Un Cacho de Cultura: La zamba: cuando el país aprendió a decir “te quiero” sin decirlo

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Hablar del folclore argentino -y de la zamba en particular- es meterse en un territorio donde la historia se vuelve música y la identidad se disfraza de danza para no tener que explicarse. Uno aprende a vivenciar esa riqueza cultural que nos define caminando los pueblos. En mi caso, los pueblos del Valle Calchaquí, donde en cada fiesta patronal se reúne el gauchaje en torno a su devoción y en las tardes se turnan bagualeros, dúos, conjuntos, ballets, en fin, a desgranar su arte. Y uno piensa ¡Eso es folclore en estado puro!

En el caso de la zamba, hemos de decir que no nació como un acto de museo ni como un invento de escenario. Nació como nacen las cosas verdaderas: en la mezcla, en el cruce de sangres, en esa frontera difusa entre lo indígena, lo español y lo criollo.

Su origen es mestizo, como casi todo lo que nos define. Se suele decir que viene de la zamacueca, una danza peruana que recorrió Sudamérica como un rumor elegante, hasta que en el Norte argentino encontró suelo fértil y se volvió otra cosa: más lenta, más sentimental, más contemplativa. Menos fiesta y más destino: “Más airosa que una flor…”, como dice la “Zamba Alegre”.

La zamba argentina es, en esencia, una conversación amorosa sin palabras. Un hombre y una mujer que se buscan, giran, se acercan, se alejan, se provocan con el pañuelo como si fuera una carta escrita en el aire. Y ahí está lo interesante: la zamba no se baila para mostrarse, se baila para insinuarse.

No tiene la exuberancia de la chacarera ni la potencia explosiva del malambo. La zamba es otra cosa: es el arte de la espera, una coreografía hecha de distancia, como si el amor criollo hubiera aprendido temprano que acercarse demasiado puede ser peligroso.

Por eso, tal vez, dice, Jorge Cafrune en el recitado de “El Orejano”: “Cuando llevé mi china pal rancho, me olvidao que hay jueces pa’hacer casamiento. Y no vale la mujer más buena, si su hombre por ella no ha pagao derecho”. Precioso.

Por eso la zamba es tan argentina: porque incluso cuando declara, lo hace con pudor. Y porque incluso cuando celebra, lo hace con nostalgia.

En definitiva, la zamba es el país en versión íntima: un país que se enamora dando vueltas, que se promete sin firmar, que se toca sin tocarse. Y tal vez por eso duele tanto cuando suena: porque nos recuerda que antes de ser grieta, la Argentina fue pañuelo. –

© – Ernesto Bisceglia