¡Váyanse todos a la rep… m… qp!”

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Venimos de una formación donde la educación y las formas sociales eran nuestra tarjeta de presentación. Los abuelos decían: “Según nuestro lenguaje podemos ser civilizados o unos energúmenos”. De allí que cueste aceptar que en la presidencia de la Nación se encuentre un individuo que tiene en el Congreso Nacional el comportamiento de un barra brava.

En realidad, lo más grave no es que el presidente no pueda controlar sus brotes psicóticos ante la Asamblea, sino que hemos de plantearnos qué tipo de lenguaje legitima a una democracia para hablarse a sí misma.

Este es el síntoma más grave, cuando nos hallamos frente a un estilo discursivo como el de Javier Milei, que reduce el sacrosanto púlpito de la laicidad democrática a un entrevero de pungas con adjetivaciones como “zurdos”, “chorros”, “casta”, o fórmulas deliberadamente confrontativas. No es un accidente retórico sino una estrategia política consciente, donde se olvida este sujeto que el   lenguaje presidencial nunca es privado; siempre es institucional, aun cuando quiera parecer espontáneo.

El problema no es la dureza, sino la degradación del registro. La democracia no exige suavidad. De hecho, la tradición republicana está llena de discursos feroces: Domingo Faustino Sarmiento escribía con violencia verbal notable. Winston Churchill insultaba políticamente sin demasiadas delicadezas. 

¿Estamos regresando a los tiempos de aquella diatriba rosista de «Mueran los salvajes, inmundos, asquerosos unitarios«?

Incluso Juan Domingo Perón utilizó categorías antagonistas fuertes. Claro, nunca vamos a comparar esos monumentos intelectuales con este individuo que conversa con perros muertos.

Pero hay una diferencia clave: la dureza argumental no equivale al lenguaje de tribuna. Cuando el jefe del Estado adopta un registro que pertenece más al combate callejero que al debate institucional, ocurre algo sutil pero profundo: el lenguaje deja de ordenar el conflicto y empieza a amplificarlo.

La política democrática necesita conflicto -sin él no hay pluralismo-, pero también necesita formas. Las formas no son hipocresía: son contención simbólica, porque el presidente habla como individuo… pero resuena como Estado

Cada palabra pronunciada desde la investidura arrastra el peso del Estado, entonces, cuando el presidente utiliza un lenguaje malevo o descalificador legitima ese tono en toda la conversación pública; reduce al adversario a enemigo moral; desplaza el debate desde ideas hacia identidades.

Y una democracia donde los adversarios dejan de ser interlocutores para convertirse en caricaturas entra en una zona peligrosa: la política deja de persuadir y empieza a tribalizar.

La historia nos enseña cómo primero fue el discurso descalificador la antesala de las persecuciones.-

© – Ernesto Bisceglia

Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa obra ensayística y narrativa sobre historia argentina, política, religión y cultura cívica, con más de treinta libros y ensayos con premios nacionales e internacionales. Columnista en diversos medios y conferencista, desarrolla una mirada crítica e histórica sobre el poder, la democracia y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.