Un Cacho de Cultura: Roma de noche y el Intermezzo que anuncia la pausa de Dios en Sicilia

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Cuando visité Roma, tuve el privilegio de escuchar a la Orchestra dell’Accademia Nazionale di Santa Cecilia en el Auditorium Parco della Musica ejecutar Cavalleria Rusticana. Aquella noche comprendí que algunas músicas no se oyen solamente: se recuerdan para siempre, como si hubieran ocurrido antes en nuestra propia vida.

El Intermezzo de Cavalleria Rusticana no pertenece del todo a la ópera: es, más bien, un instante robado al ruido humano. Mientras los personajes continúan presos de celos, honor y fatalidad -esa trilogía antigua que en Sicilia se respira como el polvo-, la música de pronto suspende el tiempo y concede algo raro en el verismo: piedad.

Pietro Mascagni detiene la tragedia antes de que ocurra. No la evita; la anuncia con dulzura. Las cuerdas avanzan como una procesión lenta, casi religiosa, y uno siente que el pueblo entero, campanas, calles blancas, miradas que saben demasiado, guarda silencio. No hay palabras porque ya todo ha sido dicho por los gestos: el amor traicionado, la ofensa que exige sangre, la inevitabilidad del destino.

El Intermezzo funciona como conciencia musical de la obra. Es la voz que los personajes no poseen. Allí donde Turiddu y Alfio sólo conocen el código del honor, la orquesta introduce la compasión que el mundo real niega. Es un rezo sin iglesia, una absolución anticipada.

Por eso conmueve incluso fuera del teatro. No necesita argumento: basta escucharla para comprender que algo hermoso está a punto de perderse. Como sucede en la vida, la música llega justo antes del desastre, cuando todavía creemos -ingenuamente- que la armonía puede salvarnos.

Entonces termina. La acción regresa. La tragedia continúa su curso. Pero quien escuchó ese breve remanso ya sabe que la violencia humana siempre ocurre después de un momento en que el mundo, por un segundo, intentó ser bueno.

Y uno, regresa al hotel, caminando las calles retorcidas de Roma que reflejan en su adoquinado las luces después de la llovizna. Hace frío, y me alcanza una sensación que comulga con el alma. –

© – Ernesto Bisceglia