Viernes 13: Los Templarios, el esoterismo y esa curiosa manía humana de tentar al destino

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Cuestiones hay que ni la Inteligencia Artificial podrá eliminar y son aquellas relacionadas al mundo de la magia, el esoterismo y las supersticiones; seguramente, porque no anidan en la mente sino en el alma de los pueblos. Más allá de que muchas estén más relacionadas con la ignorancia que con la metafísica.

Así, hay supersticiones que nacen en la penumbra de los siglos y otras que parecen inventadas por un novelista con afición a las conspiraciones medievales. El viernes 13 pertenece a esa segunda categoría: un mito moderno que, a fuerza de repetirse, ha logrado adquirir la respetable pátina de la antigüedad.

La historia que suele invocarse para justificar su mala fama conduce inevitablemente a una fecha precisa: el 13 de octubre de 1307. Aquella mañana de viernes, por orden del rey Felipe IV de Francia, fueron arrestados simultáneamente en todo el reino los miembros de la poderosa Orden de los Caballeros Templarios.

La operación fue tan rápida como eficaz. Los templarios -caballeros guerreros, banqueros improvisados y custodios de un poder económico considerable- fueron acusados de herejía, blasfemia, idolatría y otros pecados que, en la Edad Media, solían tener una utilidad política muy conveniente.

El proceso contó con la aprobación -una lisa y llana traición del Papa Clemente V, como suele suceder cuando alguien se confía a la organización católica-, que aprobó la disolución de la Orden y la ejecución de su último gran maestre, Jacques de Molay.

Para más condimento, en la hoguera, Molay, maldijo al rey y al Papa, anunciándoles que antes de un año estarían con él; cosa que efectivamente sucedió.

Desde entonces -al menos según la leyenda- el viernes 13 quedó marcado como un día ominoso.

Naturalmente, la explicación histórica es menos sobrenatural y bastante más terrenal. Los Templarios poseían tierras, castillos, flotas comerciales y un sistema financiero que anticipaba, con varios siglos de adelanto, algunas funciones de la banca moderna. En términos sencillos: el rey de Francia estaba profundamente endeudado con ellos.

Y cuando un monarca medieval no podía pagar una deuda, a veces optaba por una solución creativa: convertir al acreedor en hereje.

La superstición vino después, como una capa de barniz simbólico sobre una maniobra política.

El número trece, por otra parte, ya arrastraba una reputación sospechosa. En la tradición cristiana se recordaba que en la Última Cena había trece comensales y que el decimotercero, según la tradición, fue Judas Iscariote. El viernes tampoco gozaba de gran prestigio en la imaginería religiosa, pues se lo asociaba con la crucifixión.

Cuando ambos elementos se combinaron, el resultado fue una pequeña tormenta simbólica que sobrevivió con admirable persistencia hasta nuestros días.

Pero el asunto se vuelve todavía más interesante cuando uno se interna en los territorios siempre brumosos del esoterismo. Desde el siglo XVIII, algunas tradiciones iniciáticas comenzaron a ver en la caída de los Templarios algo más que un episodio político. Según estas lecturas, ciertos saberes de la orden habrían sobrevivido en corrientes esotéricas posteriores, particularmente en algunas ramas de la Francmasonería.

No hay pruebas concluyentes de esa continuidad, aunque la imaginación europea siempre ha sido muy generosa con las genealogías secretas. Lo cierto es que el misterio templario con sus símbolos, juramentos y leyendas se convirtió en una fuente inagotable para la literatura y la especulación histórica.

El resultado es curioso: un hecho político del siglo XIV terminó alimentando una superstición moderna, la cual a su vez fue absorbida por la cultura popular, las novelas conspirativas y cierta fascinación contemporánea por los enigmas medievales.

Todo ello sin que la mala suerte del viernes 13 haya podido ser jamás demostrada por la estadística.

En estas cosas conviene recordar la ironía del gran semiólogo Umberto Eco, quien solía advertir que “ser supersticioso trae mala suerte”.

La frase tiene la elegancia de las paradojas bien construidas. Las supersticiones sobreviven no porque creamos plenamente en ellas, sino porque nos ofrecen una explicación cómoda frente a lo imprevisible. Cuando el mundo se vuelve demasiado complejo, siempre resulta tranquilizador culpar a un número, a un día o -por qué no- a una conspiración templaria.

Así el viernes 13 continúa recorriendo el calendario con su modesta fama de infortunio. Nadie parece creer demasiado en él, pero tampoco falta quien evite firmar contratos, emprender viajes o iniciar proyectos en esa fecha.

Es la prudencia mínima que uno adopta frente a los misterios del universo.

Porque, como saben bien los viejos tratados de superstición doméstica, la incredulidad absoluta también puede ser una forma de imprudencia. –

© – Ernesto Bisceglia

Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa producción ensayística y narrativa sobre historia argentina, pensamiento político y cultura cívica, cuenta con más de treinta obras reconocidas con premios nacionales e internacionales. Como columnista y conferencista, aborda el presente desde una perspectiva histórica orientada a comprender las transformaciones del poder y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.

Podés leer también:

Sobre los Caballeros Templarios y la maldición del 13 de Octubre – Ernesto Bisceglia – Editorial

Iniciación masónica: ¿Sabías que Pinocho, El Principito y otros cuentos infantiles eran libros iniciáticos? – Ernesto Bisceglia – Editorial

Ensayo breve para Iniciados: Si el 3I-Atlas trae a los alienígenas… ¿Qué hacemos con el Señor del Milagro? – Ernesto Bisceglia – Editorial