POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Esta fiebre de gritar y tirarse de los pelos de las mujeres en un concierto no es de la época de Los Beatles. Tampoco la histeria colectiva nació con Elvis Presley, o algún reguetonero con tatuajes y cadenas, lamento informarles que llegan tarde quienes piensan eso: el primer fenómeno de fanatismo masivo, con gritos, desmayos y persecución, ocurrió en pleno siglo XIX… y no fue por un cantante pop, sino por un pianista húngaro llamado Franz Liszt.
Liszt (1811-1886) fue, sencillamente, un monstruo del teclado. Un virtuoso de esos que no se explican: manos veloces, técnica endemoniada y una presencia escénica que en su tiempo fue considerada casi indecente. El piano, en sus manos, dejó de ser un instrumento aristocrático para convertirse en un arma emocional. Lo que hoy llamaríamos un “showman”.
Las crónicas cuentan que las mujeres se desmayaban en sus conciertos, que se peleaban por conseguir algún recuerdo suyo y que incluso guardaban, como reliquia, colillas de cigarro o restos de pañuelos que él había usado. No era música: era culto. Tanto fue así que el escritor Heinrich Heine bautizó aquel fenómeno como “Lisztomanía”, palabra que ya parece salida de un manual psiquiátrico.
Y no era sólo el talento musical. Liszt entendió algo que muchos políticos todavía no entienden: el poder de la puesta en escena. Fue de los primeros en colocar el piano de perfil para que el público pudiera ver sus manos, su rostro, su dramatismo. Tocaba como si estuviera luchando contra el destino, y el público respondía como si estuviera asistiendo a un milagro.
Pero detrás del espectáculo había algo más profundo. Liszt no fue solamente un ídolo: fue un revolucionario del arte. Elevó el recital de piano a un nivel casi teatral, llevó la técnica a límites impensados y compuso obras que aún hoy son una prueba de fuego para cualquier pianista que se respete.
En otras palabras: Liszt inventó, sin saberlo, la lógica moderna del escenario. El artista como figura mítica. El público como masa hipnotizada. La música como experiencia casi religiosa.
El siglo XIX tuvo guerras, revoluciones, romanticismo y sangre. Pero también tuvo esto: un hombre tocando el piano y multitudes comportándose como si vieran a un dios.
Quizás por eso conviene recordarlo. Porque antes del rock, antes del pop y antes de los estadios, ya existía un músico capaz de provocar lo mismo que provoca hoy cualquier ídolo contemporáneo: una multitud olvidándose de pensar para dedicarse a sentir.
Y eso, en cualquier época, es el verdadero poder.
© – Ernesto Bisceglia
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