REDACCIÓN – www.ernestobisceglia.com.ar
Durante más de un siglo, hubo una música que no podía salir del Vaticano. No por herética ni por indecorosa, sino por demasiado perfecta.
El Miserere mei, Deus de Gregorio Allegri, compuesto hacia 1638, se interpretaba exclusivamente en la Capilla Sixtina durante la Semana Santa. La partitura estaba custodiada con celo casi político: copiarla estaba prohibido bajo pena de excomunión. No era censura moral; era monopolio espiritual. La obra debía sonar solo allí, bajo las bóvedas que había pintado Michelangelo. La belleza, en ese tiempo, también era poder.
En 1770, un adolescente de catorce años asistió al oficio del Miércoles Santo. Se llamaba Wolfgang Amadeus Mozart. Escuchó la pieza una sola vez.
Regresó a su alojamiento y la escribió completa de memoria.
Dos días después volvió a oírla y realizó apenas algunas correcciones. El secreto pontificio había sido vulnerado no por intriga ni por espionaje, sino por talento.
La anécdota tiene algo de fábula ilustrada: la institución que guarda y el genio que libera. Sin embargo, está documentada. Y lo más interesante es que no hubo castigo. El Papa terminó condecorando al joven Mozart con la Orden de la Espuela de Oro. La Iglesia comprendió que no se puede excomulgar la memoria.
El Miserere no es una obra grandilocuente. Es sobria, casi ascética: dos coros alternados sobre el Salmo 51 —“Ten piedad de mí, oh Dios”— y una línea aguda que parece suspenderse en el aire como un hilo de luz. Lo extraordinario no era solo su música, sino el aura de exclusividad que la rodeaba.
En una época sin grabaciones, controlar la partitura era controlar la experiencia.
Pero el arte desborda. Siempre.
Cada vez que hoy escuchamos esa pieza, no oímos solo una obra del barroco romano. Escuchamos también el momento en que la belleza dejó de pertenecer a un recinto y se volvió universal.
Porque hay secretos que solo pueden guardarse hasta que un genio los escucha.
© – Ernesto Bisceglia