Una duda metafísica: ¿Son felices los corruptos?

ERNESTOBISCEGLIA.COM.AR – POR ERNESTO BISCEGLIA. – Hay preguntas filosóficas que han desvelado a la humanidad por siglos: ¿Qué es el alma? ¿Hay vida después de la muerte? ¿Dios juega a los dados con el universo? En el medioevo llegaron a celebrase concilios para determinar si la mujer tenía alma, incluso…´pero aquí, en nuestra bendita tierra, la duda más acuciante parece ser otra: ¿Son felices los corruptos?

El corrupto y su paraíso

Desde afuera, la vida del corrupto parece idílica. Manejan camionetas 4×4 con vidrios polarizados, se pasean con relojes de cinco cifras en dólares y tienen el don casi divino de hacer que su patrimonio crezca exponencialmente de la noche a la mañana. Un día son modestos servidores públicos, al siguiente son propietarios de media ciudad. Y, por supuesto, se mudan a barrios privados, lejos del ruido, lejos del pueblo, lejos de esos lugares donde alguna vez prometieron hacer la revolución.

Pero, claro, nada es perfecto. Porque la seguridad de sus fortunas depende de dos cosas: que nadie hable demasiado y que el pueblo olvide rápido. De lo primero se encargan sus amigos, los mismos Poderes de la República y de lo segundo, los medios de comunicación, principalmente. Sin embargo, por muy blindada que esté su burbuja de privilegios, hay cosas que no pueden comprar:

El costo oculto de ser corrupto

Dicen que la libertad no tiene precio, pero la impunidad sí. La diferencia entre un ciudadano común y un corrupto es que el primero puede ir tranquilamente a hacer las compras al supermercado sin que nadie le escupa en la verdura. El corrupto, en cambio, debe planear cada salida como si fuera una operación militar.

Un ejemplo puede mostrarnos la naturaleza de lo que decimos: la mujer del corrupto se levanta y dice: «Amor, ¿por qué no vamos al centro a comprar algo?». Y él, con el sudor frío bajándole por la nuca, responde: «No, querida, mejor pedimos todo por delivery». Porque no hay peor momento que ese en el que un ciudadano honesto le clava la mirada en la fila del cajero y le recuerda, sin decirlo, que todos saben de dónde salió su fortuna y cómo hace para pagar las delicatesen que lleva en los dos o tres carritos que alinea en la caja .

El síndrome del cinismo: ¿Y si no les importa?

Pero aquí viene la gran duda. Nosotros, ingenuos, creemos que la culpa es un castigo suficiente. Pensamos que, al final del día, el corrupto se sienta en su sillón de cuero, mira su cuenta bancaria y siente un vacío existencial. Pero ¿y si no? ¿Y si, en lugar de eso, disfruta su vino importado con la tranquilidad del que se sabe intocable? De hecho, algunos, incluso, poseídos de un manto de impunidad, luego de haber saqueado las arcas públicas hasta vuelven a presentarse como candidatos y opinan y disciernen sobre lo que es correcto hacer y lo que no

Porque hay que decirlo: la corrupción no sólo se basa en robar, en ser testaferro o practicar el difundido deporte del cohecho; y más moderno todavía, ser un “trader” o un inversionista en “memecoin”, sino en creer que el robo es un derecho adquirido. Digamos, un “ad hoc” a la función pública. Para ellos, nosotros no somos ciudadanos, somos espectadores molestos. Nuestra indignación no les quita el sueño. Al contrario, les divierte. Saben que el sistema los protege, que los jueces son sus amigos y que, en el peor de los casos, un exilio dorado en un país sin extradición siempre es una opción.

Entonces, ¿son felices?

Quizás. O quizás no. Quizás viven con la paranoia de que un día el viento cambie y terminen convertidos en un chivo expiatorio. Quizás la idea de no poder caminar entre la gente sin que los insulten les pesa más de lo que admiten. O quizás la felicidad, para ellos, no sea más que una cuenta bancaria bien abultada y una promesa de impunidad.

Lo cierto es que la corrupción no es sólo un problema de quienes la practican, sino de una sociedad que la tolera y la olvida demasiado rápido. Mientras eso no cambie, los corruptos seguirán brindando en sus mansiones, sonriendo con cinismo y pidiendo todo por delivery.

Y nosotros, desde este lado de la reja, seguiremos preguntándonos: ¿Son felices?