzobispos y al mismo Papa? Los poderosos.
Si analizamos el Evangelio, Jesús se presenta como alguien que rompe las barreras sociales de su época. Comía con los «impuros». Dignificaba a las mujeres en una sociedad patriarcal.
Criticaba abiertamente la acumulación de riqueza y el abuso de poder. La sociedad de ese momento lo acusaba de promiscuo: «Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: He aquí un hombre glotón y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores. Pero la sabiduría es justificada por sus hijos.» (Mateo 11:19).
El Jesús de Galilea es una figura incómoda para la jerarquía católica, porque su “modus vivendi” rompía -y rompe- con los modos y las formas de las estructuras eclesiásticas. Por eso, han intentado «domesticar» a Jesús para que su mensaje no resulte tan peligroso para el statu quo, tanto eclesiástico como político.
El Espíritu frente a la Letra
Con lo apasionante que resulta el tema, el espacio es mezquino para proveer de mayores evidencias de que estamos frente a una gran mascarada histórica de los tonsurados.
Jesús, vino al mundo caminar con nosotros, no a permanecer colgado de un madero.
Luego de los Evangelios, hay que meditar a San Pablo, y él decía que «…el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica.» (2Cor. 3,6).
Y “nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto” ¿Quiénes somos los ministros? ¡Usted, que lee estas líneas! ¡El que sale a trabajar todos los días y ganar el pan! ¡La madre que cuida de sus hijos con devoción! ¡El humilde, el que sufre… todos los que han recibido la Revelación y “Y lo que vio y oyó, esto testifica; y nadie recibe su testimonio. El que recibe su testimonio, éste atestigua que Dios es veraz.” (Jn. 3-32,33). ¡Y es veraz!
Jesús vino a traernos la dimensión del Amor, de la Paz y el Bien. Ojalá aprendamos a vivir en el testimonio de la Verdad, sin olvidar aquella sentencia de Pablo: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe” (1 Corintios 15,14).
Todo lo demás es piedra, mármoles, oro, lujo y ornamentos. Poder, dinero y soberbia eclesiástica. –
Las formas (ritos, jerarquías rígidas, burocracia espiritual) suelen ser estáticas.
Pero el Evangelio es dinámico y disruptivo.-
© – Ernesto Bisceglia
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