POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Miro hacia atrás y de pronto recuerdo la película “La Traviata” (treinta años atrás, más o menos), protagonizada por Plácido Domingo. Entonces, era un joven que se iniciaba en la música y no comprendí mucho de aquella ópera filmada.
Pero una de las partes que más impresionó mi espíritu fue el Preludio, donde Giuseppe Verdi demuestra que el drama puede comenzar antes de que alguien pronuncie una palabra.
Cuando uno aprende a “saborear” las cuerdas, se encuentra con la exquisitez del Preludio. Un hilo de cuerda casi imperceptible, etéreo, que parece más una respiración que una melodía. Los violines, en pianissimo, insinúan el destino de Violetta antes de que la conozcamos. Es una música frágil, suspendida, como si el sonido mismo dudara de su derecho a existir. Y en esa fragilidad ya está escrita la enfermedad, la renuncia y la lucidez final.
El momento preludia -precisamente- la irrupción del famoso “Libiamo” y su esplendor, pero la alegría ya está herida desde el inicio.
Es notable cómo en apenas unos minutos el compositor condensa la pureza imposible del amor,
la conciencia del sacrificio y y esa tristeza luminosa que atraviesa toda la obra.
No es una obertura grandilocuente como las del primer Verdi. Es íntima, casi camerística. Un gesto moderno para 1853: empezar una historia escandalosa -una cortesana redimida por el amor- con una música que no juzga, que no dramatiza en exceso, que simplemente comprende.
Son pocos minutos, apenas cuatro y condensa todo el ADN emocional de la ópera. Al final, el espíritu se halla tan sobrecogido que hasta el aplauso resulta tímido.