POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Quiero hacer un homenaje a esos profesores que tuvimos en el Instituto Franciscano Padre Gabriel Tommasini; fueron verdaderos maestros que nos aproximaron a la cultura universal. En literatura, cuando estudiábamos La Generación del 98, en España (como Unamuno, Baroja o Azorín) , leímoas a Antonio Machado y su “poesía en el tiempo”, más humana, más existencial, que intentaba “decir la verdad” sobre el hombre y su tierra.
De su obra, “La Saeta”, me ha resultado la pieza más conmovedora. Escrita hacia 1912, esta obra se popularizó cuando Joan Manuel Serrat, la musicalizó a inicios de 1970, convirtiéndola en un himno que trasciende lo religioso para volverse profundamente humano.
Machado, observa la Semana Santa andaluza con una mezcla de respeto y crítica. En sus versos, describe la saeta no solo como un canto, sino como «el cantar del pueblo andaluz», una saeta que se lanza como una flecha al corazón de una imagen de madera.
Y en algo me identifico con Machado, porque él no le canta al “Jesús del Madero”, al Cristo agónico y muerto que representa el sufrimiento estático con que nos ha limado la espiritualidad el catolicismo. ¿Por qué nunca nos mostraron un Cristo sonriente? Si Jesús era tipo con un sentido del humor extravagante, basta meditar sus respuestas cargadas de ironía.
Así también, Machado prefiere al Jesús que «anduvo en el mar», al Cristo dinámico, al que caminó entre los hombres y trajo un mensaje de vida y movimiento.
La genialidad de Serrat fue entender que esos versos necesitaban la fuerza del viento y el eco de las calles. Al ponerle música, respetó la esencia del poema pero le añadió una épica sonora que evoca el paso de las procesiones, el silencio de la noche y la explosión emocional del cante.
En “La Saeta” subyace un testimonio: No es una fe de vitrina o de madera inerte. Es una fe que camina. Es un recordatorio de que lo que creemos debe estar vivo.
«La Saeta» no es solo una canción de Semana Santa; es un llamado a buscar la verdad en lo que se mueve, en lo que camina y en lo que, como aquel Jesús que anduvo en el mar, nos invita a no quedarnos detenidos en el dolor, sino a avanzar con coherencia y esperanza.
Una joya imprescindible para entender que la cultura, cuando es verdadera, siempre encuentra el modo de hacerse pública y conmovernos.
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